#IdearioLa grieta del Vaticano se ensancha

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La situación del Papa Francisco no es fácil, se enfrenta a un arco iris de facciones disímiles. Algunas, secundaron a Wojtyla en su labor de involucrar a la Iglesia católica en dar apoyatura a Washington en el recalentamiento de la “guerra fría” y con ese cometido, arremetió contra la Iglesia conciliar.

Es durante este polémico papado que la Iglesia, enderezada en el Concilio Vaticano II, da un viraje. Ese giro descalificó en los hechos lo resuelto en ese evento. Para ser breves, en la citada junta episcopal realizada entre 1962 y 1965, se aggiornó a una institución religiosa desfallecida debido a su papel en los días del nazi-fascismo.

Y si bien la realidad mundial favorecía a las fuerzas pro socialistas, la liberación proclamada en tan extraordinario acontecimiento estaba en sintonía con la justicia; vinculada, por obviedad, a los sistemas económicos. En tal sentido, la substancia de la transformación del mensaje evangélico, superaba la promesa del reino celestial al acometer la construcción del reino en la Tierra. No obstante, no explicitó un propósito pro socialista en el mensaje cristiano, implícito en el de justicia, ergo, de justicia social. Implícito también en su raíz comunitaria y en la preferencia por los pobres.

La Iglesia dejaba la contemplación o el temor, para convertirse en constructor de la realidad histórica; tarea a la que se sumaron varios grupos evangélicos, edificando una fuerza ecuménica evidenciada en el conflicto centroamericano en los años setenta y ochenta del siglo pasado.

La contrarrevolución neoliberal afectó seriamente la visión antes mencionada y la elección del polaco coincide en fechas con esta reacción propiciada primero en Londres, luego en Washington al aterrizar Ronald Reagan en la Casa Blanca. El arzobispo de Cracovia se hizo del báculo de Pedro en 1978, gracias a una maniobra comenzada en el velorio de Juan Pablo I. En forma inesperada, un religioso anticomunista en plena “guerra fría” se calzó los zapatos rojos y emprendió una lucha denodada por recuperar Polonia para el capitalismo. Lo que significó un movimiento virulento en ese país frontera entre Europa y Eurasia, que concluyó invistiendo a Lech Walesa, premio Nobel y líder de Solidaridad, como presidente.

A partir de ese momento, la Iglesia católica se fusionó a Washington. Al hacerlo, se diluyó el plan concordado por los obispos del mundo entero. Wojtila dejó la pastoral en aras de impulsar su liderazgo político. Con ese cometido dirigió la institución aporreando a los teólogos de la liberación, mientras animaba lo peor del Vaticano solapando, desde negocios turbios hasta la pederastia más abominable de la historia del cristianismo.

Hoy, el mundo vive la devastación iniciada en ese fatídico final de los años setenta del siglo pasado. Ante la ingobernabilidad del Vaticano, renunció Benedicto XVI sucesor del polaco. En su lugar se eligió un emergente que asumió el gobierno de un Estado visiblemente descompuesto.

El devenir de ese Estado asentado a orillas del Tíber, es un asunto complejo y distante de la fe, un hecho consustancial a toda teocracia. Lo substantivo del conflicto se centra en que las religiones abrahámicas se sumergieron en un tembladeral donde lo importante no es la fe sino lucrar del Dios implícito en una cultura prácticamente extinta. Si el Concilio había abierto la puerta a un debate sano con la historia y la ciencia, hoy, los católicos, ortodoxos, evangélicos, musulmanes, judíos están enfrascados en guerras fratricidas, en tanto que el mensaje religioso retornó a los días de Santo Tomás.

No hay religión sin fe y ésta se basa en narrativas pastoriles en pleno desarrollo de la física cuántica y la más atroz concentración de riquezas que sume en el hambre y la desesperación a millones de seres humanos. El mensaje cristiano es redentor siempre que sea liberador, una realidad comprendida por Francisco, pero rehusada por las facciones mafiosas que persisten en el purpurado.

Podemos imaginar una corrección al comportamiento de clérigos perturbados o atacar los excesos de obispos abusivos, sin embargo, lo que se perdió fue la vitalidad para enfrentar el siglo XXI como cabeza de lo nuevo y no como parte de la represión a los indignados o quejosos.

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