Un estudio muestra que un área del cerebro podría estar impidiendo a una persona el cambiar de opinión por más argumentos válidos que ésta reciba para hacerloNuestro cerebro funciona en base a prejuicios y a prueba de argumentos

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Una frase atribuida a Albert Einstein reza que «dividir un átomo es más fácil que romper un prejuicio», y esto podría ser cierto por la propia forma que tiene de funcionar el cerebro humano. ¿Cuántas veces hemos entrado en discusiones eternas sin que ninguno de los lados esté dispuesto a ceder en su posición? No importa qué tanta confianza se tengan dos personas en discusión, si sus opiniones están polarizadas no existe argumento que pueda ponerlas en común. Pueden ser los dos mejores amigos de toda la vida, pero si uno piensa que la tierra es plana y el otro que es redonda, o si uno defiende la teoría de la evolución y el otro es un ferviente defensor de la creación divina, nunca habrá argumentos que puedan acercar ambas opiniones. No existe lógica que pueda intercambiar visiones antagónicas del mundo. Si funcionamos cotidianamente según ciertos paradigmas básicos, cualquier detalle que venga a contradecirnos tal paradigma es eliminado cuasi por reflejo por nuestro cerebro. En la práctica más instintiva, nuestra mente necesita de certidumbres para funcionar, por lo que la incertidumbre se le presenta como su peor enemiga.

«¿Por qué hemos desarrollado un cerebro que descarta información perfectamente válida cuando esa información no se ajusta a su visión del mundo? Esto puede parecer un mal diseño que puede conducir a muchos errores de juicio. Entonces, ¿por qué no se ha corregido este fallo en el transcurso de la evolución humana?», se pregunta la neurocientífica Tali Sharot en The influential mind (La mente influyente, editorial Little Brown). Estas son las preguntas que intenta responder Sharot, de la University College de Londres, a través de una investigación que busca demostrar que el cerebro posee todo un mecanismo de filtración de aquella información que pueda contradecir las bases de su pensamiento. Los experimentos consistían en estudiar el comportamiento de varios participantes en un juego de apuestas acerca del costo de ciertos inmuebles. Particularmente interesaba analizar cómo variaban las apuestas de los participantes al conocer lo que había apostado su acompañante, pudiendo al saberlo solo aumentar o disminuir la apuesta pero no modificar el sentido original de la misma. Los científicos descubrieron que los jugadores solían aumentar su apuesta de forma proporcional al nivel de coincidencia de su compañero. Sin embargo, si los acompañantes habían apostado algo contrario a su apuesta original, los participantes no disminuían sus apuestas, o, si lo hacían, apenas la disminuían. Incluso daba lo mismo si el acompañante se mostraba muy seguro de su posición contraria: no importaba la magnitud de la apuesta antagonista, los participantes se mostraban aún muy reacios a modificar sus convicciones. «Descubrimos que cuando las personas no están de acuerdo, sus cerebros no logran registrar la fuerza de la opinión de la otra persona, lo que les da menos razones para cambiar de opinión», informó a El País de Madrid Andreas Kappes, investigador de la Universidad de la City de Londres y coautor de este estudio, que publica Nature Neuroscience. «Nuestros hallazgos sugieren que ni siquiera los argumentos más elaborados del otro lado convencerán a las personas más polarizadas porque el desacuerdo será suficiente para rechazarlo», aseguró Kappes. Y añadió: «El hecho de no observar la calidad del argumento opuesto hace que los cambios en la mente sean menos probables».

Por su parte Tali Sharot, directora del Affective Brain Lab en la University College de Londres, considera que el ser humano tiene tendencia a «buscar e interpretar datos de una manera que fortalezca nuestras opiniones preestablecidas». El equipo de Sharot se concentró en sus estudios en una región en específico del cerebro: a través del uso de resonancia magnética se focalizaron en entender el rol de la corteza prefrontal medial posterior en nuestra evaluación de los hechos y evidencias que nos lleva a formar una opinión dada.  Los resultados apuntaron a que esa región del cerebro se encontraba activa cuando una persona estudiaba el nivel de confianza de otra respecto a una posición determinada para así ajustar sus propias creencias a la confianza de su interlocutor. Sin embargo esto sólo sucedía cuando ambas personas se encontraban de acuerdo en un tema en particular, el cerebro dando pocas posibilidades a un cambio de opinión en caso de que el interlocutor se oponga a  sus convicciones. «La tendencia conductual a descartar la información discrepante tiene implicaciones significativas para los individuos y la sociedad, ya que puede generar polarización y facilitar el mantenimiento de creencias falsas», afirmó Kappes. Esto lleva incluso a los internautas a contentarse con los primeros resultados de una búsqueda de información en Internet siempre y cuando esa información satisfaga sus opiniones.

«Este estudio es un buen primer paso para estudiar los mecanismos del sesgo de confirmación, porque encuentran una correlación con las diferencias en esta región del cerebro, pero esto sigue sin explicar esa discrepancia entre nuestra opinión y la evidencia que nos contradice», opinó la neurocientífica Susana Martínez-Conde, especialista en estos autoengaños de la mente. «Seguimos sin saber el mecanismo neural; el hecho de encontrar actividad asociada no da una explicación, cualquier comportamiento va a estar basado en el cerebro, lo extraño sería que no se observara diferencia», apuntó la directora del laboratorio de Neurociencia Integrada de la Universidad del Estado de Nueva York. Aun así la científica considera que el mecanismo existe y por ende es posible el dilucidar su funcionamiento, «quizá no con estas herramientas actuales, pero a nivel teórico el mecanismo neural tiene una respuesta física que debemos poder observar». «Los resultados no son tan alarmantes: las opiniones negativas influyen, aunque mucho menos, aunque no tienen el mismo peso, pero sí las consideramos mínimamente. Es un comienzo», aseguró Martínez-Conde. Al desarrollar su argumento, Martínez-Conde coincide con lo que asegura Tali Sharot en su libro: «Los números y las estadísticas son necesarios y maravillosos para descubrir la verdad, pero no son suficientes para cambiar las creencias, y son prácticamente inútiles para motivar la acción». La mejor forma de tratar con este sesgo de confirmación es siempre presentar los argumentos que apoyan nuestra posición dentro de un esquema que haga sentir a nuestro interlocutor que ambos estamos dentro de la misma esfera de coincidencia. Como si en el experimento hubieras votado lo mismo, porque es cuando sí se atienden los argumentos del otro. «A la hora de intentar alcanzar un consenso, busquemos un punto de partida en el que estemos de acuerdo, y a partir de ahí será más fácil moderar las opiniones de los demás», concluyó Martínez-Conde.

 

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