ZELMAR, el TOBA y WILSONLas horas después del velatorio

El 17 de mayo (1976) a las 11:15 se llevaron el féretro del Toba de casa de su familia. El vapor de Carrera llevaría los restos de ambos a Montevideo, donde serían recibidos con tristeza y rebeldía en la gente y soberbia represiva del dictador Bordaberry.

Nos habíamos despedido a primera hora de los Michelini. Y en el departamento de la familia del Toba quedamos solos: mamá, papá y yo. En eso entra Philipe Labreveux, corresponsal de Le Monde Diplomatique, que nos había acompañado toda la noche.

El periodista Francés se llevó a papá en el baúl de su auto, estacionado en el -edificio. Lo dejó en la residencia del representante de ONU, el boliviano Hugo Navajas. Como funcionario diplomático tenía inmunidad, pero no podía conceder asilo. Allí quedó papá, esperando que yo le fuera a buscar con un embajador. Ernesto Berro Hontou (con un coraje a prueba de todo) llegó a lo de Toba. Vaciló si debía ingresar.

La puerta estaba entornada. Vio pasar a mamá y entró. Allí nos encontró a ella y a mí. Solos. Lo acompañaba otro valiente, Horacio Terra. En su relato en el (reportaje que le hicimos con Luis Vignolo para nuestro último libro) cuenta que sentía la desolación. Un «no saber qué hacer». (ídem) Entonces fue hasta el teléfono y encontró algunos números escritos con mi letra. Entre ellos el del embajador de Austria. No dijo nada y fue hasta allí. Sin llamarlo antes, por seguridad.

Mientras Horacio Terra trataba de distraernos y darnos fuerza, Tito llega a la Embajada. Allí se anuncia como «el secretario político de Wilson Ferreira». El embajador lo recibe de inmediato y le dice que ha procurado encontrarnos y no sabe dónde estamos. El diplomático Peter Müller va hacia allí de inmediato. Tito le sigue en un taxi por seguridad.

Todo fue en unos pocos minutos, llega, me despido de mamá, Horacio y de Tito, llegando, les digo que enseguida vuelvo y me subo al auto con el embajador. Allí ellos me hacen una señal de que no voy a volver. Nos dirigimos a lo de Navajas. En la esquina un comando militar pretende impedir el paso. El embajador Müller se identifica y pretenden impedir que lleguemos a su casa. Le da asueto a su chofer. Toma el volante, pone primera y avanzamos. El cerco militar se abre como las aguas del Mar Rojo ante Moisés.

Papá y Hugo nos reciben tratando de disimular el nerviosismo. El viejo se emociona mucho al despedirse de Navajas. Y este lo detiene un par de minutos. Dice «Sr. embajador, querido Wilson, les tengo que pedir un favor, no para mí, para un compatriota. El expresidente Gral. Torres está exiliado acá, por favor llévenlo con ustedes». El embajador responde que los invitados de Wilson son sus invitados. Llegamos a su casa poco antes de las 14:00 horas.

Hay que entender que no había celulares, y muy pocos teléfonos. Y malos. Nos recibió con sorpresa, estaba almorzando todavía. Le rogamos que viniera con nosotros pero apenas meditó antes de responder: «Ustedes están haciendo lo correcto. Pero yo no tengo por qué. No me van a tocar porque soy militar». Una vez que llegamos a Europa, nos sorprende en medio de una conferencia de prensa, una esquela: «Cuerpo del Gral. Torres hallado acribillado a tiros bajo un puente». En lo que me quede de vida la duda seguirá viva: «¿Qué nos faltó decirle para convencerle?».

Entrados a la Embajada nos pusimos de acuerdo en medidas de seguridad básicas. No asomarnos al balcón, o a una ventana. Pero mi padre recibía llamadas de mamá con el seudónimo de «Juan Canale» (Testimonio de mi madre en el Libro de Di Candia pág. 155). En el primer llamado papá le pide: «pasá todas las mañanas, frente a la Embajada, a las 11 caminando como si nada». Así lo hizo con una «chismosa» con compras como una vecina más. También Alfonsín nos llamó usando el seudónimo convenido con mamá.

