editorialLos 102 años del PDC

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Hoy, a la hora 21 en el cine Plaza, el Partido Demócrata Cristiano festeja los 50 años de su creación. Una parte no menor de la historia del Uruguay se pone así nuevamente en escena.

Por alguna razón, los democristianos han elegido festejar el congreso de 1962, cuando se decidió un cambio de dirección, de línea política y de nombre. Fue, sin dudas un parteaguas, pero ese era un congreso de la Unión Cívica, que existía desde 1910. Y es una lástima que no reivindiquen los 52 años anteriores, porque nos dejan a todos los uruguayos sin parte de la explicación de nuestro sistema político.

A pocos años de existir el país, tras pujas por el poder, se formaron dos bandos que terminaron por representar vagamente concepciones, o al menos sentimientos diversos. Pudieron llamarse blancos y colorados o conservadores y nacionalistas, pero terminaron siendo indistinguibles desde el punto de vista programático aunque con fuerte infusión de valor emocional, luego de 70 años de matanzas. Otros partidos, con fines coyunturales o con idea de superar la división, resultaron efímeros. En 1910, debido a que los nacionalistas no intervenían, tomaron estatuto de lema electoral el Partido Socialista (desde 1905 Centro Carlos Marx) y la Unión Cívica (desde fecha similar existía como división de la Unión Católica en uniones Cívica, Social y Económica). Había nacido la división del sistema político uruguayo en dos campos: los “partidos tradicionales” y los “partidos de ideas”.

Una década después, la mayoría del Partido Socialista resolvió cambiar el nombre a Comunista para unirse al partido de Lenin, y la minoría reconstruyó un Partido Socialista que reivindica su historia anterior. Lo hace hoy, a pesar de que también en 1962 tuvo un cambio de línea fundamental al reconocer el leninismo.

Es cierto que la Unión Cívica fue un partido de defensa de la Iglesia en momentos de ataques, que su programa no iba más lejos del combate a los vicios sociales y que sus dirigentes eran muy conservadores –como era la Iglesia del momento-. En 1962 Juan Pablo Terra lideró un movimiento triunfante que dotó al partido de un contenido progresista (el nuevo logo era una flecha apuntando hacia arriba) aplicable a nuestra realidad. Los ejemplos de Italia y Chile lo inspiraron. Pero no habría podido construir nada sin la base de un “partido de ideas”. La década del 60 impulsó la convergencia del progresismo hasta que el PDC fue un impulsor del Frente Amplio. Una situación extraña y que conllevó tensiones que por dos veces lo impulsaron a dar un paso al costado. Pero no cabe imaginar hoy a todo nuestro sistema político ni a su principal partido, sin el PDC del 71, sin el viraje del 62 y, antes, sin la creación misma del concepto de “partidos de ideas”.

Y eso es para festejar.

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