#OpiniónUn nuevo día…

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En estos días especiales para nuestra sociedad occidental y cristiana, aunque no seamos religiosos, ni creamos en ese Dios que todo nos da y todo nos quita, aunque ese Dios se olvide de los pobres y siempre se acuerde de los ricos, esta fiesta tan tradicional, es algo que en la antigüedad se impuso a «fuerza» de látigo y convicción.

Seguro, fue impuesta a seres bárbaros, que adoraban la naturaleza, adoraban al árbol que era el que les proveía de casi todo para sobrevivir. Era la adoración a ese árbol que les daba el fuego. Sí, ese fuego que daba calor, luz en la oscuridad, espantaba a los depredadores y sin saberlo, tal vez juntaba a los miembros de la familia, no solo para comer por las noches, sino para contar cosas sucedidas durante el día.

En Europa se cuenta, en esa tradición que se relata con nostalgia de algo hermoso, que ya hace miles de años esos pueblos bárbaros festejaban el día de la familia, aunque creemos que no tal como la concebimos nosotros hoy día. Luego vendrán aquellos que con amor y paz, con el convencimiento de la fuerza, de las armas más poderosas, entenderán que un día como ese nació alguien que predicaba sí el amor.

La cuestión es que aún hoy día nos quieren imponer que el amor y la paz llega por medio de la violencia de las armas, llega por la negación de un plato de comida para los hambrientos, llega por medio de las multinacionales que desembarcan con toda su mercancía, lista para cambiar la cultura de esos pueblos bárbaros que no aceptan su doctrina de violaciones y de hambre.

Aunque todo lo ante escrito, -por una persona mayor, con más de 75 años sobre su espalda-, este día nos marca mucho pues tiene sus alegrías vividas, en su memoria esta todo aquello lindo, para los niños, tal vez no para sus padres que tenían que parar la olla en el día a día.

Para mí, mis hermanos y primos, eran días de jolgorio, de alegría, sin reproches aun si nos comportábamos mal, para la vista de los demás. Aún tengo en la mente la inmensa mesa que armaban entre mis tíos y mi abuelo materno, en esa casa que parecía caerse, pero aun se mantiene en pie. ¡Qué recuerdos! El 24 por la mañana, bien temprano salíamos en una chata con rulemanes, mi hermano, un tío, «el Juan», una prima, «la Zulema» y yo.

Todos encima de esa inmensa chata a buscar un par de barriles de cerveza. El solo pensar hoy que íbamos desde Francisco Pla por Burgues hasta Bvar. Artigas, calle con subidas y bajadas brutales, me causa una alegría profunda. La llegada de esos 100 litros de cerveza coincidía casi con la puesta del asado en la parrilla, que era mucho y de lo más variado.

A eso hay que sumarle todo lo que preparaban mi abuela, mi madre y todas mis tías. Ensaladas, pan dulce, budines, postres variados, sidra, jugos de naranja y limonadas. Podíamos tomar jugos y comer sin que nadie nos dijera nada durante esos dos días. Por la noche, el gran baile, podríamos decir que eran en el patio de la casa de mi abuela y en la calle Fco. Pla casi Burgués.

¿Cuántos vecinos se juntaban? No sé, pero según creo varios centenares, en especial pasada las 12 de la noche. No recuerdo ningún problema, ni pelea, eran todos vecinos, que se deseaban FELICIDADES, en esa Noche Buena y esa Navidad, cargada de paz, amor y felicidad entre los hombres y mujeres de buena voluntad.

Seguro, en esa época yo era un niño, creía que el mundo terminaba ahí en la esquina, no sabía de la segunda guerra mundial, que había durado años, y dejó casi 50 millones de muertos. Ni sabía que en esos momentos se desarrollaba la guerra de Corea. Sí sabía lo que era comer salteado y poquito. Ese día no recuerdo Papa Noel nos trajera algo.

Éramos muchos en la familia. Hoy día sabemos lo que pasa en todo el mundo al instante. Hoy sabemos que a pesar de que en el mundo se tiran miles de toneladas de comida, que los gobiernos del mundo gastan millones de dólares por minuto para mantener sus ejércitos, en este mismo instante se están muriendo miles, decenas de miles de niños por no tener que comer.

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