Diez minutos antes papá se empezaba a acercar a la ventana. La veíamos pasar, y eso nos daba fuerzas para aguantar un día más. Pasé los días de convivencia más intensa con él. Se mezclaba la relación militante asilado con su líder con la relación padre e hijo. No pude llorar. Nunca más de tristeza, hasta hoy. Pero me llenaba de orgullo ver llorar a mi padre. Hasta que el 28 de mayo el embajador llegó con el «Jefe de Seguridad del Estado» y un salvoconducto para salir de Argentina». Herido, como nunca, Wilson no desperdició modo de increpar al jerarca presente. «Vine a velar por la seguridad de la partida», dijo el militar. «El embajador me protege de usted porque fueron ustedes los que mataron a mis amigos», dijo Wilson.

Y salimos al aeropuerto. Allí se las arreglaron para llegar al salón donde esperábamos: mi madre con mi hermano; mis tíos Juan y Martita, junto a Cacho López Balestra. Mamá nos cuenta que fue a buscar ropa de papá a lo de Navajas y que su departamento había sido allanado… Al representante de la ONU lo dimos por muerto.

El trayecto al avión nos deparaba un par de sorpresas más: ver a Hugo Navajas vivo embarcarse a Bolivia. Fuimos hasta el avión rodeados por una custodia militar asfixiante. Sin embargo, un trabajador rompió el cerco. Abrazó a Wilson y le dijo: «Perdónenos, los argentinos no tenemos la culpa.» A bordo papá me recuerda: «Nunca sabremos quién era, ni qué fue de su vida, si es que se la respetan». El embajador quedó a bordo hasta el cierre de las puertas de la nave.

A bordo, todos los mimos al alma imaginables. Por el parlante junto a los anuncios de rutina escuchamos junto a la altitud de vuelo, etc: «Air France y su tripulación dan al Sr. Wilson Ferreira Aldunate y su hijo Juan Raúl la bienvenida a la libertad». El nudo a la garganta llegó antes de que los pasajeros hicieran resonar un aplauso.

Llegamos a París a las 10 de la mañana hora local. Mamá se uniría a nosotros días más tarde, había ido a Montevideo a «despedirse de su madre, mi abuela Tatina. Sabía que no la volvería a ver. De noche, ya agotados, habíamos llevado a nuestro cuarto del Hotel Taranne, pan, fiambre y queso. Se presenta en la recepción un argentino que, en su condición de tal, nos invitó a cenar a su casa. Bajamos y el argentino nos dijo: «Vi por TV lo que les pasó en mi país. Quiero que vengan a comer a casa». Era Atahualpa Yupanqui. Papá hasta le hizo cantar «Los Ejes de mi Carreta.» Una cosa son los dictadores, otra, sus pueblos.

De regreso, yo creo, no recuerdo bien, que caí dormido. Como una piedra, supongo. Papá, lo supe más de 30 años después de muerto, no se duerme. Se pone a escribir una carta. A su viejo maestro Carlos Quijano. Llegó a mis manos tras la citada investigación con Vignolo, en el Archivo General de la Nación en la Caja de Carlos Quijano. En la misma le pone al viejo maestro que yo estoy a su lado y le mando saludos.

¿Por qué esa carta la primera noche lejos de la Argentina, donde quedaba atrás el mes más trágico de nuestra vida? Por los uruguayos de a pie que habían quedado desprotegidos en Buenos Aires. «Al salir de Buenos Aires, me impresionó qué difícil -hasta imposible- resulta acceder a una embajada (…).Hoy andan en Buenos Aires varios centenares de uruguayos desamparados que corren peligro. Hay que plantear el caso públicamente para ayudarlos». Esa fue la primera noche de una nueva etapa.

3 Comentarios
  1. […]  0    […]
  2. JOSE MIGUEL FERNANDEZ ABADIA dice
    MEMORIA VERDAD JUSTICIA `HONOR A LOS CAIDOS EN LA LUCHA . SIEMPRE.
  3. Napo dice
    GOZAN de buena salud. HLVS

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