Tres décadas atrás, el viejo profesor, destituido por la dictadura, llegó al Senado de la renaciente democracia, como un batllistaTraversoni, el historiador

Alfredo Traversoni (1923-1994), ocupaba el cargo de Inspector Jefe de Historia de Enseñanza Secundaria, cuando se produjo el golpe de estado militar de junio de 1973. Fue destituido, y sus manuales de estudio (intervino en la producción de 76 obras), dejaron de ser recomendados por los gestores del nuevo orden. Traversoni, de ideología batllista, se enroló en la resistencia; a partir de 1980, hizo periodismo político (semanario “Opinar”); y tres décadas atrás (1985), ingresó al Senado, cuando los uruguayos reconquistamos la libertad.

En su casa, la educación era vivida como un apostolado. Su padre, Nicanor Alfredo Traversoni, era carpintero, fue maestro industrial y durante años dirigió la escuela de la Universidad del Trabajo del Uruguay (UTU), de Canelones. Alfredo Traversoni Schinca, nació en Montevideo (6/4/1923). Hizo la escuela (Perú), el liceo (Zorrilla), los preparatorios de abogacía (Instituto Alfredo Vázquez Acevedo, Iava), y estudio varios años en la entonces Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, sin llegar a recibirse.

La historia le resultaba cada vez más atractiva. Era un lector ávido y ordenado. En 1946, cuando aún tenía 23 años, se convirtió en profesor de historia en la enseñanza media. Dio clases en los liceos de Pando (Canelones), y en Durazno. Se casó; la familia tuvo tres hijos. Fue ganando el respeto y el reconocimiento de su entorno (fue subiendo de grado en el escalafón docente; tuvo elogiosos informes de los inspectores que asistían a sus clases); empezó a publicar libros y manuales de estudio (el primero, de 1953, lo tituló: “España y el reconocimiento de la independencia del Uruguay).

En un segundo momento, Traversoni se convirtió en director de liceo (en las ciudades de Guichón, Santa Rosa y en Canelones, sucesivamente); hasta que en 1966, accedió a la Inspección Nacional de Historia de Enseñanza Secundaria, llegando a su jefatura. Por entonces, este profesor se había transformado en autor de la mayor cantidad de manuales de estudio publicados en nuestro medio, sobre historia uruguaya y universal.

Las obras, -escritas en un lenguaje claro y preciso; y manejando una amplísima bibliografía, detallada-, eran publicadas por la editorial Kapelusz; y se ajustaban a los requerimientos de los planes de estudio vigentes en la enseñanza media (el de 1941, y el de 1963, el de los liceo piloto), y a la educación escolar. La dictadura, implantó en 1976, otro plan de estudios, con un ciclo básico común entre Enseñanza Secundaria y la UTU.

Kapelusz le encomendó a Traversoni la dirección de dos series de “Cuadernos de Estudio”, correspondientes a “Historia Universal” (32 títulos), y a la Historia del Uruguay y de América (en total 16; el último corresponde al período 1930 y 1966), que le dieron un gran prestigio en América Latina y en España. En 1968, redactó uno de los fascículos de la “Enciclopedia Uruguaya”, dirigida por Angel Rama (el número 16, “La Independencia y el Estado Oriental”).

A raíz de la fractura institucional de 1973, Alfredo Traversoni perdió su empleo, y sus obras pasaron al ostracismo. Pero Kapelusz, -una editorial que tenía su sede principal en Buenos Aires-, reeditó especialmente los cuadernos, que tuvieron muy buena receptividad en Argentina, en México y en España.

En las vísperas del plebiscito constitucional de 1980, la dictadura autorizó a la oposición colorada la edición de un semanario (“Opinar”), dirigido por Enrique Tarigo. Entre los columnistas, reapareció Traversoni, que, en las internas de los partidos políticos de 1982, resultó electo convencional colorado; y en 1983, ingresó al Comité Ejecutivo de Montevideo, de esa colectividad política (dentro de la corriente batllista que lideraba Tarigo).

