«La odisea de los giles»: El que roba a un ladrón

La nueva película del director argentino Sebastián Borensztein.

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El cine de la vecina orilla viene sumando producciones que, en principio, apuestan a la reunión de primeros actores como principal atracción para un auditorio masivo.

Tal es el caso de esta «odisea de los giles», la nueva película del director Sebastián Borensztein que concentra su temática en la crisis del corralito que se desató en el vecino país a principios del Siglo XXI.

En el argumento, una pequeña cooperativa de pueblo chico se queda en pampa y la vía frente a dicha situación con el agravante de una estafa perpetrada entre un gerente bancario y cierto empresario mafioso que se lleva todos los dólares.

De aquí en más, la trama va atando cabos y pesquisando el lugar donde se oculta el dinero para intentar recuperarlo hasta un desembocar en un final relativamente previsible, más allá de algún giro menor.

Como decíamos al principio, el principal anzuelo es la presencia de algunos pesos pesados como Ricardo Darín y Luis Brandoni (junto al Chino Darín, Daniel Aráoz, Carlos Belloso, Verónica Llinás y Rita Cortese, etcétera) para llamar la atención del público.

Están todos muy bien, justicia es decirlo pero la historia replica una fórmula al estilo hollywoodense que podría emparentarse con títulos como «Tower Heist» (Robo en las alturas) de Brett Ratner, mientras intercala chistes sobre peronismo y anarquía con resultado dispar.

Éxito de taquilla

Se sabe que, a nivel de taquilla, el filme viene siendo un éxito en Argentina y resulta bastante lógico porque dicha historia toca muy de cerca a su población y la propuesta quizás funcione como una especie de catarsis reidera para una comunidad bastante sufrida.

Aquí -posiblemente- las repercusiones de dicho suceso resulten menores y no solamente por lo que se cuenta sino por la manera en que se cuenta.

Esto tendría que ver con una introducción y desarrollo algo estirado que estaría marcando el peor de los peores pecados del espectáculo: aburrir al espectador.

En resumen, la película se hace un poco densa (léase lenta) hasta un cierre que también se mimetiza con esas heroicidades de último momento que tienen las producciones estadounidenses y las consabidas imágenes de felicidad tan empalagosas como artificiales que culmina con un «the end» tipo postal.

Quizás el chistecito final que ofrece durante los créditos afina un poco la puntería. Pero no alcanza. Es una opinión. Existen otras, por supuesto.

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