Nuevas (a)normalidades

Fernando Gil Díaz, el Perro Gil

El COVID-19 nos vino a cambiar muchas cosas, algunas que no tendrán marcha atrás seguramente y que hacen a la vida en relación. Atrás quedarán usos y costumbres que deberemos mutar en sanitaria actitud que -además- vaya imbuida de esa dosis de solidaria consideración por el prójimo. Porque de eso se trata hoy día, en un tiempo donde aún no hay vacuna que nos inmunice contra el virus. Esta nueva normalidad que tanto promocionan y que parece será la frase que quedará de aquí en más para justificar el pasaje del coronavirus por la humanidad toda, trae consigo otras cuestiones que me llevan a reflexionar la parte oscura, esa que no deberíamos tolerar ni permitir como sociedad. La nueva y anormal conducta de linchamiento social de los infectados…

Benditas y malditas redes

Todavía recuerdo aquel triste episodio donde unos padres sufrieron el linchamiento social de la horda enardecida ante una falsa información que los inculpaba de haber abusado de su hija menor, en lo que terminó siendo un diagnóstico erróneo que disparó a la turba. Masificado casi de inmediato por irresponsables periodistas que priorizaron la primicia a la verdad, generando un rumor falso que terminó juzgando a aquellos progenitores que fueron linchados públicamente por aquellos vecinos enardecidos que hicieron «injusticia» por mano propia quemando su vivienda y dejándolos sin hogar.

El caso, extremadamente grave entonces, se terminó desmintiendo con el examen médico que descartó cualquier indicio de abuso sexual sobre la niña, pero ya era tarde. Ni el medio ni los «in-justicieros» ocasionales, devolvieron la dignidad afectada a aquellos padres.

Algo parecido está pasando hoy en nuestra sociedad con algunos casos que fueron mediatizados vulnerando el derecho a la privacidad y -en algunos casos- a la integridad de las víctimas afectadas por el COVID-19. Tal el caso de un uruguayo que resultó positivo y se fue a cumplir la cuarentena a Punta del Diablo, sufriendo amenazas y escraches públicos cuando estaba cumpliendo con la cuarentena impuesta por la autoridad sanitaria.

Es que la mediatización que adquirió el coronavirus tiene hoy un nefasto efecto, mellando la confianza entre iguales, sembrando el recelo y el rechazo basado en el miedo, ese que termina definiendo conductas sustituyendo al intelecto.

Además, se agrega un tratamiento diferenciado según el lugar o el nivel social de la víctima afectada. Y no se trata de pretender que el escrache sea igual para todos, sino todo lo contrario, que no haya escrache y que -en lugar- haya responsabilidad social y que cada quien se haga cargo como corresponda sin afectar derechos de nadie.

Así como las redes sociales tuvieron un exceso manifiestamente inaceptable con una (sino la primera) afectada por el COVID-19, vecina del aristocrático barrio de Carrasco, sobre la que hubo luego denuncias por violar la cuarentena que fueron debidamente formalizadas; las mismas redes junto con la complicidad de los medios de prensa, hicieron lo propio con uno de los primeros afectados de un asentamiento, dando una triste imagen de desigual tratamiento exponiendo el hogar de la víctima.
Son excesos que no podemos permitirnos en una sociedad que se jacta -con absoluta propiedad- de ser solidaria y estar a la altura de los desafíos que impone esta nueva normalidad que nos invadió sin pedir permiso.

Hoy los barrios más humildes de todo el país, se resisten a ser derrotados por este enemigo invisible y, contra todo pronóstico, alzaron rápidamente sus desafiantes ollas populares, una respuesta responsable y solidaria para el que más necesita. Surgieron, sin pedir permiso a nadie, sin que nadie las impusiera, nacieron al golpe de la necesidad de miles de uruguayos que debieron abandonar sus trabajos, esos que se ganan el peso cada día.

Vector edad

Al principio fueron los barrios de la costa y de clase media a alta, los principales afectados. Uruguayos que habían viajado a alguno de los países afectados por la pandemia y que fueron portadores involuntarios del virus que empezó a circular por nuestras tierras. Al primer caso confirmado, el gobierno movió sus fichas y lo hizo acertadamente suspendiendo las clases y cortando con ello, uno de los vectores de mayor movilidad poblacional como son los niños y adolescentes. A esa movida, complementada con la suspensión de espectáculos públicos y actividades sociales (clubes deportivos, gimnasios, centros comerciales, etc.), siguieron otras acciones que llevaron a una merma casi absoluta de la movilidad ciudadana, que acató las medidas de contención y aislamiento para reducir los efectos de contagio.

Pero si bien esas medidas fueron -a mi juicio- acertadas, le siguieron mensajes contradictorios de algunos actores públicos que empezaron a hacer ruido. Pero lo más sugerente de todo fue la apertura de algunas actividades que mueven la economía del país como el caso de la construcción (no sin el fallido intento de no aceptar un acuerdo entre trabajadores y cámaras) que dieron la falsa señal de afloje que provocó la reacción de parte de los auto confinados que empezaron a salir de sus hogares.

La rambla de Montevideo tuvo un fin de semana de cuasi normalidad que prendieron luces de alarma ante un panorama que lejos de confirmar una situación superada, tiene a los colectivos médicos en guardia por el afloje ante lo que vaticinan serán semanas cruciales para nuestra región.

Los casos se dispararon en un sector por demás vulnerable – los centros de salud para la tercera edad – y ello prendió todas las alarmas junto a los casos detectados en asentamientos de la capital del país. Llamativamente ese sector poblacional no había sido relevado hasta ahora en que aparecieron los primeros casos, en una medida que algunos tildaron de gruesa omisión.

Todo ello en medio de señales del gobierno de inicio de clases en las escuelas rurales, otro de los sectores con los que se pretende ir retomando la nueva normalidad de forma paulatina.

Menudo desafío tenemos enfrente, cuando atravesaremos la peor época para las afecciones respiratorias (el invierno frío y húmedo de estas latitudes), mientras los motores de esta pequeña economía pretendan empezar a moderar su funcionamiento.

Ya nada será igual, nada. Seguramente tendremos nuevas formas de relacionarnos, abandonaremos algunas costumbres tan propias como el mate compartido, el beso con el que nos saludábamos naturalmente e incorporaremos el tapabocas como si fuera una prenda más de nuestro vestuario. Pero si algo no podemos permitirnos es adoptar conductas antisociales de rechazo y aislamiento sin otro fundamento que la simple sospecha difundida por una red social, por ejemplo.

Los próximos meses serán cruciales, según la OMS es el período más crítico para América Latina. Debemos estar preparados, prevenidos, y en guardia, más aún cuando no hay en el horizonte inmediato una vacuna contra el virus. La economía atravesará una cruz de caminos que ya empieza a perfilarse como complicada con la calificación negativa de algunas consultoras internacionales que nos auditan.

El gobierno debería considerar un mínimo de empatía con esa mitad que no lo votó y que hacen parte de la comarca. Uruguay no debe, no puede darse el lujo de alimentar diferencias en base a esas parcelas, porque de hacerlo será muy difícil salir de esta situación sin que queden grietas abiertas ni heridos de consideración. Todos deberíamos buscar ese punto medio que nos permita una convivencia pacífica, y que el peso de las consecuencias se reparta de forma equitativa, según las posibilidades de cada uno y no sobre las espaldas de los trabajadores, exclusivamente.
La nueva normalidad ya está entre nosotros, y de nosotros depende cuan normal o anormal la vivamos…

el hombre saludó de lejos,
el perro ladró desde la casilla…

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