CINE POR STREAMINGNiños soldados: ‘Monos’ y el conflicto armado de Colombia en Netflix

En poco más de 100 minutos, el film aborda la situación de los menores afectados por la violencia de la guerrilla, paramilitares y guerras “narcos” en tierras cafeteras.

En tiempo de denuncia sobre la inoperancia del Estado colombiano en la implementación de los acuerdos de paz y frente al asesinato de exguerrilleros desmovilizados, Netflix ofrece el film ‘Monos’, el cual aborda la situación de niños y adolescentes inmersos en la espiral de violencia del conflicto armado sin una salida clara ni definitiva, informó Sputnik.

Monos, el drama colombiano de tintes bélicos y de coproducción internacional, llegó a Netflix a fines de mayo, precedido por el prestigio ganado entre el público y la crítica, con participaciones en grandes festivales de cine, y una foja de nominaciones y premios bien merecidos. En poco más de 100 minutos, el film aborda la situación de niños y adolescentes afectados por la violencia del conflicto armado en Colombia.

La película abre con una escena en la cima de una montaña bañada en luz crepuscular rodeada de grandes nubes. En ella, ocho adolescentes juegan con los ojos vendados al fútbol guiados por el sonido de los cascabeles del balón. Luego sabremos que ellos son los Monos, una unidad armada con la misión de cuidar a la Doctora, una ciudadana estadounidense que mantienen secuestrada. El otro adulto en sus vidas es el Mensajero, su superior al mando, de trato seco y marcial, que llega periódicamente con instrucciones y a entrenarlos con rigor.

Esa primera escena del juego puede interpretarse de más de una manera. Quizá solo es un divertimento que los une y distrae fuera del propósito de su misión, y revela que por su edad están más cerca del disfrute lúdico que del combate real. O bien puede leerse que para seguir el propósito del juego —la lucha— deben asumir roles que no les permiten ver el mundo como es mientras se identifican entre sí con nombres de guerra. En esa ambigüedad y precisa indefinición transcurre el film.

Las zonas grises

La intención del director de Monos, el colombo-ecuatoriano Alejandro Landes, es alejarse de las definiciones maniqueas. «Yo sé que hay gente a la que le gusta ir y ver cosas en blanco y negro porque se quedan tranquilos por lo menos dos horitas, saben dónde están parados […] A mí me gustan los grises», dijo Landes en una entrevista con El Tiempo.

Los elementos distintivos e inconfundibles están allí: la sierra, la selva, la organización armada que se oculta, los secuestros, el paso al costado en entredicho. Pero no se hacen menciones a lugares, fechas, personas ni entidades. No hay juicios explícitos. Ni buenos ni malos.

La influencia clara de El señor de las moscas está presente. Los protagonistas son adolescentes que sienten pulsiones y a tientas responden a ellas, juegan, experimentan, se entregan a los placeres, se confunden, se debaten entre el deber y el goce.

«Quiero bailar en televisión», dice en otra escena la sueca, la adolescente que tiene la misión de vigilar a la secuestrada en un búnker, mientras se desatan enfrentamientos en la zona. Esa es su respuesta a la Doctora, quien le pregunta qué es lo que quiere, y que ella puede ayudarla a conseguirlo si se escapan juntas. Segundos después, una explosión une a víctima y victimaria. La Doctora abraza a la Sueca, como conteniendo a nada más ni menos que una niña que busca refugio. Luego el abrazo se torna en un beso y el deseo asoma con escrúpulos. Cuando la secuestrada aleja a la adolescente, la Sueca responde con una mezcla de llanto y risa sardónica que quizá enmascara la fragilidad, el miedo y la tristeza del rechazo.

Reina la confusión

Uno de los momentos mejor logrados del film es precisamente el combate nocturno. El espectador comprende lo que ocurre cuando Rambo, otro de los adolescentes, utiliza unas gafas de visión nocturna. A su lado, vemos a los Monos agazapados en una trinchera donde también se resguarda una columna que se ha replegado a esa posición. En las imágenes grises del visor, se adivina el miedo y la duda en los rostros de los adolescentes en medio de un conflicto que los arrastra y supera. Cuando mira al frente de batalla vemos los cuerpos agazapados, los destellos de las armas y la trayectoria de las balas dibujadas en la noche. Rambo es la única persona que vislumbra algo en esa absurdidad.

