#IdearioLa despolitización siglo XXI

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Siguiendo el razonamiento de los artículos anteriores en los que hablamos del caos que ensombrece la actividad social, más el desvanecimiento del gobierno y los partidos políticos, nos queda tratar el complejo tema de la despolitización.

 

Hace algún tiempo (cuando los escritores “post” anunciaban el final de la historia), el pragmatismo y la importancia del presente como único espacio a tomar en cuenta, se convirtieron en el eje de lo real. Por tanto, debíamos desechar la política y realzarlos pensamientos distópicos, únicos verosímiles ya que éstos cifran su credibilidad en una regla áurea: no existe más realidad que el capitalismo.

 

Este albazo vendió muchos libros. No obstante, el impulso popular venido de una izquierda derrotada en los setenta-ochenta del siglo pasado, y rematada con la disolución del socialismo real, consiguió establecer gobiernos democráticos encargados de limpiar los estragos neoliberales que provocaron Carlos Saúl Menem/Fernando de la Rúa, Andrés Pérez/Caldera, Collor de Melo/Henrique Cardoso etc. (México lo está haciendo hoy).

 

Esta supuesta patriada generó el imaginario de que se había conseguido con jugar el capitalismo y la salud social. Los datos así lo decían: mejoría en la ocupación, mayores derechos laborales, menor miseria, sobre todo, el sagrado derecho a elegir presidente libremente. Una conquista alucinante, porque estos supuestos logros se habían hecho realidad al establecerse el Estado benefactor en la post guerra.

 

Lo cierto es que felices con la derrota temporal del neoliberalismo y descalabrada la URSS más los lúgubres países Europa-orientales, creyeron a pies juntillas que el propósito pro-socialista (surgido en el siglo XIX) había sido superado, el tal contexto, el más estorboso alemán nacido en Tréveris, se había equivocado.

 

La marea de nuevas ideas, fundamentalmente anti marxistas, dieron lugar a una severa crítica a la Modernidad (algunas muy lúcidas) propiciando el pensamiento único que consideraba al capitalismo, la interacción social óptima; a la tolerancia política, la única manera civilizada de convivencia y el “novismo”, la precondición para ser incorporado al debate académico en ciencias sociales. Inquietaba poco qué tan certera o sensata fuera la idea, sino que fuera nueva y respetara los dos principios básicos: capitalismo y democracia. Ésta última, la conjura idónea a cualquier alzamiento espontáneo.

 

Sin una explicación convincente de lo ocurrido en un mundo donde el 1% concentraba el 99% de la riqueza mundial, ni por qué la inversión salvadora era la extranjera, los partidos políticos enseñaban en sus escuelas lo que luego rechazarían en los hechos al actuar en la real politik. En pocas palabras, aprender los antecedentes partidarios no significaba que se creyera en ellos. En consecuencia, la revolución fue descartada dando vida a la nueva “izquierda” plural y pro capitalista. Sin rumbo cierto, se fue despolitizando a la ciudadanía (útil en tanto electores) y los partidos que una vez lucharon por el socialismo se autonominaron  progresistas; no sin antes enterrar el marxismo, único pensamiento capaz de interpretar la realidad en que vivimos, declarándolo: postura rancia. Y sin tener claridad en lo acontecido en términos históricos, cualquier nuevo brujo ofertaba sus interpretaciones poco científicas. Si se conseguía un buen discurso aunque incorrecto en sus bases, se aspiraba al Nobel.

 

Así se procesó la despolitización ciudadana, en especial en América Latina y Europa, hasta que estalló la crisis del 2008, obligando a la humanidad a despertar de un sueño poco natural; más bien una anestesia aplicada por los medios, los grandes difusores del pensamiento único. Su lógica es conocida: si no convencemos que reine la incertidumbre, ella siempre paraliza.

 

Esta crisis fue superada con la asistencia del dinero público demostrando lo incorrecto de los planteamientos neoliberales. Los citados progresistas lo entendieron como una prueba contundente de lo alevoso del capitalismo salvaje y la necesidad de asegurar la continuidad del Estado benefactor, siempre en democracia. En esa nave arribó Mauricio Macri, Michel Temer tras un impeachment parlamentario a Dilma Rousseff, el descarado ataque (nacional e internacional) contra el chavismo, la extrema derecha en Perú (Kuczynski, Keiko, Vizcarra)y el segundo periodo de Piñera, en un extraño péndulo que se derechizó al hacerlo Bachelet (damisela que salta de rama en rama).

 

Ahora toca enfrentar a los neoliberales apoderados del gobierno. Encararlos con nombres y perros cimarrones, ya que se difuminaron las ideas, las clases sociales, los partidos, la movilización popular… El problema es que estos sujetos al amparo de las grandes empresas, encontraron en el golpe jurídico la manera de interrumpir el citado péndulo. Primero apresaron a Lula y hoy, con la descerebrante victoria del capitán Bolsonaro, se dan las condiciones para encarcelar a Cristina. En definitiva, la derecha pro neoliberal está de regreso. Conocidos los efectos del modelo económico a desplegar en su versión brutal, es fácil prever que campeará los excesos de gobiernos dispuestos a entregar la riqueza nacional sin ningún condicionamiento, asimismo, la defensa de una pauta rectora: la tributación y los derechos laborales impiden el “desarrollo”, lo conveniente es el laissez faire, laissez passer.

 

Mientras son peras o son manzanas, prospera la anti-retórica. En efecto, el discurso trumpista-bolsonarista (el de Macri es mentir sin medida ni decencia) se ha popularizado. Discurso cargado de odio nadando en un océano de falsedades. En palabras llanas: no importa lo que dicen sino cómo lo dicen. El tono de ira entusiasma, hipnotiza permitiendo que un delirante como Trump llegase a la Casa Blanca. En última instancia, el odio es el recurso de los gobiernos autoritarios que desdeñan el desastre macroeconómico y someterse a la ciudadanía que observa anonadada sin saber qué hacer.

 

Si existe izquierda debe salir del coma y plantearse un objetivo mayor que el progresismo pro-capitalista, aunque lo considero una tarea para otras generaciones, la nuestra no superará el goce de los encantos del poder.

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1 comentario
  1. Luis II dice
    Da para ponerse a pensar, pero parece acertado este planteo.

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