Venezuela y el imperialismo, hoy como ayer

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En 1921, la revista costarricense Repertorio Americanoreprodujo un artículo del venezolano Rufino Blanco Fombona titulado Historia del lobo yanqui y la caperucita isleña. En el texto el escritor y diplomático denunciaba la “obra de saqueo y de muerte” que tenía lugar en República Dominicana, como consecuencia de la ocupación estadounidense iniciada cinco años antes, y que se prolongaría todavía hasta 1924.

Aquella barbarie del imperialismo ocurría al mismo tiempo que el presidente Woodrow Wilson se presentaba ante Europa como apóstol del derecho, “con estudiadas frases, en las que relumbran como usadas lentejuelas la Democracia, la Justicia, la Fraternidad Humana, la Igualdad jurídica de las naciones; y plagiándole a un hispanoamericano, a Simón Bolívar, el proyecto de la Sociedad de Naciones

Lo que tenía lugar en aquel momento en República Dominicana, decía Blanco Fombona, era un “drama pavoroso, desarrollado con toda la brutalidad del carácter yanqui”, por parte de un falso amigo protector, el viejo tío Sam, que “se apodera en un abrir y cerrar de ojos de cuarteles, parques, tesorerías, puertos, puntos estratégicos”, para imponer su fuerza con “nubes de soldados” que echa sobre la República: militares “brutos y brutales, que ignoran las leyes, las costumbres, la religión, la lengua y la psicología del país”.

Entonces, empezaba “la más injustificada crucifixión de un pueblo: partidas inermes de patriotas se lanzan a los campos a combatir al invasor; se les llama bandidos, y como bandidos mueren, cazados, descuartizados, carbonizados, colgados de los árboles.[…] Esa es la obra civilizadora de Yanquilandia”.

A casi un siglo de distancia, consideramos oportuno recordar este pasaje de la historia de nuestra América y sus complejas relaciones con los Estados Unidos, por lo que puede ayudarnos en la comprensión del curso de los acontecimientos recientes en Venezuela, con el telón de fondo de las elecciones presidenciales previstas para el 20 de mayo.

A sólo 10 días de la celebración de estos comicios, la periodista argentina Stella Calloni hizo pública la existencia de un documento del Comando Sur de los Estados Unidos denominado Plan para acabar con la dictadura de Venezuela, firmado por el almirante Kurt W. Tidd, jefe de ese cuerpo militar.

Las once páginas del plan revelan los alcances de la operación Golpe maestro, que actualmente está en curso y cuya primera parte comprende el asedio económico, mediático, diplomático y psicológico al que se ha sometido a la Revolución Bolivariana en los últimos años.

La segunda parte contempla el paso a las acciones militares, en una maniobra de dos etapas: la primera, consiste en alentar a sectores de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana “para llevar a cabo un golpe de Estado, antes de que concluya el 2018”; y si esto fracasa, se recurrirá a una operación militar multilateral para la que será necesario “obtener el apoyo de cooperación de las autoridades aliadas de países amigos (Brasil, Argentina, Colombia, Panamá y Guyana)”.

Como lo reseña Calloni, los estrategas del Comando Sur consideran que “este es el momento para que Estados Unidos pruebe, con acciones concretas que está implicado en ese proceso en el que derrocar a la dictadura venezolana seguramente representará un punto de inflexión continental”, y para que el presidente Donald Trump demuestre y lleve adelante “su visión sobre democracia y seguridad”.

Coincidiendo con estas revelaciones, el Grupo de Lima, conformado por los gobiernos amigos de Washington -que hacen el trabajo diplomático sucio para preparar las condiciones de la anhelada intervención militar-, y apoyado ahora también por España y los propios Estados Unidos, emitió un ultimátum en el que los cancilleres piden al gobierno venezolano las suspensión de las elecciones presidenciales, alegando falta de garantías y de supervisión internacional “independiente”.

Todas las piezas engarzan a la perfección en la lógica de los planes del Comando Sur, y podríamos estar a las puertas de vivir lo que sería otro episodio de violencia imperial, en una coyuntura regional negativa para las izquierdas, y en la que el nuevo equilibrio de fuerzas creado por el avance de la restauración neoliberal ha envalentonado a Washington para instigar odios y rivalidades, así como para poner a prueba las lealtades de los gobiernos de derecha.

Nadie debe ignorar la gravedad de los hechos, ni la responsabilidad de este tiempo histórico. Mucho menos evadir la solidaridad que más pronto o más tarde reclamará la Revolución Bolivariana.

Entendámoslo de una vez: en Venezuela se libra una batalla cuyo desenlace tendrá repercusiones para toda la región y determinará las posibilidades de corto y mediano plazo de las luchas sociales y los proyectos políticos que, desde otras latitudes del continente, y también por otros caminos buscan las alternativas de superación del neoliberalismo.

Se puede coincidir o no con el proceso bolivariano -en sus aciertos, virtudes y errores-, y se puede ser más o menos crítico de su devenir, especialmente a partir de la muerte de Hugo Chávez; pero lo que no es admisible, por la traición que lleva implícita un decisión como esa, es ponerse del lado del cipayismo que hoy quiere abrir de nuevo las puertas de nuestra América al imperio, y con ello, hacernos retroceder casi cien años a los tiempos del “drama pavoroso” que relatara Blanco Fombona.

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3 Comentarios
  1. Themis dice
    Por el momento están bajo la pata cubana y eso es lo INADMISIBLE.
    1. María dice
      Themis Si, claro. Vos preferirías que estuvieran bajo la pata yanqui verdad? Que linda palabra: “INADMISIBLE” Hacé el favor! Nene, andá a hacer los deberes.
  2. Camilo dice
    Ya hice el comentario

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