#OpiniónMi alegato

Las palabras buscan ubicación. Cuando se viene a la vida se presentan concisas, expresan el primer sentimiento, el más puro, el que tiene ausencia de rigidez, el más lleno de ternura y como la melodía más dulce, nombra a la madre…

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Empieza con un arranque en «em», largo, con tembleque, como un motor que puja por arrancar y que dándose maña, poniendo a prueba los primeros instintos de supervivencia, junta fuerza como demostrando que el coraje se cultiva pero también viene desde el vientre y ahí nomás se le pega la primer vocal: la «a» de amor…

Después vendrán maestras y otros estímulos con sus pautas, reglas, criterios y lo que eran monosílabos se convierten en multitudes de estrofas, historias, cuentos, metáforas llenas de imágenes con parábolas, símbolos y moralejas, en un proceso maravilloso, emprendiendo así un viaje por un universo cuyo único límite será nuestra propia existencia.

No suele advertirse, porque se lo da como natural, que cuando las palabras se ordenan en lenguaje, hallamos la libertad, probablemente la única, la más auténtica, la que vivirá en nosotros protegida por nuestra carne, por nuestras tripas, por nuestros huesos y sobre todo por nuestro corazón. Las palabras se vuelven pensamiento y serán incoercibles y se convertirán en un bastión irreductible de nuestra esencia y nuestra libertad, estará a salvaguarda de todo, salvo, de nuestra propia traición.

El mundo de las palabras empieza por la suma y luego se multiplica como una revolución probada, sublime y única. Una «Comuna» pero sin derrota, un «Octubre» a prueba de resecamiento.

Las palabras me sirven para decir «Uruguay», un país con forma de corazón que late en el sur. Uruguay, una tierra cuyos habitantes poseen fama histórica de indómitos e ingobernables para los dictadores en períodos de infortunio. También la tierra de Artigas, un general desterrado, vencido y traicionado que sobre sus ideales se construyó una patria.

Uruguay, una tierra donde se cimentaron los derechos y las libertades para los débiles entre José Batlle y Ordóñez y Saravia. Uruguay, donde la dignidad se grabó para siempre en Paso Morlán batiéndose la ropa Paco Espínola y Basilio Muñoz junto a los colorados batllistas del general Martínez frente a la dictadura de Gabriel Terra y Luis Alberto de Herrera.

Uruguay de los mártires como Baltasar Brum, un presidente que se pegó un tiro convencido que una dictadura por su acción duraría menos; el de Julio César Grauert asesinado por los golpistas en el 33; de Wilson Ferreira y su reforma agraria.

El Uruguay de la resistencia al fascismo cívico militar, con su Convergencia Democrática y su Concertación. El Uruguay con su Central Única de Trabajadores. El Uruguay de Seregni, Zelmar, Arismendi, Quijano, Carnelli, Bonavita, Juan Pablo Terra, Cardoso, Héctor Rodríguez y tantos más reconocidos y anónimos.

El Uruguay, la tierra en la que -aunque se lo quiera negar- cualquier ciudadano goza de plenas libertades; que es libre de expresarse como le plazca y dice lo que piensa y se manifiesta por lo que entienda deba hacerlo. El Uruguay reconocido por sus artes y sus letras, con su Delmira y su Juana, con Benedetti y Galeano; el de Figari y Fabini, el de Viglietti y Zitarrosa. El Uruguay con su civismo laico con respeto absoluto a todas las formas religiosas, culturales y de ideas.

El Uruguay, el país que llevó a los niveles más bajos de su historia la mortalidad infantil; el que operó a 90.000 personas devolviéndoles la vista que habían perdido para siempre; el que alfabetizó digitalmente haciendo que los niños y los jóvenes que viven en su tierra tuvieran acceso a una computadora sin distinción de clase alguna; el de los hospitales y la salud pública digna y de calidad; el de las maestras con vocación «vareliana»; el de los consejos de salarios de Amézaga; el de la obra pública y el pionero de la seguridad social.

Todo eso es Uruguay.

Quien escribe esto no lo hace desde la tranquilidad de haber nacido y crecido en la comodidad o en el confort. Soy hijo de trabajadores. Bisnieto de inmigrantes, italianos y aragoneses, zapateros y campesinos. No vengo de clase acomodada alguna. Lo que he logrado lo he hecho con esfuerzo y tesón sobre todo esto último.

Por estos días se cumplirá un nuevo año de la pérdida de mi hermano menor; se me cayó en plena juventud el mundo por el que había soñado y por el que desde retoño luchaba por él. Perdí la elección que nunca quise perder pues sentí que se perdía no una consulta, si no el alma, como fue el «voto verde» aquel 16 de abril de 1989. Y aquí estoy y hablo por mí pero más y créanme que mucho más por los que tienen menos en mi patria.

Yo estoy preparado si la derecha viene y pretende arrasar con las conquistas restauradas todos estos años, digo bien, restauradas porque es cierto que el Frente Amplio no hizo otra cosa que reivindicar el Uruguay que construyeron nuestros antepasados, ni más ni menos que eso. Le devolvimos el espíritu y la dignidad a la gente. Basta ver el pasado gris de los 90.

Sin embargo debo reconocer que parecería que el vocablo -que en este caso es un concepto hegemónico profundo- es «el cambio», nos dicen una y mil veces «hay que cambiar», parecería ser esta la consigna, sin analizar que quienes lo dicen ya han actuado en la política nacional. Aún así, el pueblo no es culpable, porque el pueblo nunca es el problema, el pueblo siempre es la solución.

En esta prosa mezcla de alegato y narración, digo que sigo pensando que a pesar de errores, en algunos casos imperdonables, a pesar de oportunistas que tendrán que rendirle cuenta a la historia, yo me quedo -y lo digo con mi máxima convicción- con el Uruguay que sigue latiendo, porque lo hace sobre los huesos de Chavez Sosa; Fernando Miranda; el maestro Julio Castro; Ricardo Blanco y Eduardo Bleier.

Por ellos sé que nada es demasiado.

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1 comentario
  1. elcacho dice
    Brillante. Claro. Ejemplar. Gracias por sus comentarios.

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