El neurólogo Matthew Walker explica cómo haber perdido la costumbre de dormir a media tarde implica un riesgo para nuestra saludNo dormir la siesta es perjudicial para la salud

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¿A quién no le ha pasado en el trabajo o en una clase de liceo o facultad de luchar contra los párpados caídos luego del almuerzo? Durante esas primeras horas que siguen al mediodía comienzan los bostezos, los esfuerzos por conservar la atención despierta y los asentimientos involuntarios de las cabezas. Nuestro cuerpo y mente pide a gritos sueño, pero el sistema social no lo permite. No sólo no lo permite, lo condena. Uno podría perder el empleo si es encontrado durmiendo sobre el cumplimiento del deber. Ante la amenaza de la somnolencia la respuesta muchas veces es la cafeína, pero incluso los estimulantes tienen dificultades para combatir a necesidad inminente de la siesta. El problema radica en que en esos momentos nos encontramos remando a contracorriente, ya que nuestro reloj biológico no se coincide con el Dios Relojero instaurado por la Revolución Industrial y ajustado por la modernidad.

Según afirma el neurólogo Matthew Walker en su libro «¿Por qué dormimos?», naturalmente los seres humanos poseen un patrón de sueño llamado «bifásico», es decir que están «programados» para dormir durante dos períodos de tiempo separados en el mismo día. Sin embargo, las civilizaciones modernas han construido un sistema social basado en un patrón de sueño monofásico, es decir que está previsto para que los individuos duerman únicamente durante un período diario de ocho horas reservado para la noche. Pero estas ocho horas rara vez se cumplen para un trabajador promedio, los períodos de sueño del mismo rondando comúnmente las seis horas. Al culminar la jornada laboral, los trabajadores no llegan a sus hogares a dormir, sino que en ese momento comienza una nueva etapa del día, la cual, incluyendo nuevas tareas laborales o no, suele culminar pasada la medianoche.

Basta salirse de las culturas occidentalizadas que giran alrededor de la industria para encontrar a otros seres humanos que no se adecúan al modelo de «las 8 horas». Poblaciones que continúan siendo cazadores y recolectores como las tribus gabra de Kenia, los hadzas de Tanzania o los san de Namibia mantienen aún un patrón bifásico de sueño, durmiendo durante un período que comienza cuando se oculta el sol hasta que amanece y durante un período más corto en el correr de la tarde. Este último período no suele superar una hora de sueño, pero es el tiempo suficiente para recargar energías para seguir funcionando eficientemente hasta el final del día. Es gracias a este sueño que estas tribus logran combatir el descenso de sus funciones de alerta que está programado genéticamente para ocurrir luego del mediodía. Se trata del mismo mecanismo que permite a otros mamíferos cazadores retomar energías para volver a la cacería rutinaria. Sin embargo, esta tendencia se incrementa en épocas de calor veraniego y se aligera en épocas de frío invernal, llegando incluso en invierno a abandonar la siesta para privilegiar un único período largo de sueño.

Pero aún cuando el sueño de estas tribus vira hacia un patrón monofásico, sus costumbres distan enormemente de las nuestras: mientras que las civilizaciones industriales comienzan sus proyectos de sueño con suerte ni bien pasada la medianoche, las tribus preindustriales lo hacen ni bien se esconde el sol. ¿Qué significa esto teniendo en cuenta que la vigilia comienza para ambos grupos cuando sale el sol? Que las culturas industriales suelen dormir mucho menos por negar su naturaleza bifásica, lo que no hace más que incrementar el efecto del descenso de la vigilia al comenzar la tarde. A este declive evolutivamente programado del estado de alerta favorece la siesta se le denomina «somnolencia postprandial», es decir que se desencadena luego de comer (del latín prandium, comida). La eliminación de la siesta ha sido estimulada por el crecimiento progresivo de las sociedades industrializadas, y por más que toda la evidencia científica apunte a que un sueño corto de tarde es natural y necesario en nuestra especie, la norma ha tendido a prohibirlo.

Pero aún existen poblaciones en el mundo para las cuales la siesta es un momento sagrado a respetar. Matthew Walker cuenta en su libro que al haber visitado de niño las principales ciudades de Grecia, un detalle llamó su atención: en las puertas de las tiendas se veían carteles que rezaban » abierto de nueve de la mañana a una de la tarde, cerrado de una a cinco, abierto de cinco a nueve». Esas horas de cierre de los negocios a media tarde también es característica de muchos pueblos y ciudades del interior de Uruguay, en donde por más que un capitalino ruegue por ser atendido a las dos de la tarde, los nudillos terminan por rendirse ante los bostezos de los residentes. Sin embargo, esta práctica se encuentra cada vez más presionada por la constante aceleración de los ritmos de vida que impulsa la época posmoderna. Y esto no implica solamente cabeceos y bostezos en horas de trabajo, sino que existe evidencia científica de que prescindir de la siesta implica perjuicios para la salud humana.

Según un estudio de investigadores de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Harvard que analizó a más de 23 mil hombres y mujeres adultos/as griegos/as de entre 20 y 80 años de edad, el abandono progresivo de la siesta incrementa los riesgos de padecer problemas cardiovasculares. A través de un seguimiento del grupo durante un período de seis años, los investigadores demostraron que aquellos individuos que abandonaron la siesta en el período del estudio vieron incrementado el riesgo de sufrir accidentes cardiovasculares en un 37% en comparación con aquellos individuos que mantuvieron sus siestas regularmente. Este incremento de los riesgos de muerte por enfermedad cardiovascular fue particularmente importante para aquellos individuos que eran trabajadores, el riesgo escalando a más del 60%. Esto explica el que la esperanza de vida de los trabajadores casi se duplique en aquellos pequeños pueblos y ciudades del interior de Grecia o de nuestro país en los que la siesta es una práctica rutinaria y respetada, en comparación con la situación de los trabajadores de las grandes ciudades capitalinas donde la dormir la siesta es tabú. Matthew Walker nos demuestra de esta forma que la clave para alargar nuestra vida no sólo se encuentra en una dieta saludable y una rutina alejada de los vicios, sino también en levar adelante un patrón de sueño bifásico acorde a nuestra propia naturaleza.

 

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1 comentario
  1. alfredo alsamendi dice
    Doy fe que es un gran invento. Máxime cuando como en mi caso, se trabaja muchos años de noche. Además, aun en vacaciones, en verano, qué puede hacerse a la una de la tarde, con 42 º a la sombra?

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