#OpiniónSe acabó el recreo, un mensaje peligroso

Un delincuente reducido en un arresto ciudadano fue muerto por asfixia por sus captores (guardias de seguridad de un shopping de Paysandú).

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Las primeras versiones daban cuenta de una caída que habría sido la causante del deceso pero imágenes de videos particulares de clientes ocasionales del centro comercial y de cámaras de seguridad del propio centro comercial, dieron cuenta que el ladrón clamaba por su integridad dando señales de estar vivo al momento de su detención.

La fuerza excesiva que se le aplicó le habría producido la muerte por asfixia según consigna el informe forense. Hagamos el ejercicio de cambiar los roles de los captores y simular que eran Policías, en ese caso ¿aplicaría la legítima defensa presunta que promociona el gobierno electo y piden los representantes sindicales?

Claramente surge de las pruebas audiovisuales que en el caso de marras no hay argumentación que avale tal hipótesis, y en la tarde del miércoles 8 de enero, fueron formalizados con prisión por homicidio a título de dolo eventual sus autores. El mensaje implícito es harto peligroso y parece ser que ya permeó en algunos sectores de la sociedad que sufrirán las consecuencias a tamaño exceso de ¿justicia?

Antes que sonara la campana

Ya doblé el codo de la vida y en mi época de educando era una campana la que anunciaba el comienzo y el final del tan ansiado recreo. Seguramente hoy, en pleno Siglo XXI, la modernidad haya sustituido el tañido tradicional por un timbre y no faltará mucho tiempo para que sea alguna aplicación la que anuncie el tiempo de esparcimiento escolar (si ya no existe, claro). Lo cierto es que aquel sonido tan particular producido por un badajo que funciona a tracción humana era y sigue siendo en muchos lugares, el elemento disparador y, también, el que marca el fin del tiempo libre en la escuela.

Hoy, en este mundo tan vertiginoso que nos toca vivir, todo se adelanta y se producen eventos que se anticipan a los anuncios. Muchas veces, producto de mensajes amplificados que terminan desvirtuándose y/o provocando consecuencias que los promotores del mismo o no previeron ó, previéndolos, entendieron pertinente difundir siguiendo un mero fin electoral. Claro que, quien emite esos mensajes no especifica bien o por lo menos con la claridad necesaria, sobre las consecuencias que sufrirá quien exceda lo establecido por la ley en la defensa de sus derechos o de terceros circunstanciales.

Y este es un caso que representa perfectamente lo que le podría ocurrir a cualquier Policía que se crea inimputable en casos como el de Paysandú donde nunca aplicará el instituto que se promociona como indispensable para que la Policía tenga el respaldo que dicen carecer hoy día.

Porque hay que dejar bien claro -en blanco sobre negro- que ningún Policía ni persona alguna (como el caso de estos guardias de seguridad), podrán argumentar como presunción la legítima defensa cuando se trate de una acción como esta por más condición de delincuente que tenga el detenido. Porque nadie podrá justificar tal presunción en circunstancias como esas donde el detenido está reducido y debió ser puesto a resguardo hasta la llegada de la autoridad policial.

Parece obvio, con las cartas vistas, pero no resulta tanto cuando se fogonea persistentemente un discurso altamente represivo que invita a quien lo escucha a tomar la justicia en sus manos como si con ello bastara. Lo que agrava aún más el mensaje es que el mismo no repara en estos efectos colaterales propios de quien cree que la justicia le acompañará en su accionar, cosa que será todo lo contrario por la sencilla razón que sus actos carecerán de toda justicia. Dichos actos no son otra cosa que venganza y esta no tiene lugar en un Estado de Derecho, donde existe la Ley para ser aplicada a todos por igual.

Sería oportuno -y a tiempo- que se revisara un discurso que les permitió sumar voluntades en la contienda electoral al precio de la libertad de quienes -como estos guardias de seguridad- pudieron haber creído en el mismo y padecerán el castigo de la justicia por el exceso cometido.

Sería más que oportuno, sería de estricta justicia, reparar ahora antes que se produzca el daño que sufrirán irremediablemente otros que en el futuro -en situaciones similares- crean estar amparados ejercitando una defensa legítima que no será tal y en la que muchas veces como en este caso, quedará grabado en un video de cámaras de seguridad o en el celular de un testigo ocasional.

Es hora de asumir la responsabilidad de lo que se dice, porque en una sociedad infectada por la violencia que ha llegado a lugares tan sagrados como el hogar, no es buena señal que se mantenga la idea de frenarla aplicando más violencia en lugar de apegarse a la Ley. El caso de Paysandú es una señal, una situación que podría darse en un futuro no tan lejano con Policías como protagonistas, ya que -según anunció el Presidente electo- uno de los contenidos de la tan mentada y oculta Ley de Urgencia, sería la presunción de legítima defensa policial.

Una norma que no aplicaría en este caso ante la evidencia documental existente, que echa por tierra cualquier hipótesis de legitimidad en la defensa esgrimida ante un delincuente reducido que clamaba por su integridad física (a la que están obligados a resguardar sus captores para ponerlo a disposición de la justicia). Ese es el núcleo de acción de cualquier arresto ciudadano que tiene, además, un marco regulatorio especial si los captores fueren policías, ya que estos tienen el ejercicio legítimo de la fuerza.

¿Aquel discurso pudo ser el causante de una acción de este tipo?, no lo sé con certeza, pero es dable pensar que si se habla públicamente del fin del recreo para señalar el combate frontal a la delincuencia aplicando mayor represión al crimen, puede ocurrir que alguien interprete eso como una invitación a aplicar la ley por su cuenta y se cometan excesos como el de marras. Excesos que los tendrán como únicos responsables y que deberán pagar con su libertad, convirtiéndose -así- en víctimas que cargarán de por vida con esa mochila de haberse cobrado una vida. Porque quien valora la vida -más temprano o más tarde- tomará conciencia de sus actos y vivirá con ese peso por el resto de su existencia.

Por último recuerdo una expresión que leí por ahí donde un hijo le preguntaba al padre acerca de la violencia y la seguridad:

– Papá, ¿y si los matamos a todos quien quedaría?
– Quedaríamos nosotros hijo, los asesinos…

No queremos asesinos, queremos y nos merecemos ciudadanos y Policías que entiendan que no hay mayor respaldo que aplicar la Ley, siempre.

el hombre tocó la campana,
el perro mordía su hueso de merienda…

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