Los riesgos del 19

Año con año, el Foro Económico Mundial publica un Informe de Riesgos Globales, que nos pone al tanto de los problemas de la globalización en la perspectiva de las grandes corporaciones transnacionales y su entorno político.

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En 2019, el Informe advierte que «los riesgos globales se están intensificando, pero la voluntad colectiva para hacerles frente es al parecer insuficiente».

Esta advertencia puede entenderse en dos planos. El más visible se refiere al deterioro del sistema de gestión del proceso de globalización que ha venido forjándose a partir de la creación de la Organización Mundial de Comercio en 1995 -y de la cultura y las normas correspondientes a ese sistema.

El otro expresa la agudización de diferencias entre sectores corporativos antagónicos -como los de la energía y las tecnologías de la información-, y de una política financiera que privilegia la especulación sobre la inversión productiva.

En todo caso, los riesgos a que alude el Informe no son la causa del deterioro del sistema global, sino la más evidente de sus consecuencias. Esto resulta notorio en una capacidad decreciente del sistema para procesar sus propias contradicciones, agudizada, dice el Informe, por políticas encaminadas a incrementar el control de sus distintos segmentos, desde Estados nacionales hasta organismos multilaterales. Con ello, la energía que se invierte en las disputas generadas por esas políticas puede «debilitar las respuestas colectivas a los nuevos desafíos globales.»

Los riesgos globales más urgentes en los planos geopolítico y geoeconómico surgen del incremento de las tensiones entre las principales potencias de un mundo, que evoluciona hacia una fase de divergencia tras «un período de globalización que alteró profundamente la economía política global.»

Así, en lo geoeconómico la intensificación de «los vientos en contra de la economía global», se combina -según el Fondo Monetario Internacional- con la tendencia «a una desaceleración gradual en los próximos años» y con «la carga de la deuda global», ubicada «en torno al 225% del PIB», mientras en lo geopolítico prima ya un entorno de creciente dificultad para «avanzar colectivamente en otros desafíos globales, que van desde la protección del medio ambiente hasta la respuesta a los desafíos éticos de la Cuarta Revolución Industrial.»

La expresión combinada más evidente de ese proceso de deterioro lo revela la renuncia del gobierno de los Estados Unidos a cualquier pretensión de liderazgo global, al optar por la confrontación abierta en todos los planos del sistema global, creando una creciente amenaza a la consolidación de éste en una etapa aún temprana de su desarrollo.

No es de extrañar que, en ese entorno, los riesgos ambientales se incrementen, mientras la política ambiental global tiende a estancarse y aun a retroceder a partir de la decisión norteamericana de retirarse de los Acuerdos de París sobre este tema, hace tres años ya.

Al respecto, además de múltiples referencias al cambio climático, el Informe resalta el ritmo acelerado de pérdida de biodiversidad, que ha reducido la abundancia de especies «en un 60% desde 1970.» Esto, agrega, tiene un impacto negativo en la cadena alimenticia humana, la salud y el desarrollo socioeconómico, «con implicaciones para el bienestar, la productividad e incluso la seguridad regional.»

Por su parte la tecnología -el ícono más visible del proceso de globalización- «sigue desempeñando una función fundamental en la configuración del panorama global de riesgos.» A las preocupaciones del fraude de datos y los ataques cibernéticos se suman ahora los riesgos asociados con las noticias falsas, el robo de identidad, la pérdida de la privacidad de las sociedades y los gobiernos, las filtraciones masivas de datos y los usos potenciales de la inteligencia artificial para diseñar ciberataques más potentes contra infraestructuras críticas.

Se trata, como puede apreciarse, de riesgos que apuntan directamente a la circulación del capital en el mercado mundial, y al control político de sociedades completas por medios que van, desde el control de la vida de los ciudadanos hasta la manipulación constante de la información y los procesos electorales. Por otra parte, resulta sintomático que el Informe destaque, en este panorama, lo que llama «el lado humano de los riesgos globales». «Para muchas personas,» dice, «este es un mundo cada vez más ansioso, infeliz y solitario, en el cual los problemas de salud mental afectan actualmente a unos 700 millones de personas. Las complejas transformaciones sociales, tecnológicas y laborales, causan un profundo impacto en las experiencias de vida de las personas. Un tema común es el estrés psicológico relacionado con un sentimiento de falta de control frente a la incertidumbre. Estas cuestiones merecen más atención: la disminución del bienestar psicológico y emocional es un riesgo en sí mismo, y también afecta al panorama global más amplio de los riesgos, especialmente a través de los impactos sobre la cohesión social y la política.

Otro factor de incertidumbre se relaciona con los patógenos biológicos. Aumenta el riesgo, dice el Informe, de que se produzca «un brote devastador de forma natural,» mientras «las tecnologías emergentes están facilitando cada vez más la fabricación y liberación de nuevas amenazas biológicas». Por otra parte, las nuevas biotecnologías revolucionarias «prometen avances milagrosos, pero también crean enormes desafíos de supervisión y control, como lo demuestran las afirmaciones de 2018 de que se habían creado los primeros bebés modificados genéticamente en el mundo.»

Por último, el Informe se refiere al vínculo entre la rapidez del crecimiento urbano y los efectos del cambio climático, que incrementa el número de personas potencialmente vulnerables al aumento del nivel del mar. Para 2050, dice, se espera que dos tercios de la población mundial vivan en áreas urbanas, incluyendo 800 millones de personas en más de 570 ciudades costeras vulnerables a un aumento del nivel del mar de 0,5 metros.

«En un círculo vicioso,» agrega, «la urbanización no sólo concentra a las personas y a las propiedades en zonas potencialmente dañadas y perturbadas, sino que también exacerba esos riesgos, por ejemplo, destruyendo las fuentes naturales de resiliencia, como los manglares costeros, y aumentando la presión sobre las reservas de agua subterránea», todo lo cual «hará que una cantidad cada vez mayor de tierra sea inhabitable.»

La conclusión, para nosotros, tendría que ser evidente. El riesgo mayor para nuestras sociedades consiste en el alineamiento de hecho con el polo más regresivo de esta confrontación global. Ese riesgo no surge del restablecimiento explícito de la llamada Doctrina Monroe, que desde su formulación en 1823 -y sintetizada en la frase «América para los (norte) americanos»- ha regido las relaciones de la otra América con la nuestra: lo produce la disposición de hacer suya esa doctrina -entusiasta en el peor de los casos, fatalista en el mejor- que, salvo honrosas excepciones, ha venido a caracterizar a la mayor parte de los gobiernos de nuestra América.

Vivimos una circunstancia en la que -para decirlo con José Martí- vuelven a abundar entre nosotros aldeanos vanidosos que dan por bueno «el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos.» En una circunstancia tal, nuestro deber mayor es contribuir a restaurar el equilibrio del mundo, trascendiendo las reglas creadas para un orden en descomposición para avanzar hacia otro que haga causa común con los oprimidos «para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores.»

A los trabajadores intelectuales de nuestra América nos ha tocado la circunstancia excepcional de poder contribuir a la creación de una cultura y una política nuevas. Aquí no hay lugar para la desesperanza: hacer causa común con los oprimidos es hacerla con sus luchas, dando forma y contribuyendo a orientar el proyecto de creación de un mundo nuevo que alienta en su creciente movilización por objetivos de vida buena y prosperidad equitativa y sostenible, que no tienen cabida en el mundo viejo cuya crisis engendra los riesgos que amenazan a nuestra gente y a la Humanidad entera.

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