#OpiniónVolvé pal’ segundo tiempo

Latinoamérica es un volcán de inestabilidades. De izquierda a derecha los ciudadanos del continente tienen dificultades para encontrar y luego sostener un rumbo.

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Venezuela fue la corrupción y el entreguismo en los 90. Se convirtió en una autocracia cívica-militar en la nueva era y en una guerra civil de hecho que ha dejado al país en ruinas. Chile -el ejemplo del neoliberalismo del continente- ha mostrado su verdadero rostro y demuestra con crudeza que el crecimiento sin igualdad es caldo para la insurrección popular.

Perú, que disolvió su Congreso y terminó en elecciones anticipadas, Ecuador con graves disturbios y el presidente que salió huyendo cambiando la sede de gobierno para Guayaquil, Bolivia que sufrió una arremetida internacional con denuncias de un supuesto fraude electoral.

Argentina fue y volvió de la fracasada experiencia macrista; Brasil se debate entre mantener al país de pie y el ridículo internacional permanente.

El Uruguay también se debate entre dos modelos de país, bien distintos y con sensibilidades muy diferentes.

Por un lado, la izquierda tradicional, las fuerzas progresistas, un conglomerado de organizaciones sociales y populares -muchas dispersas y confundidas- que defienden 15 años de gobierno que -con sus luces y sus sombras- significó un avance significativo del Uruguay en casi todos los rubros.

Por otro lado, una coalición multicolor encabezada por el Partido Nacional, de derecha, centro derecha y con muchas variantes ideológicas, que van desde un nacionalismo de tinte conservador y con algunos rasgos autoritarios a un liberalismo económico y político de matriz internacionalista. A ello se le suman organizaciones sociales básicamente empresariales que funcionan de lobby y que marcan línea al proceso.

El pueblo se expresó el pasado domingo y dejó un primer mensaje. Hizo perder la mayoría parlamentaria al Frente Amplio por primera vez en 4 elecciones, dijo NO al Plebiscito de Vivir sin Miedo y dejó en una ventaja inicial -pero no definitiva- a una coalición multicolor encabezada por el Partido Nacional.

Ya no hay espacio para los matices. Para el votante en este nuevo balotaje la opción es en blanco y negro; Daniel Martínez o Luis Lacalle Pou -uno de los dos- será el próximo presidente de los uruguayos. O mejor dicho Daniel Martínez por un lado y Lacalle Pou con un paquete multicolor que incluye a Manini Ríos (el gran triunfador de la elección) y al dúo Talvi-Sanguinetti por el otro.

El Frente Amplio perdió 190.000 votos. ¿Dónde están? ¿Quién se los llevó? Es probable que allí esté la clave para encarar el segundo tiempo.

La pregunta necesariamente debe vincularse con el crecimiento que obtuvo Cabildo Abierto (265.000 votos). ¿Esos 190.000 votos que perdió el Frente Amplio se los llevó Cabildo Abierto?

Claramente no, dada las distancias enormes en materia ideológica entre ambas fuerzas políticas, lo que no descarta que sobre todo en las zonas más periféricas y en el Interior del país esto hubiese ocurrido con valoraciones muy lejanas a los factores ideológicos y más vinculado a situaciones de urgencia que necesitan y deben resolver. ¿Son 30.000, 50.000? ¿Y los otros votos del FA? ¿Dónde están?

Es evidente que el Partido Colorado -que obtuvo casi la misma votación que las pasadas elecciones (en realidad 10.000 votos menos)- los votantes no son los mismos en un porcentaje muy elevado.

Existió una verdadera mutación de gente que votó al Partido Colorado (principalmente a Ernesto Talvi) que anteriormente había votado seguramente por el Frente Amplio y gran parte de los votos obtenidos de Cabildo Abierto provienen del bordaborrerismo, el sanguinetismo que fue garantía de la impunidad de los militares acusados por los derechos humanos y los sectores provenientes del pachequismo. Es altamente probable que haya un piso mínimo de 100.000 votos que mutaron del Frente Amplio al Partido Colorado y de éste a Cabildo Abierto.

Un amplio espectro de estos nuevos votantes del Partido Colorado tiene dificultades serias para comulgar en una coalición con Manini Ríos, o con los saludos de Jair Bolsonaro a la novel coalición.

También es probable que en el Partido Nacional muchos votos vinculados al herrerismo se marcharan con Cabildo Abierto y seguramente fueron compensados con la pérdida de esos votos frenteamplistas, preferentemente votos del interior del país.

Solo así puede explicarse la votación de Manini Ríos. Le robó la mitad de los votos al Partido Colorado, se quedó con una parte del Partido Nacional y otro pedazo de la torta del Frente Amplio. Su composición de votantes es gente vinculada directa o indirectamente a la familia militar, seguramente alguna policial y una parte importante de uruguayos con necesidades urgentes e impostergables que interpretaron en el discurso de Cabildo Abierto el encuentro de una solución inmediata.

Los votos de los partidos menores (que todos juntos suman unos 160.000), hay allí un porcentaje importante de votos que fueron del Frente Amplio pero que no sintieron ninguna confianza y ninguna empatía para votar por los partidos tradicionales. Particularmente los 15.000 votos que ganó el PERI estoy convencido que se trata de frenteamplistas desencantados.

Otro porcentaje de esos votos de partidos menores son antisistema y votará en blanco o anulado, que en realidad favorece la candidatura de Daniel Martínez.

Hay una pecera grande hacia donde trabajar de cara el balotaje que asegure un triunfo de Daniel Martínez y la continuidad del proyecto progresista que siga asegurando los cambios en este país.

Machacar sobre los votantes colorados (265.000), el voto periférico perdido (50.000) y el voto del conjunto de los partidos menores (160.000) significa un universo de 475.000 votos en disputa, donde Daniel Martínez ya tiene una ventaja del 10% sobre su adversario.

Se necesitan aproximadamente unos 150.000 votos adicionales para ganar la elección. Es un objetivo alcanzable.

Con fe pal’ segundo tiempo.

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