Archivos del Exilio 10La amistad con Ted Kennedy

Su carta de despedida a Wilson.

No todo en el exilio fueron tragedias y muertes. Guardo también, con celosa nostalgia, recuerdos maravillosos. Es más, aún los momentos más duros, venían de la mano de la solidaridad, esa cosa maravillosa, difícil de describir, sin la cual no hubiéramos podido seguir adelante. Pero hoy vamos a hablar de una amistad que el exilio hizo posible. La de mis viejos y mía con Kennedy y su familia.

Le conocimos en la breve vista a Washington a fines del 75. Días antes habíamos estado en un coloquio en México con Enrique Iglesias, Orlando Letelier y Mark Schneider, «Jefe de Staff» de Kennedy. Sigo en contacto con él hasta hoy. En Washington, nuestro siguiente destino, Mark, que luego llegó a ser Subsecretario de Estado, nos agendó una entrevista formal con él. Ello logró darle mucha prensa a la visita. En la misma, se habló de celebrar audiencias en la Cámara de Representantes, para cortar la ayuda militar a Uruguay.

Tras nuestro regreso a Buenos Aires se suceden el Golpe de Videla y el secuestro y muerte de Zelmar y Toba. Como lo demuestra el cable confidencial H12/1975[1827] MRE 25 noviembre 1975, el operativo de emboscada en Buenos Aires estaba dirigido también a Wilson. Sin la presencia de ellos, como hubiera querido, el viejo declara ante el Congreso, dando inicio al proceso de corte de la ayuda militar. Kennedy nos volvió a recibir, en solidaridad. Luego estribó en el corte a Uruguay para aprobar una ley (enmienda Kennedy-Harkin), obligando a ver informes especializados, antes a de votar créditos en organismos multilaterales a países «involucrados en una sistemática violación de los derechos humanos».

Buenos Aires atrás, no teníamos hogar ni rumbo. Un bolso con lo elemental de cada uno. Mis padres deciden radicarse en Londres. En el aeropuerto, me doy cuenta que no me había caído la ficha. «¿Qué voy a hacer yo a Londres?». Tenía entonces 23 años. «¿No vimos que hay que hacer mucho lobby en EEUU denunciando la dictadura uruguaya?».Mamá casi se muere, pero papá me dio mi bolso, 60 dólares y me dijo: «quedate».

Evitamos mucha despedida. Sin nadie a quién recurrir, me quedo en Washington. Me alojo primero en lo de Joe Eldridge, Director de la WOLA (oficina especializada en DDHH en América Latina) quien es hoy uno de mis mejores amigos. En el 1711 Lamont St. NW pasé la primera noche y «fijé domicilio».

En un par de días recibo un sobre, con una foto con papá saliendo conmigo de ver a Bordaberry, el día de la masacre de la 20ª. sección. No sabía que tenía el original publicado por la prensa. La dedicaba: «No hay camino difícil con un buen compañero. Un abrazo de tu padre, Londres, junio 1976».

Un tiempo viví a monte: Tabor House, comunidad cristiana de base; en un sillón de las oficinas del Consejo de Asuntos Hemisféricos, en la Av. New Hampshire donde cayera la noche. Así hasta que WOLA me incorpora a su incipiente staff. Fue mi primer trabajo, trinchera, marco institucional y posibilidad de pagarme un alquiler. Un monoambiente en la calle 24.

El 13 de diciembre Seregni, preso, cumple 60 años. Junto a dos compatriotas, de diferentes tiendas, que vivían allí salimos, bajo nieve a juntar firmas por su libertad: Iván Rodríguez y Naul Ojeda. Instalamos un quiosco frente al capitolio. Vimos pasar a Kennedy con Mark, que observaban con atención. Me mandó buscar.

Fui muy nervioso a su despacho, que no imaginaba entonces, cuántas veces iba a frecuentar. Me pregunta: ¿Seregni no es adversario de tu padre? No sé con qué palabras contesté, pero sí le dije que nos unía la lucha contra la dictadura. Y que papá le llamaba el «Preso Emblemático de la Dictadura». Firmó la petición. Siguieron muchos meses de trabajo. Cada día había algo que hacer para difundir lo que pasaba y aislar a la dictadura uruguaya. A lo mejor por inconciencia juvenil, abusaba de pedidos y él a todo agarraba viaje.

En el aniversario de la muerte de Zelmar y Toba hubo un memorial en la Capilla del Edificio donde quedaba mi oficina en la WOLA, (frente al Capitolio entre el Senado y la Suprema Corte a metros de la Biblioteca del Congreso. Tremenda ubicación. Oficiaron el Obispo Sullivan y el Padre Drinan (Sacerdote jesuita y Congresista por Massachusetts). También habló Kennedy. Se sentó conmigo en la primera fila.

Pasaba el tiempo y del contacto político y el buen relacionamiento fuimos tejiendo, inadvertidamente, como todo lo que importa, una amistad muy fuerte. Una de las tantas fotos que me firmó está en mi escritorio, otra en el living de casa. Cuando llegaba alguien del Uruguay, hasta aún hoy, expresidente de la República, los recibía a mi pedido. Más de un domingo fuimos juntos a su iglesia preferida: «Holy Trinity».

En la primera visita de papá conmigo, residente washingtoniano, también se vieron. Papá, creí que solo yo le entendía, le estrechó la mano y le dijo «Soy el padre de Juan». Me estaba diciendo, «acá no sos el hijo de Wilson». Pero él también entendió.

Vuelta la democracia, inexistente internet, nos escribíamos por correo. Hasta que se confirmó la gravedad de la enfermedad del viejo, esta fue un secreto entre su médico, Diego Achard y yo. Cuando su diagnóstico es confirmado por los exámenes correspondientes, informé a mis hermanos, y al Presidente Sanguinetti. Luego, a la dirigencia blanca. De noche, agotado de emociones, antes de acostarme escribí a Kennedy.

No me contestó. Vino. No salía de mi asombro, cuando de la Embajada de EEUU me avisan que llega, con sus hermanas, en un vuelo especial. Aterrizó en Anchorena para saludar al Presidente y fue directo a lo de los viejos en Pocitos. Allí conversan un rato largo. A la salida, él y yo hablamos a la prensa. Pasó por el Palacio Taranco para estrechar la mano de dirigentes políticos y se regresó el mismo día.

Cuando muere papá me escribe. Después, lo vi cada vez que pasaba por EEUU. Pero prefiero congelar mi recuerdo en aquella carta que me envió:

«Me ha entristecido mucho enterarme de la muerte de mi amigo Wilson. He pensado mucho en él, en tu familia. No han dejado de estar presentes en mis oraciones. También, mi joven amigo, he pensado mucho en ti y en lo que debe significar esta despedida. (…) Si hay alguien que sabe lo triste que es despedir prematuramente a sus seres queridos, créeme, querido Juan, soy yo.(…) La última vez que estuvimos juntos, pude ver en las miradas que se intercalaban los profundos lazos de amor de «compinches» que les unía. Vas a ver, mi querido Juan, como no pasará mucho para que todo el espacio que ocupa el dolor dé paso a los dulces recuerdos de los buenos tiempos compartidos».

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