#OpiniónLa regionalización como estrategia

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El modelo centralista sobre el que se construyó el país ya no tiene sentido (si es que alguna vez lo tuvo) y no permite avanzar ni en desarrollo, ni en construcción de mayores niveles de soberanía, ni en etapas superiores de integración regional. Sin construcción de mayores niveles de soberanía, de poder nacional, no podemos avanzar en mayores niveles de poder popular.

Considero por eso que la regionalización del país es un determinante estratégico que debemos acompañar e impulsar activa y militantemente.

Uruguay, tiene una larga trayectoria en esto de la conformación de sus regiones, que muchas veces tuvieron más que ver con la necesidad de acuerdos políticos y religiosos que con una visión estratégica sobre el asunto. Es una discusión que ha tenido marchas y contramarchas en nuestra historia, incluso antes de existir ser pensado como país.

Una de las miradas originales al respecto de las regiones en lo que hoy es el territorio uruguayo, la tuvo José Artigas. En su proyecto político, económico y filosófico (aún inconcluso); el territorio adquiría una validez en cuanto al desarrollo de la felicidad de los pueblos y de sus identidades. Además de una visión vinculada a las capacidades de ese extenso territorio que eran las provincias de la Liga Federal. El Reglamento de Tierras y el reglamento de derecho aduanero fueron de una gran relevancia para la configuración y disposición territorial de esta zona por aquellos tiempos.

Se crean 6 departamentos al sur del Rio Negro, con una visión de integración a la propuesta Federal, al tiempo que se toman las tierras de los “malos europeos y peores americanos”. Notorio entonces, que en Artigas la ordenación del territorio estaba íntimamente vinculada al desarrollo de las capacidades de lo/as ciudadano/as y a la construcción de soberanía. Eran intentos fuertes de construcción de Poder Nacional y popular (valga la redundancia en el contexto actual).

Luego, invasión portuguesa y los 33 orientales, declaratoria de la independencia, primeros años de la vida de Uruguay como país, generaron distintas visiones y definiciones al respecto, algunas que intencionalmente intentaron (y lograron) revertir aquellos postulados artiguistas. Otras que, esforzándose no pudieron ir contra la misma historia y naturaleza del desarrollo de la ya instalada República Oriental del Uruguay.

Otras divisiones regionales devinieron, consecuencias de la ramificación comunicacional terrestre que se fueron construyendo. El país estructurado para que el campo alimente a la capital y su puerto. A la vez que este entramado de rutas se relaciona directamente con Brasil (Rio grande) y Argentina (Bs As). Estas conexiones terrestres, que estructuran la regionalización práctica y cotidiana del país, se conjuga en los hechos con la señalética marítima a través de los distintos Faros en las costas. Así se fue gestando ese país que se nutría del campo al mismo tiempo que le daba la espalda al campo y lo rural. Generándose una deuda histórica con el interior que llega hasta hoy. Que apenas si es contrarrestada por la llegada de la electrificación a los poblados más pequeños, por la reglamentación de las 8 horas para los trabajadores rurales, etc.

La ganadería jugó un papel fundamental en nuestros orígenes. En términos de ordenamiento del territorio tuvo un fuerte impacto. Sobre todo a partir de la instalación de los primeros frigoríficos. No solo por el tipo de predio, su ubicación y características, sino además, por la necesidad de contar con caminos de salida de su producción, en su mayor parte hacia la exportación.

Decía alguien que la ante última tecnología aplicada a la ganadería había sido el alambramiento de los campos. Que tuvo mucho que ver con el desarrollo posterior de los frigoríficos, de la creciente instalación de “pueblos” o asentamientos en las cercanías a los emprendimientos ganaderos.

La mayor parte del reparto administrativo-político de nuestro país tuvo más que ver con repartos de poder al interior de la oligarquía, que con concepciones políticas de desarrollo productivo del país. Y este es elemento central por el cual hoy consideramos que la regionalización del país tiene un carácter estratégico. Cuando Pepe asumió la Presidencia, planteó la figura de coordinadores regionales, como impulso, que quedó trunco luego de críticas que vinieron desde los partidos tradicionales.

