#IdearioUn largo camino a casa

Los que piensan que tendremos una elección más, que no cambiará nada, que todos los partidos aplicarán medidas similares, deberían echar una mirada al mundo que se nos viene.

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Muchos podrán decir que la ultraderecha europea no significa una amenaza. Pensarán que la guerra comercial de China y EEUU nada tiene que ver con nosotros y no quieren ver que la más grande potencia militar de todos los tiempos sea gobernada por un irresponsable pendenciero y la más poderosa nación sudamericana por un racista ignorante, o que nuestra hermana república Argentina pueda caer en default.

No hablan de las multitudes de centroamericanos pobres, que emigran aterrados de las maras y los narcos para terminar en el muro de Trump, o en la internación de miles de niños hispanos separados de sus padres en los campos de prisión infantiles de EEUU.

No se asustan porque ardan las selvas amazónicas, o que el clima se altere, o que los polos se derritan, o que los océanos se saturen de desechos plásticos. Muchos compatriotas no sienten que ese mundo que viene les incumba, como no les provoca repulsión la pobreza en expansión, el infame asesinato a mansalva de mujeres desprotegidas y discriminadas por nuestra sociedad de «machos», o los niños abandonados a su suerte en las calles, o en «familias fallidas».

Ese mundo que viene es cruel e inhumano. Es el resultado de la aniquilación de los hombres y la destrucción de la naturaleza con el objetivo único y exclusivo del lucro y la ganancia. Será el destino inevitable si los estados no intervienen a tiempo o si no se empodera a los ciudadanos. Si permitimos que esta ley de la selva del «mercado» imponga las reglas.

Después de la revolución industrial algunos filósofos pensaron en una sociedad nueva y otros en una transformación del ser humano, convertido en criatura solidaria. Dos guerras mundiales con más de cincuenta millones de muertos hicieron decir a los líderes mundiales que el mundo que surgía sería un mundo de justicia, con paz y fraternidad entre los pueblos.

En su lugar se entronizó a una potencia hegemónica que se siente más poderosa y pretende imponer sus mandatos a todo el mundo. Las guerras siguen y los pobres ponen las víctimas. Hay zonas de hambre y desolación donde los niños mueren como moscas. La era de la informática es dirigida por el capital financiero, que ha hecho más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.

Pierre Rosanvallon nos ha dicho que se vive la»gran paradoja» de que los trabajadores comprenden que están en una sociedad injusta y reconocen que todos tendrían derecho a la satisfacción de necesidades básicas como alojamiento, alimentación, salud y educación, pero lo admiten como «aceptable» porque creen que las diferencias de ingresos remuneran «méritos individuales diferentes».

Hace cien años Batlle y Ordóñez pensó en «un pequeño país modelo». Lideró un proceso que legisló en favor de los obreros, las mujeres trabajadoras, la mano de obra barata de los niños de las fábricas, el descanso obligatorio, la reducción de los horarios, los liceos departamentales, el divorcio por voluntad de la mujer y la presencia del Estado en el control al capital extranjero.

Las fuerzas conservadoras, con los grandes hacendados de la Federación Rural y los herreristas a la cabeza, le declararon la guerra y poco después apoyaron el golpe de Terra. Cuarenta años después de Batlle la unidad gremial había madurado y varias generaciones pasaron por los liceos departamentales.

Plasmó en la creación de la primera central obrera, la CNT. En tanto la inflación destruía la economía familiar y los hogares caían en la pobreza, las huelgas paralizaron el país.

Los gobiernos apelaron a las «medidas de seguridad», o a la Policía o al Ejército. Aparecieron grupos armados. Y nació el Frente Amplio, como una improvisada unión de socialistas, comunistas, democristianos, blancos y colorados. Una vez más la respuesta fue un golpe de Estado. Sobrevino una dictadura de doce años.

Destituciones de docentes; supresión de libertades, espionaje, delación y cárcel; exilio de profesionales e investigadores; persecución de toda la izquierda; secuestro, desaparición, tortura y muerte de todo lo que se opusiera. También congelación de salarios y desocupación. Y otra vez, la cuenta para los trabajadores y sus familias, quienes redujeron al treinta por ciento sus ingresos.

El camino por justicia y equidad ha sido largo y lleno de trampas. En ese camino, una consulta al pueblo no es indiferente. Para unos, el mercado será suficiente para determinar qué se produce, qué enseñanza y qué educación se puede comprar, quiénes trabajan y a qué precio.

Para otros, el Estado deberá intervenir en todos los casos en que se deba asegurar que la sociedad, incluyendo a los pobres, incluyendo a las minorías, accedan a la salud y a la educación, haciendo que empresas del Estado habiliten a toda la población los servicios indispensables.

En medio del caos y la desolación que corrompen el mundo, en este «pequeño país», con esta sociedad democrática y tolerante, se puede construir la esperanza de una nación soberana de ciudadanos dignos e iguales.

Las traiciones son parte de la vida pero no envilecen ni degradan el camino.

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