La sorpresa para muchos fue grande, cuando tres décadas atrás, en la renaciente democracia (1985), el profesor Traversoni, -en cuyos libros buena parte de los uruguayos habían estudiado historia-, ingresó al Senado, como titular de una banca (era el primer suplente de Tarigo, que asumió la vicepresidencia del país). En 1989 el viejo profesor integró la delegación uruguaya a la Asamblea General de Naciones Unidas, en Nueva York; y al año siguiente, se convirtió en Conejero de la Administración Nacional de la Educación Pública (Anep), y en miembro del
Comité Ejecutivo de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), lo que lo obligaba a viajar varias veces al año a Paris.

En setiembre de 1993, Traversoni publicó su último libro (“Historia del Uruguay, siglo XX), en coautoría con Diosma Piotti. El 20 de mayo de 1994, falleció a los 71 años, a raíz de una enfermedad neoplásica con la que luchaba desde hacia tiempo. Un liceo público (el número 51) y un tramo del camino “conocido como Palma”, según dice la resolución municipal (2008), llevan hoy su nombre.

En su última entrevista, publicada por el diario “El Día”, (19/9/1993), este historiador advertía, entre los “errores de interpretación mas frecuentes que se cometen al estudiar nuestro pasado inmediato”, la tendencia de los uruguayos en “refugiarse excesivamente en los éxitos del pasado, sin comprender que la realidad cambia con mucha rapidez, y exige mayor imaginación para encararla en el presente; no estar siempre pensando en la posibilidad de que se podrá echar mano a garra celeste, para salir de las situaciones(así como) subestimar las posibilidades del país, lo que llevó en algún momento hasta a negar (su) viabilidad, en la década de 1960”.

INDEPENDENCIA DEL ESTADO ORIENTAL

“ Durante el ciclo de la emancipación que la llevó a una independencia prematura, en Hispanoamérica, que no constituía una unidad, operó un proceso interno de mayores fraccionamientos, del que resultó la formación de una multiplicidad de Estados:

-Uruguay es parte de ese proceso, con algunos elementos de originalidad. Ni la Patria prefigurada idealmente por hombres providenciales o pueblos predestinados, ni la Patria inventada desde el extranjero, a contra corriente de la dirección de la Historia.

  • Resultado de un conjunto de circunstancias históricas, el Uruguay nació como Estado, sin reunir las condiciones suficientes y sin ser realmente independiente. La independencia, no fue un acto, sino un proceso, cuya parte fundamental se cumplió después de 1828. En su transcurso, el Uruguay se consolidó como Estado; esta consolidación se afirmó en el desarrollo de un sentimiento nacionalista que por su carácter y la escasa antigüedad de sus tradiciones, como por la pequeñez del país, sería sólo un nacionalismo moderado.

  • Las tendencias libertarias de la campaña, integradas en el proceso europeizante de la ciudad, en el liberalismo del siglo XIX, en el socialismo de Estado del siglo XX, y en la concepción democrática del orden institucional y de la vida social, dieron rasgos distintos en América a la personalidad histórica del Uruguay.

  • En los trances difíciles que se derivan de su falta de independencia económica, el país deberá cumplir y acompañar un proceso de cambios en el que por su propia condición, le está limitado el poder de iniciativa. Su situación de centro de equilibrio (geopolítico regional), es un condicionante de su historia; toda inclinación hacia un lado, le supone una amenaza.

-Es esencial en las etapas inmediatas, cuya velocidad de procesamiento no se puede predecir, el mantenimiento del ser nacional. Renegar de él, en nombre de utopías integracionistas puede hacer el juego a anexionismos que serian un anacronismo, y una disminución del presente, en nombre de un futuro nebuloso.

