Archivos del exilio (2)Mataron a San Romero

El 23 de marzo del 80, yo en Washington, mis viejos en Londres, escuchábamos por Radio Nederland (honda Corte) la homilía de Mons. Romero desde la Catedral de San Salvador. No existían celulares ni internet. Lo moderno era la honda corta. «Les ruego, les suplico…» (así era de sencillo) Luego, cuando se trataba de defender a su pueblo sacó la investidura: «En el nombre de Dios les digo: Dejen de Matar.» Mamá llamó enseguida, «Juancito lo van a matar.»

Y así fue. Al día siguiente, en la capilla frente a su modesto hogar, sicarios lo mataron. Sobre ese momento escribe Mons. Casaldáliga, cuyo compromiso con los pueblos originarios le hicieron ganar el título de Obispo de Amerindia, en su célebre poesía: «El ángel del Señor anunció en la víspera… El corazón de El Salvador marcaba: 24 de marzo y de agonía.»

Otra vez llama mamá para darme la noticia. Salí corriendo por la calle 16 llorando, corrí y corrí hasta la calle Lamont. Siempre corriendo, siempre llorando llegué a «Tabor House». El rincón de Romero en Washington. Era una comunidad de base que fue mi primer domicilio cuando cuatro años antes había llegado a Estados Unidos, tras la muerte de Zelmar y el Toba.

Peter Hinde -que murió este año con 99 de edad- cura obrero Carmelita y la Hermana Campbell a quien simplemente llamábamos Betty, me apretaron en un fuerte abrazo. Creo que también lloraba. También estaba Spilke, Michael… un joven que con una guitarra, entonó sus últimas palabras. Con los años, se tornó en una popular canción. Celebramos ¿Una Misa? un encuentro con Pan y Vino. Si, creo que era una Misa. Muy informal, pero Misa.

En el año 78, la Universidad de Georgetown, una de las más importantes de EEUU y con sede en Washington, le había dado un Doctorado Honoris Causa al Arzobispo Oscar Arnulfo Romero. El sabía que eso daría visibilidad, al baño de sangre, al que diariamente sometían a su pueblo. Pero quería estar siempre junto a los suyos. Entonces, raro, la Universidad decidió viajar a San Salvador y darle allí el título.

Por entonces yo trabajaba en la WOLA, organismo de derechos humanos en América Latina, pero también como corresponsal de Canal 13 de México. Me pidieron que cubriera la ceremonia. Joe Eldridge y Heather Foote, Director y responsable de El Salvador en WOLA me habían hablado tanto de él. Me iba a perder de conocerlo. Pero mi amigo de la vida Diego Achard, Gerente de Noticias del canal, me manda un pasaje y cámaras a San Salvador para que lo cubra igual.

Así lo conocí el 14 de febrero. La austera ceremonia fue seguida de un agasajo en el atrio de la Catedral para los que venían del Exterior. Me cautivó su sencillez y modestia. Contaba que, formado en Roma desde muy pequeño, había regresado a su Patria a una pequeña población: Anamorós. Allí, decía «los pobres (le)reconvirtieron y me enseñaron a leer el Evangelio.» El agape fue corto, me preparé para buscar un hotel.

Pero me detuvo, le había hecho un reportaje y habíamos apenas intercambiado algunas frases. «Te gusta contar cuentos y bromas,» me dijo, «pero no puedes ocultar el dolor que te embarga.» Le dije que tras los crímenes de Buenos Aires, no había podido llorar. De hecho hasta hoy solo lo hice, dos años después con su muerte.

«Yo cuando lloro procuro estar solo, aveces voy al huerto, donde nadie me vea.» Me ofrecido llevarme en su camioneta marrón. «te imaginas que no vivo en ese palacete.» Le pedí que me recomendara un hotelito. «Ah no tu te vienes a dormir a casa.» Sentí que nos conocíamos de toda la vida. Se fue la hora. Me contó que iba a hacer un año que su secretario, amigo y confesor el Padre Rutilio Grande, había sido asesinado. Creo que no pegamos un ojo.

Al otro día, me llevó al aeropuerto. Desde entonces fuera donde fuera, siempre hacía escala en El Salvador. Vivía en la casita de servicio de un Hospital de Cáncer Infantil. En frente, una modesta capilla donde al caer el sol, celebraba para las monjitas que cuidaban de los niños. Yo dormía en el sofá del modesto estar. Una noche interrumpió una mujer sin comida para los hijos. Le cocinó y llevó a su casa. Tenía, foto de Paulo VI, en su mesa de luz. Cambio el Papa, el retrato no. Le había ayudado mucho.

En una visita le acompañé a sus caminatas por las poblaciones, a escuchar a mujeres, niños y campesinos. Lucía una sotana blanca, para hacer llevadero el calor de sus largas jornadas. Estando en Washington escuchaba sus homilías por radio. Será por eso, que todos los videos que hoy podemos ver, siempre a su lado vemos un monaguillo con un tubo de teléfono en la mano.

En octubre del 79, supimos que había escrito una carta a la Conferencia Episcopal de EEUU pidiendo que apoyaran el trabajo de la WOLA, donde yo trabajaba. No hace tanto, de visita a Washington Joy Olson a la sazón directora de WOLA, me regaló una fotocopia. Estaba fechada el 4 de octubre.

En el ochenta, yo ya no estaba en WOLA, ya organizábamos el lanzamiento de la Convergencia Democrática en Uruguay. Pasamos por San Salvador a invitarlo al acto inaugural. Sabía que no iría, pero era el modo de que nos mandara un saludo. Pero lo mataron antes. Me llevó, una vez más, al aeropuerto. «A lo mejor no te traigo más. Te pongo en peligro.» No lo volví a ver con vida.

En mayo de 2015 me avisan de la Nunciatura en Uruguay que hay algo para mi. Era una invitación del Papa Francisco, a quien había conocido como cardenal en Argentina, siendo yo Embajador, para ir a San Salvador a su beatificación. Allí estuve. La noche antes de la ceremonia llovió mucho. Con amigos salvadoreños, nos sentamos en un modesto bar. Horas y horas y horas, viendo campesinos y campesinas de todo el Salvador llegando de a pie.

Al otro día estaba a metros del altar en un palco. Cuando según la tradición acercan una reliquia del nuevo beato, pasó frente a mi su camisa ensangrentada. No fui a la canonización en Roma. Preferí ir a la Parroquia que en Uruguay llevaría su nombre. Desde entonces, aunque es lejos de casa, voy todos los domingos. No dudo que si no fuera creyente iría igual. Todos necesitamos un nido espiritual. San Romero de América, me lo dio.

Puede leer la primera parte aquí: Rienda suelta a la Memoria

2 Comentarios
  1. corsariosalgari dice
    Jamás se investigó el asesinato del arzobispo Arnulfo Romero. El Papa Juan Pablo II, cuando recibió de parte de Romero las denuncias de las violaciones a los Derechos Humanos por parte de la dictadura salvadoreña, hizo oídos sordos y le dijo que se dedicara sólo a la religión. No formuló reclamo o denuncia alguna por el crimen.
  2. Pablo dice
    Muy buena nota de privilegiada experiencia. Felicitaciones!,,

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