#OpiniónLas lecciones de la Segunda Guerra Mundial

0 164

El 1º de septiembre es una de las fechas más trágicas de la historia mundial. Este día, precisamente hace 80 años, comenzó la guerra más devastadora sufrida por la humanidad. Duró 6 años, abarcó el territorio de 40 países, tuvo 61 países como participantes o el 80% de la población mundial, y dejó cerca de 70 millones de muertos.

El número de víctimas superó cinco veces las estadísticas de la Primera Guerra Mundial, mientras que el daño material fue once veces más grande. Los gastos militares totales fueron de 4 billones de dólares estadounidenses.

Aunque la Unión Soviética entró en la Guerra dos años más tarde, el 22 de junio de 1941, fue nuestro país el que sufrió el golpe principal. Para nosotros, los actuales sucesores derechohabientes de la URSS, se convirtió en la Gran Guerra Patria, porque todos los pueblos del país contribuyeron con su mayor esfuerzo para alcanzar la victoria, manifestando su heroísmo, valentía sin precedentes y sacrifico en aras de paz, libertad y justicia.

El precio de la victoria fue terrible. Tanto en los campos de batalla, como en los campos de concentración, los terrenos ocupados, el asedio del Leningrado y en la retaguardia, murieron casi 27 mil millones de personas. Fue arruinado un tercio de las riquezas nacionales del país, se destruyeron 1.710 ciudades, más de 70 mil poblaciones, innumerables plantas, fábricas y miles de kilómetros de ferrovías.

La disminución de la totalidad de la población masculina alteró el equilibrio demográfico del país en varias generaciones. El daño causado por la destrucción directa de los valores materiales en el territorio de la URSS equivalía a casi el 41% de las pérdidas de todos los países que participaron en la guerra.

Y hoy, en el día del duelo por los acontecimientos de aquella época no podemos dejar de rendir homenaje a los caídos, pasar por alto las páginas trágicas de nuestra historia común ni dejar de recordar unos a otros de su significado y sus lecciones.

La lección más importante consistiría en que por esta experiencia tan excepcional y dramática sabemos que ante una amenaza común todos los países y pueblos, independientemente de sus desacuerdos políticos e ideológicos, resentimientos y discrepancias, pueden permanecer unidos y resistir contra un enemigo común. Hoy, en nuestro mundo fragmentado y tan dividido, con varias líneas de confrontación, cuando existen múltiples amenazas comunes, aprender esta lección parece de suma importancia.

Sabemos muy bien que los esfuerzos unificados de los países miembros de la coalición anti-Hitler hicieron posible la victoria. Es innegable el reconocimiento de la contribución de nuestros aliados -Estados Unidos y Gran Bretaña- que abrieron el segundo frente el 6 de junio de 1944 en la Europa Occidental y que prestaron a nuestro país una asistencia considerable en forma de suministros de mercancías con el volumen total de 16,6 mil millones de toneladas que variaban desde alimentos hasta equipos militares. El pueblo ruso siempre estará agradecido por la solidaridad, que mostraron los socios occidentales de la fraternidad bélica de aquellos años.

Pero también siempre vamos a recordar la irrecuperable carga de la lucha que soportó el pueblo soviético. Durante casi cuatro años el frente soviético -alemán atrajo la mayor parte de los contingentes y las capacidades de Alemania nazista- el 72% de su totalidad. Un total de 607 divisiones del agresor fueron destrozadas en el frente oriental contra 269 divisiones en el escenario occidental de la guerra. Las pérdidas de Alemania y sus aliados en el frente soviético-alemán alcanzaron 7,8 millones de personas, más de 75% de armas y técnica militar, que es cuatro veces más que en los escenarios de la guerra en Europa Occidental y el Mediterráneo conjuntos.

Fue en el Frente Oriental donde fueron diezmadas las bases materiales e infraestructurales del Tercer Reich, lo que lo convirtió en el frente principal y decisivo de la lucha contra el nazismo.

Y existe una segunda lección, que siempre se quedará en la historia, independientemente de las tendencias políticas y los enfoques ideológicos del tiempo cambiante.

Liberando otros países y naciones del nacismo solamente en los combates en Europa el ejército soviético perdió más de un millón de vidas humanas, entre ellos (en miles de personas) 600,2 en Polonia, 139,9 en Checoslovaquia, 140 en Hungría, 102 en Alemania, 69 en Rumania, 26 en Austria, 8 en Yugoslavia, 67,1 en Estonia, 130,2 en Letonia, 137,2en Lituania, 18,7 en Moldavia, 994,4 en Ucrania, 2136 en Bielorrusia.

Centenares de millares de soldados soviéticos están enterrados en el suelo europeo. Durante la liberación de la China del Noreste y el norte de la península de Corea fallecieron 12 mil personas más. Mucho de lo logrado hoy por países europeos y asiáticos descansa sobre las vidas de los soviéticos.

Por muy trágica que haya sido la guerra enriqueció la historia con la experiencia de la cooperación internacional de diferentes estados. La victoria marcó el punto de inflexión del desarrollo social en el mundo, estableció las bases para los cambios profundos en posiciones de poderes sociales y nacionales en la palestra internacional. Creó antecedentes para la reconstrucción del mundo en forma democrática y para la renovación social.

Reafirmó la vitalidad de las tendencias progresistas del siglo XX, de las aspiraciones de los pueblos a tener un orden social más justo y seguro. El esbozo de dichas tendencias fue la Organización de las Naciones Unidas nacida por el espíritu de la victoria, representando la determinación de todos los pueblos a accionar juntos en el arreglo del destino del mundo. Desgraciadamente, no todas las esperanzas lograron cumplirse. El mundo vuelve a vivir tiempos difíciles de división. A lo mejor valdría la pena mirar hacia atrás, para no perder las oportunidades que permanecen en pie.

La guerra quemó con dolor y sangre los corazones y las almas del pueblo soviético. Casi ninguna familia escapó de su efecto. Mi padre y mi suegro participaron en la guerra, atravesaron los crisoles de las batalles más crudas -la Batalla de Kursk o la Operación Ciudadela, la Ofensiva de Jassy-Kishinev entre otros. Mi padre terminó la guerra en Bulgaria, mi suegro, en Polonia. Recibieron numerosas lesiones y medallas de guerra. Para mi esposa y yo la memoria de aquellos años es inolvidable, como una parte de nosotros mismos y nuestras propias vidas.

Hoy, en el 80º aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial, bajemos nuestras cabezas frente a los héroes, y repasando su historia, somos plenamente conscientes de que la comprensión sobre ella es la elección del camino hacia el futuro. Y esto debe ser la tercera lección para nosotros.

También podría gustarte

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.