  • Es necesario afirmar la originalidad nacional, depurándola y superándola. Ella nos dio prestigio internacional y puede ser una carta de crédito en nuestro desarrollo. Seguir ejemplos de autoritarismo, sería desnaturalizar lo mejor de nuestro proceso y diluirnos en el cuadro de la desgracia secular de gran parte de Latinoamérica, perder el respeto que se nos tiene y atarnos al carro de las grandes dictaduras”.

(“Enciclopedia Uruguaya, Nº 16. La Independencia y el Estado Oriental”, de Alfredo Traversoni, octubre de 1968; plan y dirección general de la obra: Angel Rama).

BATLLE Y EL LAICISMO

“La política seguida por Batlle (y Ordóñez), respecto a las relaciones entre el Estado y la Iglesia, tiene desde el punto de vista conceptual a (Enrique) Ahrens (*), como referencia. Este afirmaba que “el Estado y las confesiones religiosas son las de la libertad y la independencia. El Estado, cumpliendo los deberes que le están trazados por el fin de la justicia hacia todas las confesiones, es independiente de los dogmas del culto, de la constitución y de la administración, de una Iglesia particular”. Era notorio, que en nuestro medio, la Iglesia tenía todavía importante influencia a nivel del Estado y en la vida civil.

Ya en el siglo anterior, pero en forma más lenta, había comenzado un proceso se secularización, que culminaría en la Constitución de 1919. Las leyes divorcistas agitaron los ánimos, apenas comenzada la primera presidencia de Batlle (1903-1907).A ello se agrega que la Comisión de Caridad resuelve quitar los crucifijos de las salas (hospitalarias) destinadas a los enfermos con el argumento de no violentar la conciencia de quienes no comparten las ideas aludidas por tales símbolos. Se permite que los propios enfermos coloquen sus crucifijos, o llamen a religiosas, respetando la libertad de conciencia. Esta medida dio lugar a un gran debate, en el cual participó José Enrique Rodó con su obra: “Liberalismo y Jacobinismo”, en la cual enjuiciaba severamente el anticlericalismo del gobierno.

En setiembre de 1905, la Cámara de Representantes resuelve suprimir del presupuesto municipal las partidas correspondientes a sueldos de capellanes, y gastos de culto en los cementerios. A partir de ahí, serían costeados por los creyentes. Fue muy importante el nombramiento por el presidente, de siete representantes de ideología liberal, para integrar la Comisión de Caridad, pues representó un vuelco total en las obras de asistencia pública. Hasta ese momento, los establecimientos de asistencia pública, eran una prolongación de los edificios religiosos.
En la segunda presidencia de Batlle (1911-1915), y en ocasión de la celebración del Corpus Christi, procesión en la que tradicionalmente participaba el Ejército con la rendición de armas (…), el presidente, entendió que violentaba la conciencia de quienes no profesaban esa religión (y), envía un proyecto de ley, en 1914, tendiente a modificar el Código Militar, los artículos relacionados a la prestación de honores a la Iglesia. Se dispuso que la bandera, no se abatiese, por vía de homenaje, ante religión alguna. En esa misma línea, se eliminó el juramento religioso de los legisladores, y se implantó la enseñanza laica generalizada en las escuelas públicas. En 1919, la Constitución, consagra la definitiva separación entre el Estado y la Iglesia”

(“Historia del Uruguay, siglo XX”, Alfredo Traversoni, Diosma Piotti, setiembre de 1993).

(*) “la fuente directa del ideario de Batlle, fue un libro inspirado en el espiritualismo de Krause, el discípulo de Kant: “Curso de Derecho Natural”, del jurista belga Enrique Arhens, en uno de cuyos ejemplares, regalado por Ricardo Areco, anotó con Pepe en 1913: “…es un obsequio que aprecio mucho, porque en esta gran obra, he formado mi criterio sobre el derecho, y ella me ha servido de guía de mi vida publica” (“Batlle, democracia y reforma del estado”, Luis Antonio Hierro, 1977).

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