Archivos de Mi Exilio Nº 16

¡Viva mi Patria Bolivia!

En 1976, horas después de despedirnos del Toba y Zelmar, por gestiones dentro y fuera del país logramos que nos buscara el embajador de Austria para darnos asilo.

Hugo Navajas, boliviano, diplomático de la ONU que había escondido a mi padre, nos pide que llevemos al expresidente Torres con nosotros. Ahí se empieza a cruzar mi vida con Bolivia.

Ayer estuve un par de horas, declarando sobre esos días en la Fiscalía Especial de Delitos de Lesa Humanidad. Habían matado a Toba, Zelmar, Barredo y Whitelaw y desapareció el Dr. Liberoff. Apenas se llevan (11:15 de la mañana) los restos de nuestros amigos al Vapor de la Carrera, buscamos nuestra propia seguridad.

El Dr. Kaufman (Amnesty) desde Londres y Tito Berro Hontou desde Buenos Aires lograron que el Embajador nos encontrara. Al despedirnos del boliviano Navajas, a quien tanto debíamos, nos dice: «por favor lleven al Gral. Torres, (expte. de su país exiliado en B.A.), lo van a matar.» El Embajador (Peter Müller) dice a mi padre: «sus huéspedes son los míos».

Y marchamos a su casa para iniciar al asilo con él. Estaba en su casa. Venció rápidamente la sorpresa para responder: «Gracias, querido Wilson, pero a mí no me van a hacer nada porque soy militar». Acabábamos de llegar huidos a Paris cuando, el 3 de junio, ofrecíamos una conferencia de prensa, interrumpida por una esquela: «Encontraron anoche los restos de Torres acribillado a tiros».

Hasta sus últimos días de vida papá decía que cargaba con esa mochila: «¿Qué nos faltó decirle para convencerlo?». Sin duda el exilio nos hizo más latinoamericanos de lo que ya éramos antes. ¡Al diablo esa costumbre de sentirnos la «Suiza de América»! ¡Qué horror! Fue muy importante compartir destino y lucha con hermanos de la Patria Grande.

Cuando en 1979 logro «status consultivo no gubernamental» en la OEA, fue todo un éxito. No existía. Pero en condición de tal fui a La Paz, a la Asamblea General del organismo. Allí me quedé en lo del diputado socialista Marcelo Quiroga, que habrá estado poco antes en Washington en una Conferencia en la que yo estaba.

Fue la Asamblea donde se discutió el caso de Julio Castro, desparecido en agosto del 77. Un Coronel (Bonifacio) me arremetió a golpes cuando se discutía el tema. Los recortes del diario «Presencia», que aún conservo, son muy elocuentes. Uruguay pide se me expulse de la Asamblea y el expulsado de la misma fue Uruguay.

En esta reunión, Bolivia obtiene un gran triunfo diplomático: la multiliateralización de la disputa con Chile por la salida al mar. Se neutralizó muy rápido. Horas después del discurso de clausura del Presidente Constitucional Guevara Arce, se produjo un golpe de Estado: el del Gral. Natusch Busch. Chile lo usó como argumento de que la inestabilidad boliviana impedía negociar.

Pero eso era lo de menos. Yo regreso a donde me alojaba y creí que habían matado a mi anfitrión. Habían allanado su casa. Se salvó, pero murió poco después durante el golpe de García Mesa. El Golpe fue a las 2 y media de la madrugada. Sobre el mediodía la Fuerza Aérea comenzó a bombardear a civiles concentrados en la Plaza de San Francisco.

Los veíamos caer inermes. Muertos y más muertos: se le recuerda, por la fecha, como la masacre de todos los Santos. Varios días después Diego Achard logró sacarme de Bolivia. Asumió luego Lydia Gueiler, y vino otro golpe: el de García Mesa.

El Golpe encuentra al vicepresidente electo junto a Siles Suazo, Jaime Paz, en Washington, reponiéndose de las heridas de un atentado a su avión. Le ofrecimos lo que estaba a nuestro alcance. Siempre con la sensación de que era poco.

Antes de volver a la democracia ocurre una nueva tragedia: «La Masacre de la Calle Harrington». Fue un 15 de enero del 81. La dirección del MIR fue tomada por asalto y fusilada. En Lima, un boliviano se enteraba cómo habían muerto sus amigos y compañeros de causa: Ernesto Aranibar, el Pirulo. Poco después llega a Washington y le conozco. Pasó a ser de los mejores amigos que me dio el exilio.

Pirulo llegaba con cartas de amigos en común. Por esos tiempos la Asociación Latino Americana de Derechos Humanos (Aldhu) me había pedido la representara en la Capital de EEUU. No podría, la Convergencia tenía apenas un año de vida y a ella me debía. Entonces le ofrezco: «abramos la oficina, le paso los contactos y usted me ayuda…» Lo que él buscaba. «¿Dónde está el titirito de leche?», respondió con humor.

Pobre Pirulo, creo que le di más dolores de cabeza que ayuda. Pero fuimos compañeros de oficina y me abrió las puertas para hacer alguna otra picardía para apoyar la resistencia boliviana. Su hermano Antonio era un referente político en América Latina. Llega el año 1982, en el que cae el dictador y Siles Suazo asume el 10 de octubre la Presidencia.

Con Diego Achard fuimos a su asunción. Cuál no sería nuestra sorpresa que en el acto de asunción, «Pirulo» Aranibar asumía como Ministro de Finanzas de su gobierno. Estuvimos varios días. El Presidente Siles vivía al lado de la suntuosa residencia presidencial y fue en aquella, su casa, donde nos recibió. Son tantas las fotos de esos días que no sé cómo elegir.

Pero hay una que siempre tengo a mano. A la calle Harrington, donde habían matado tantos amigos de Aranibar, tantos y tantas combatientes contra la dictadura, le iban a poner el nombre de «Mártires del 15 de enero». Y me habían designado para llevar a cabo la ceremonia, discurso (foto), corte de cinta, etc. ¡Cómo nos acercó el exilio al sueño de la Patria Grande de Artigas, los libertadores, y más cerca en el tiempo, nuestro maestro Tucho Methol! Iban a seguir muchas visitas a Bolivia en ese lapso.

Wilson fue recibido con honores de Jefe de Estado. Cuando en junio de 1984 preparamos nuestro regreso a Uruguay, papá me manda a Bolivia, Venezuela, Colombia, y Panamá. 4 días, 4 países, 4 Presidentes para pedir solidaridad que nos dieron de sobra para nuestro regreso, sabiendo que iríamos presos.

Pero de esa visita de octubre del 82 nos deparaba más sorpresas. El 12 de octubre, fecha polémica si las hay, sobre cómo debe festejarse, yo ese año lo celebré del mejor modo. El Congreso por iniciativa del Ejecutivo me hace ciudadano boliviano. Mi segunda patria. Al otro día el Ministro del Interior, Mario Roncal, me entregó el pasaporte. En el 91 el Presidente Lacalle visita Bolivia y me invita a acompañarlo.

Al presentar su comitiva le dice al Presidente boliviano: «Juan Raúl no sé si a ti te votó, a mí, seguro que no». Al año siguiente el Presidente Paz Zamora retribuye la visita de Estado y le ofrezco al canciller Gross Espiel mi casa para agasajarlo. Así se hace y en medio del asado, los guitarristas de su gran amigo Alfredo Zitarrosa entraron de sorpresa, algo que siento en el fondo de mi corazón: ¡Viva mi Patria Bolivia!

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