Sin desconocer otras acciones de idéntica índole, la rebelión de Túpac Amaru fue la primera gesta del hombre americano contra el poder español, El y los suyos se alzaron contra el colonialismo sin tener, incluso, una idea exacta de la dimensión de su luchaTúpac Amaru y su gesta liberadora

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Fue un viernes 18 de mayo de 1781, hace 238 años, cuando José Gabriel Túpac Amaru pasó a la inmortalidad, tras inenarrables sufrimientos. Cuenta la historia, que se alzó contra el poder español siete meses antes -el 4 de noviembre de 1780 en Tinta-, con la colaboración de Micaela Bastidas, su esposa, y un núcleo de aguerridos caciques de la serranía. En ese entonces resolvió iniciar una gesta liberadora que ha sido objeto de diversas interpretaciones.

Pilar Roca recuerda que, en esa circunstancia, fueron ejecutados, además de Túpac Amaru y Micaela; su hijo Hipólito, su tío Francisco, su cuñado Antonio, su primo político Pedro Mendigure, la Cacica de Acos Tomasa, Tito Condemayta y el negro Antonio Oblitas; todos ellos muertos, tras bestiales torturas.

El escenario fue la Plaza Aucaypata que, a partir de entones, cambió su nombre, y hoy se llama Plaza Wacaypata, o «Plaza de las lágrimas». La crudelísima sentencia decía que «ni al Rey ni al Estado conviene quede semilla, o raza, de este, y todo Tupa Amaro por el mucho ruido e impresión que este maldito nombre, ha hecho en los naturales».

Para los estudiosos más serios, la rebelión de Túpac Amaru fue la primera gesta que tuvo el hombre americano contra el Poder español. Y es verdad, aunque por cierto no se desconocen otras acciones del mismo corte, llevadas a cabo por caciques indios en el Perú y en otros confines de la tierra americana.

Bien puede decir que Hatuey, en los suelos del Caribe, fue un pundonoroso precursor de esta lucha. Pero también lo fueron, a su manera Caupolicán y Lautaro, al sur del continente; Guaicaipuro, en Venezuela, y los indios charrúas en el Uruguay, exterminados todos. Y en nuestros valles, Manco Inca, en 1536, que tuvo prendida la luz de la rebeldía durante varios años en Vilcabamba; Túpac Amaru I, muerto bestialmente por orden del virrey Toledo en 1570. Y Juan Santos Atahualpa, el caudillo que se alzara en la selva central entre 1742 y 1756, sólo para citar algunos.

Ellos fueron el antecedente de esta historia, aunque también podría decirse que gotas de sangre -y semillas- que regaron nuestro suelo y permitieron que en esta tierra naciera y creciera el anhelado fruto de la rebeldía. Fue José Gabriel heredero entonces de una voluntad de lucha nutrida de tradición incaica, pero alimentada, además, por la resistencia aborigen a los hombres de la conquista.

Quienes vieron, y aun ven así las cosas, recusan entonces la versión hispanista que busca presentar al caudillo como un ambicioso cacique lleno de pequeños rencores y pérfidas iras por haber sido discriminado y marginado de ciertos designios imperiales. Para los colonialistas, Túpac Amaru no merece ni el recuerdo ni la honra. Fue, apenas, un alzado sin fortuna, que pagó con su vida su insolencia.

La voz de los pueblos ha asumido largamente la primera de las interpretaciones expuestas. Túpac Amaru y los suyos se alzaron contra el colonialismo, incluso sin tener una idea exacta de la dimensión de su lucha. Hay que considerar, en efecto, que ella tuvo lugar en suelo americano nueve años antes que la Revolución Francesa -1789- cuando en el viejo continente aún se vivía bajo las monarquías absolutistas y los escritos de los Enciclopedistas apenas asomaban.

Qué hubiera ocurrido en América si Túpac Amaru hubiese logrado coronar con éxito su misión? ¿Qué habría sucedido, en una circunstancia como esa; y cómo habría cambiado el destino y la suerte del Perú, en el marco de una realidad de ese signo? Preguntas que tienen sentido, y que bien vale la pena hacerse ahora, cuando está fresca la sangre de los vencidos de ese entonces y fermenta al calor de nuevas acciones de los pueblos.

Por lo pronto, Lima no habría sido la capital del Perú, sino seguramente el Cusco, o tal vez la Arequipa que recorrieran los incas en los años de Mayta Cápac. Pero, además, la población originaria no habría sido discriminada, ni olvidada. Se habría convertido, en cambio, en fuerza esencial de una sociedad basada en los más ricos legados del Inkario y en las antiguas tradiciones de los pueblos americanos.

La causa de la Independencia de América, tardó en llegar. Sólo a partir de 1809, ocurrieron las primeras acciones libertarias. Pero ellas surgieron asumiendo el ejemplo vigoroso de Manco Inca. Hoy, al evocar este período de la historia, podemos recordar las palabras proféticas de Pablo Neruda en su poema XVIII de «Canto general».

«Túpac Amaru, sol vencido / desde tu gloria desgarrada / sube, como el sol en el mar/ una luz desaparecida / loa hondos pueblos de la arcilla / los telares sacrificados / las húmedas casas de arena / dicen en silencio: «Túpac»/ y Túpac se guarda en el surco / dicen en silencio: «Túpac» / y Túpac se guarda en la tierra.»

Y porque se guarda en la tierra, su semilla sigue viva, y es fértil. Y nos permite recordar la profecía de Alejandro Romualdo:

«Al tercer día de los sufrimientos,
cuando se crea todo consumado,
gritando «libertad» sobre la tierra,
ha de volver.

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