La tortura de trabajar filtrando contenidos de Internet

Miles de personas de todo el mundo trabajan diariamente filtrando los contenidos violentos y traumatizantes que se publican en las redes sociales.

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En los albores de su nacimiento, Internet prometía ser la respuesta a los problemas de la interconexión humana, la solución a todo ruido que pueda interponerse en la comunicación entre mentes, corazones y culturas diferentes.

Las distancias se redujeron a un mínimo hasta desaparecer, la libertad de expresión explotó en pantallas en todas las sociedades y escaló dentro de los temas de discusión más importantes, y la información interpersonal se volvió una mercancía a la vez que una amenaza.

Si lo que vemos en las redes sociales puede preocupar por la manipulación con fines políticos y económicos que puede hacerse de la opinión pública, lo que no vemos es muchísimo más preocupante. No sólo los contenidos que circulan en la denominada «deep web» (web profunda) escapan por lejos a la legalidad y a los estándares éticos de armonía social, sino que los contenidos que llegan a la superficie accesible para todos pasaron previamente por un riguroso filtro moral. Detrás de este filtro se encuentran personas denominadas «moderadores», que en su mayoría son jóvenes mal pagos cuya sensibilidad es explotada al máximo.

Traten de imaginarse lo peor que se puedan imaginar… bueno, la realidad es aún peor que eso. Videos de violaciones, violencia hacia niños y bebés, suicidios, maltrato animal, tráfico de drogas y armas, asesinatos y discursos de odio hacia minorías.

En el mundo donde reina la libertad de expresión, todo vale, todo se comparte. «Uno de los primeros videos que recuerdo haber visto fue cuando dos adolescentes agarraron una iguana por la cola y la estrellaron contra el pavimento mientras una tercera persona los filmaba», contó a la BBC Shawn Speagle, un joven que trabajó en 2018 como moderador de contenidos en línea para una compañía con contrato con Facebook llamada Cognizant. «La iguana gritaba y los niños simplemente no pararon hasta que la iguana quedó aplastada en el piso», continuó, «he visto a gente ponerle fuegos artificiales en la boca de un perro y cerrársela con cinta adhesiva. He visto videos de canibalismo, he visto videos de propaganda de terrorismo».

Aunque los que trabajan para este tipo de compañías suelen firmar un acuerdo de confidencialidad que les impide compartir los contenidos a los que se ven expuestos, muchos jóvenes como Shawn Speagle se están animando cada vez más a denunciar la violencia que se esconde en la letra chica de sus contratos de trabajo. Según Speagle, los contenidos de maltrato animal pasan por muchos menos filtros que los que involucran a seres humanos, y aún así en plataformas como Facebook muchos de estos últimos contenidos permanecen intactos. Y más allá de que la libertad de expresión simpatice con la presencia de publicaciones violentas dentro de estas redes, un trabajo que consiste en estar constantemente consumiendo esta violencia por el «bien común» de los consumidores está lejos de ser inocuo. «Sentí que era un zombie en mi asiento», comentó Speagle, «realmente te afecta porque no tengo ese síndrome de transeúnte, así que no me siento bien solo viendo ese sufrimiento y no contribuyendo de ninguna manera para evitarlo».

Mientras tanto, jóvenes como Shawn Speagle seguirán soportando violencias inimaginables a cambio de sueldos miserables y toda una colección de pesadillas. «Observar esas cosas 8 horas al día, 5 días a la semana es algo que incluso los veteranos y ex militares no pueden soportar», culminó Speagle.

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