Rambo es un personaje de cuyo género no tenemos certeza. Detrás de ese nom de guerre hiperbólico no podemos afirmar si hay una chica o un chico. Se trata de una decisión tomada por Landes para remarcar ese «ser y no ser» de lo que se muestra en la pantalla. El personaje es interpretado por Sofía Buenaventura, quien se define como persona no binaria.

«Interpretar a Rambo fue muy familiar porque yo también he atravesado ese proceso de autodescubrimiento, de tratar de decidir de qué lado del espectro me siento mejor, para confluir finalmente que no puedo decidir, que no me voy a identificar con nada establecido. Que soy lo que soy», dijo Buenaventura en una entrevista. Y aclaró que aún en el contexto de guerra que enmarca la película el verdadero el foco está «en la mirada adolescente: su conflicto interno».

En una entrevista brindada a Público Landes reveló que los niños en el film cumplían con el propósito de preguntarse acerca de la incertidumbre del futuro sin poner en primer plano una reflexión demasiado simplista de la situación de los niños en la guerra: «Yo no hubiese dedicado años de mi vida a contar una obviedad. Quería ir varios pasos más allá y decir: ‘Bueno, ya en esta situación, ¿qué pasa con estos niños?'». Y agregó: «En realidad hay un juego de espejo entre los dos conflictos, el de la guerra y el de la adolescencia».

Los niños de la guerra

«En los combates, tiros van y tiros vienen. Uno nunca mira a su oponente. Pararse detrás de una cortina es una incertidumbre de no saber qué puede pasar», relató en una entrevista Wilson Salazar Sánchez, quien interpreta al Mensajero, el instructor y superior inmediato de los Monos.

Antes de convertirse en actor, Salazar fue parte de las FARC durante 13 años, desde 2001 hasta que se desmovilizó en julio de 2014. Entró a la guerrilla con solo 11 años de edad para vengar la muerte de su padre, a quien habían asesinado, descuartizado y embolsado. Salazar juró vengarse y así se lo dijo a sus superiores el día que se enroló.

Al cabo de los años demostró que medir 1,39 metros no era impedimento para ganarse el respeto de la columna Teófilo Forero, y llegó a comandar su propia tropa de 120 hombres. Su cabeza llegó a valer 90 millones de pesos. Y cuando tomó la decisión de desmovilizarse, sus compañeros de entonces lo amenazaron de muerte.
«Yo quería salir, estaba cansado de recorrer las montañas de Colombia y unos años después quise cambiar mi vida y ya no me gustaban algunas ideas de la organización. Un amigo que se desmovilizó me convenció junto con un fiscal».

Incertidumbre idílica

El complejo panorama en el que confluyen las dificultades (o imposibilidad) de la desmovilización y la amenaza del conflicto armado que proyecta su larga sombra en las poblaciones más comprometidas es ilustrada en una perfecta escena de Monos. En una postal casi idílica, a la noche, vemos recortados en la oscuridad a Rambo y la familia que lo acoge luego de haber desertado de los Monos mirando TV en el porche. Detrás de ellos, la oscuridad de la selva.

En el límite de la propiedad, una barandilla. En ella, un mono domesticado, que parece parte del decorado, como un convidado de piedra, acompaña a la familia.

La incertidumbre sobre el destino de los desmovilizados y el rol del Estado queda patente en el tramo final del film. Rambo viaja a bordo del helicóptero de la Fuerza Aérea que lo ha rescatado de la selva. Mientras sobrevuelan la ciudad, el piloto militar informa a las autoridades de la base que viajan a bordo con una persona sin identificar. «¿Qué hacemos con el NN?» Sin obtener respuesta, la imagen se centra en Rambo, quien con ojos llorosos interpela con su mirada de miedo al espectador cuando la imagen se funde a negro.

«Al final creo que con la coyuntura del país habría que preguntarse: ¿hacia dónde vamos? La película viaja al corazón de los miedos que tenemos sobre esta posible y frágil paz, qué vamos a hacer con los que dejaron las armas, qué van a hacer ellos con nosotros, y también ese halo de que siguen existiendo las disidencias. La historia pone al espectador en medio de un conflicto que no está claro», reveló Landes sobre el film a El Tiempo.
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