¿La pandemia como oportunidad?

La pandemia es sin duda una crisis y con ello una desgracia para millones de personas que han perdido empleo, ingresos y muchos de ellos incluso la vida.

Es una disrupción de una dimensión que será objeto de estudios y análisis por años, y también un largo tiempo se tardará en volver a tener los macroequilibrios del pasado, pero en una realidad distinta.

La acepción de la definición de crisis para los chinos es igual a cambio, y por ende, oportunidad. Las crisis siempre han implicado un cambio, una disrupción en la sociedad, y especialmente en la economía, y marcan el punto de corte entre prácticas y dinámicas del pasado que ya no tienen viabilidad y el inicio o el aceleramiento de nuevos escenarios y caminos.

La pandemia, más allá de impactos momentáneos en todos los sectores de la vida social, tendrá coletazos más marcadamente en los sectores menos eficientes, en los sectores donde existen peores sistemas de gestión, derroches de recursos, poca pertinencia a las necesidades reales y una escasa articulación a sus clientes, consumidores o proveedores de servicios.

Pero sobre todo también impactará en los sectores menos articulados a las nuevas dinámicas tecnológicas digitales de funcionamiento de los mercados ni a las reales demandas de la sociedad.

En estos días, se ha planteado correctamente que la crisis actual afectará más fuertemente a las empresas más ineficientes en la prestación de los servicios y productos, a aquellas con tecnologías más simples y con escaso valor agregado.

En nuestras sociedades los sectores menos eficientes son aquellos más tradicionales, de más uso de mano de obra con menos capacitaciones y con menos incorporación de tecnologías al estar lejos de la frontera tecnológica en las prestaciones de sus bienes y servicios a los consumidores.

En educación pasa lo mismo que en los otros sectores, y están siendo afectadas más intensamente las dinámicas educativas con escasa profundidad en el uso de tecnologías de información y comunicación en la gestión, en el seguimiento de los alumnos, en las ofertas a distancia, en las características de los recursos de aprendizaje, en los sistemas de evaluación y en el uso de sistemas sincrónicos y asincrónicos en red.

El impacto será mayor donde existe una educación burocratizada en exceso, con sobrecarga de docentes, con aulas saturadas, bajos resultados de aprendizaje y reducidas tasas de titulación.

En el país, estas son incluso realidades que se han incrementado en estos años a pesar de los enormes aportes financieros, como resultado de una visión de la educación centrada en un paradigma presencial y un criterio por el cual la calidad se alcanza agregando más costos a la educación y no transformando los sistemas de enseñanza tradicional de tiza, lengua y pizarrón.

En este sentido, en lo educativo, la crisis económica derivada de la pandemia y de la herencia dejada del período anterior, necesariamente debe introducir -ya lo está haciendo muy rápido- un cambio en el modelo educativo hacia un formato digital y al tiempo establecer mayores niveles de eficiencia y racionalidad en el uso de recursos.

En tal sentido se debe acelerar la reingeniería en curso hacia la aplicación de dinámicas de gestión informatizadas y mayor impulso a la educación virtual e híbrida, con recursos de aprendizaje digitales, con apoyos tutoriales informatizados y tutorías digitales tanto sincrónicas como asincrónicas al utilizarse como recursos de aprendizaje tipo YouTube o MOOCs, y buscando reducir el alto peso de personal.

A escala mundial se está reduciendo el alto peso del gasto administrativo y docente, a diferencia que en nuestra realidad universitaria.

Ello al tiempo debe favorecer un reposicionamiento en esa dirección en las políticas públicas, en los financiamientos, en la formación de docentes y en la gestión institucional.

La pandemia, por su derivación en crisis económica de los recursos públicos y privados, se nos presenta como la oportunidad de hacer los ajustes necesarios en el uso racional de los recursos buscando un nivel de prestación de servicios más eficientes.

Más que oportunidad es imprescindible e incluso era algo que hace tiempo debía haber sido encarado, y que hubiera sido más fácil cuando había excesos de recursos, si no fuera por una cultura del derroche.

El enorme crecimiento del gasto universitario en los últimos años, sin haber sido acompañado de cambios en la gobernanza, en las pedagogías y en las lógicas educativas, ha aumentado altamente los niveles de ineficiencia en las estructuras universitarias y educativas.

Al no cambiar el modelo educativo e introducir dinámicas digitales e híbridas en la enseñanza, el uso de laboratorios en red en el aprendizaje y la automatización de los procesos en la gestión ha llevado a que el incremento del gasto acontecido incrementara la ineficiencia.

Hace algunos años, una tesis doctoral de la que fui tutor, realizada por Solange Roza Cruz y titulada «A Eficiência do Financiamento nas Instituições Federais de Ensino Superior Brasileiras nos Períodos 1995-2009», realizó el estudio sobre el nivel de eficiencia de las universidades públicas en un período de austeridad (los gobiernos de Fernando Enrique Cardozo) y durante un período de holgura económica (los gobiernos de Lula), y desveló los mayores niveles de eficiencia en los períodos de austeridad.

La tesis analizaba que de 1995 a 2002, el gobierno brasileño centró su política en la búsqueda de una mayor eficiencia en el uso de los recursos por parte de las universidades federales, mientras que en el período 2003-2009, se priorizó la democratización del acceso a la educación superior, a través de políticas afirmativas, la oferta de becas en instituciones privadas (Prouni) y la expansión de las universidades federales que creó altas ineficiencias.

La investigación se centró en evaluar la eficiencia de las 52 universidades públicas federales, desde 1995 a 2009, analizando los resultados del financiamiento de los dos gobiernos que impulsaron diferentes estrategias para satisfacer la demanda de educación universitaria, y los resultados revelan que la eficiencia se logró gradualmente en un contexto de restricción de recursos y gracias a políticas orientadas a buscar mejores resultados con los mismos o menores recursos.

A diferencia, durante el período de Lula, la holgura de recursos y la política no sólo significó un descontrol de los gastos, sino que además dio menores niveles de eficiencia en la mayor parte de las variables educativas.

La relación entre insumos y resultados era el centro del análisis que verificaba más eficiencia en un período de austeridad.

La misma situación acontece en Uruguay al analizar la relación entre ingresos económicos y resultados educativos (sin medir salarios), que muestra la creciente ineficiencia de las estructuras de gestión universitaria.

Es tiempo se relacionar claramente que los bajos resultados educativos y la escasa eficiencia de resultados no mejoran agregando más recursos, sino que es necesario cambiar las formas de organización, la gobernanza, la asignación de los recursos y las formas de enseñanza ajustándose a los tiempos actuales.

Las instituciones educativas son también organizaciones, y solo encontrarán la calidad, la eficiencia en la prestación de sus servicios y mejores resultados introduciendo reingenierías en sus procesos de funcionamiento.

La pandemia lo está promoviendo y es la oportunidad del cambio con el cierre de la educación presencial. Pero ello debe implicar una mayor automatización de los procesos de gestión, un plan estratégico en esta materia y sin duda un escenario presupuestal no centrado en más edificios y profesores de tiempo completo, sino en más estudiantes en todo el país, más tutores de tiempo parcial, más automatización de los procesos administrativos y de gobernanza y más seguimiento estudiantil automatizado.

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