En 1830, el Uruguay tenía 9 departamentos. El paso a los 19 departamentos es necesario estudiarlo tranco a tranco. No fue solo la cantidad de caudillos locales que surgieron lo que llevó al desarrollo de nuevas divisiones administrativas. La falta de una estrategia clara de desarrollo como país, la ausencia de políticas nacionales claras de integración a la región y al mundo tuvo más peso. La oligarquía pudo ir resolviendo problemas de desorden interno repartiendo nuevas administraciones. Pero no tuvo nunca una estrategia clara de desarrollo. Siempre le sirvió a los poderosos del mundo en las estrategias que ellos tenían.

De todas formas nuestro país se configuró de esta forma, lo que a la larga con distintas reglamentaciones y legislaciones, resultó en una manera de distribución administrativa y política a nivel nacional.

Entre 1908 y la Constitución de 1934, se determina que los distintos departamentos tendrán un intendente y como órgano legislativo una Junta Departamental. Además de crear Juntas Locales en distintos lugares.

Es claro que en la estructuración territorial del país tuvo una influencia importante las vías férreas, como ya lo mencionamos, que comenzaron a sustituir al sistema de postas.

El desarrollo de barcas por el río Uruguay y el aumento de su navegabilidad, incluso más allá de Salto permitiendo otras conexiones, pueden servir hoy como plataformas interesantes para pensar otras formas de organización administrativo-políticos y geográficas en el país.

Hoy el país cuenta con un tremendo desarrollo de conectividad a partir de la fibra óptica y otras políticas que ha desarrollado el Ministerio de Industria y Antel, lo que permite una rápida y masiva posibilidad de intercambio de información, trámites y funcionamiento de organizaciones, públicas y privadas en distintos puntos del país.

Por otro lado, las leyes de descentralización, la de ordenamiento territorial y la de aguas permiten repensar la gestión de regiones en el país de una manera mucho más cercana a la población innovando en atajos necesarios y posibles ante delimitaciones jurídicas-administrativas existentes.

Otro motor de la regionalización es, sin duda UdelaR y la UTEC que permite acompañar y generar capacidades para el desarrollo en el interior del país.

La conformación de planes regionales es también una necesidad, siempre que pueda derribar comportamientos burocráticos, que muchas veces paralizan el beneficio de la población de algunos lugares de nuestro país. Esto tiene que ver con un marco concreto para que las regiones del país se piensen y planifiquen identificando beneficios y capacidades.

El área metropolitana como idea, propuesta y concepto precisa primero que nada “des-montevideanizarse”, es decir, asumir que es una región con un peso muy fuerte en el país, y a la vez con tremenda responsabilidad, vinculada a comprenderse como parte del país y a ser promotora de una regionalización que en términos generales le quitará protagonismo. Sin embargo, es parte de la deuda histórica que tenemos con el Interior. En este sentido el peso absoluto y simbólico que tiene Canelones es innegable y además de reconocerlo hay que promoverlo.

Consideramos que se deben seguir generando las condiciones para que surja una efectiva regionalización transversal y dinámica del país, que permita un desarrollo amplio y diseminado. Debemos construir múltiples centralidades que permitan al Uruguay crecer desde varios lugares.

Repensando la organización administrativa y política, debemos jerarquizar las regiones en tanto diseño de políticas, fomento de participación, complementación productiva-educativa, desarrollo de investigación especializada, entre otras cosas.

Pero, por sobre todo pensando en descentralizar. No es posible descentralizar sino se establecen claramente las relaciones que se pretenden entre lo central y lo descentralizado. Las cosas a medias tintas siempre perjudican a los procesos de descentralización. Pensar la descentralización en tono participativo, donde la sociedad sea protagonista en la construcción cotidiana del futuro.

La descentralización como proceso y como destino, implica y obliga a pensar los procesos de participación, genuinos, sin intermediarios y donde se puedan plasmar modelos de gestión en los que la gente defina las cosas que realmente importan. Debemos construir e impulsar el desarrollo local siempre que sea de carácter comunitario. Lo que implica también construir comunidad.

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