#OpiniónMates

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Hay mates de pobre, peladitos, sin ningún ornamento, lustrosos de tanto manoseo fraterno. Hay mates carcelarios, tatuados por los presos, quienes, con todo el tiempo del mundo por delante, los adornan con raras figuras escapadas de su fantasía, con escudos de la patria y letras de barroco trazado.

Hay mates de estanciero rico, con anchas bocas retobada de oro y plata, rematadas por bombillas de lujo, tan ostentosas como los tiradores y cabezadas de recado que proclaman, merced a la profusión de metales nobles, las excelencias sociales del status.

Otros mates de lujo lucían presuntuosos y macizos vientres de plata pura, sostenidos por un pie gentil, y llenos de sellos áureos, de iniciales entrelazadas, de opulentas flores y animales mitológicos.

Hay, o había, recipientes de factura europea, modelados en fina porcelana vienesa, con pajaritos y angelotes pintados en su barriga frágil. Eran los artísticos emblemas de las doñas del patriciado y herederos de los coloniales, aquellos que cebaban y azucaraban las negras solícitas y las señoras bebían con morigerado empaque, entre puntada y nudo, mientras volteaban los títeres femeninos de la vecindad con palos de mujer, que son más pesados aun que los palos de ciego.

Y hay, para terminar con este apresurado inventario, mates bastardos, indignos siquiera de mención por un matero de ley. A estos mates así se les llama solamente por la yerba y la bombilla, pues se beben en vasos de vidrio, insípidos, bocones, sin paredes curadas, sin solera ni tradición.

Esta es la filosofía, o mejor, mi filosofía del mate amargo. Que el lector, si es matero, la compare con la suya. Y que junto con muchas otras se integre al sistema de la teoría del mate, quizá no tan estimable como su práctica cotidiana pero igualmente legítima y valiosa.

Extraído de «Filosofía del Mate Amargo»

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