La Amazonía globaliza la soberanía

Cuando el futuro de todos está en juego, la soberanía no es excusa

El término «globalización» hacía referencia en un principio al fenómeno de creciente integración económica, social y política que surgió gracias a las mejoras en los sistemas de transporte y de comunicación a largas distancias, por un lado, y a la liberalización progresiva de los mercados a escala mundial, por el otro. Actualmente el concepto de una conexión global adquiere un significado más atado a la ecología y a la forma del planeta que habitamos: todas las culturas humanas conviven, aunque cueste percibirlo a simple vista, sobre la superficie de una misma esfera en la cual todos los espacios y procesos ambientales están vinculados. Todo lo que se tira por un lado, vuelve por el otro, dibujando un irónico círculo de karma.

Esta es la idea que ha subrayado recientemente el presidente francés Emmanuel Macron a su homólogo brasileño, Jair Bolsonaro, frente a las declaraciones del segundo ante las reacciones que la desforestación de la Amazonía (tanto accidental como voluntaria) ha generado en la política internacional. Cuando Bolsonaro hincha el pecho y  alega que los incendios que ha sufrido recientemente la selva tropical más extensa del mundo son «un asunto interno de Brasil y de los otros países amazónicos», no sólo está haciendo gala de una ciega soberbia, sino también de una vidente ignorancia.

La ególatra forma de entender la soberanía que detienen Bolsonaro y sus ministros equivale a decir «esta es mi casa y hago lo que quiero», esperando que los vecinos no intenten detenerme cuando mi obstinación está a punto de hacer explotar todo el barrio. En un escenario en el cual gran parte de los nutrientes que fertilizan a la Amazonía provienen del polvo que transporta el viento desde el Sahara africano, parece bastante absurdo ponerse a defender cualquier tipo de soberanía sobre la tierra… Pero aunque este tipo de declaraciones estén sustentadas por la lógica egoísta que alimenta al sistema económico y político en que se desenvuelven las decisiones humanas, la profunda dependencia de los ecosistemas terrestres con respecto a la selva amazónica no puede dejar de alertar a la comunidad internacional.

De hecho, la Amazonía, con sus más de siete millones de kilómetros cuadrados, es una de las mayores responsables de regular la concentración en dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera de la Tierra, uno de los principales gases de efecto invernadero, esos famosos responsables del calentamiento global. Gracias al proceso de fotosíntesis llevado a cabo por su exuberante vegetación, solía capturar más CO2 del que producía, absorbiendo cerca del 10% de las emisiones de este gas a nivel mundial. Sin embargo, actualmente esa situación se ha invertido: aunque en 1990 la Amazonía absorbía capturaba cerca de 2 mil millones de toneladas de CO2 al año, hoy su absorción se ha reducido a la mitad y la proporción de carbono absorbido ya es inferior a la de carbono producido. Además, esta selva es hogar de más del 30% de la biodiversidad mundial, la cual, aunque quizás sea difícil de entender para un ser humano globalizado, es fundamental para mantener el equilibrio de un ecosistema global donde todos los elementos están interconectados. Y por si fuera poco, el titánico río que atraviesa este bosque tropical, el Amazonas, guarda el 20% del agua dulce del planeta, y su evaporación en gigantescas corrientes de agua gaseosa es crucial para regular el clima a nivel mundial.

Es comprensible entonces que los incendios que recientemente devastan a la Amazonía sean un tema de preocupación internacional. Aunque los incendios en ciertas regiones del planeta y épocas del año siempre han sido un fenómeno natural y una práctica cultural llevada a cabo tanto por tribus indígenas como por pequeños agricultores, la magnitud de los mismos se ha visto incrementada considerablemente este año. Aparte de la Amazonía, también han sufrido incendios los bosques boreales y la tundra en el Ártico, así como también los bosques de la isla española Gran Canaria.  Que se incendien los árboles no sólo impide la captura de CO2 por la fotosíntesis, sino que además libera grandes cantidades de este gas a la atmósfera, corriéndose el riesgo de liberar a su vez las reservas de carbono acumuladas en el suelo durante años.

Esto da lugar a un círculo vicioso, ya que debido al cambio climático las sequías cada vez son más frecuentes y pronunciadas, lo que hace más factible el desencadenamiento de incendios también más frecuentes y prolongados. Esto se ve empeorado por la disminución de las lluvias favorecida por la desforestación: a menor vegetación, menor vapor de agua por transpiración y por ende menor humedad y menores precipitaciones. Si todo continúa en este sentido, en menos de veinte años se podría llegar a una situación de no retorno en la que las copiosas vegetación y fauna de la selva amazónica podrían reducirse a las características de una sabana.

Por estas razones, aunque Bolsonaro esté empecinado en defender la soberanía de Brasil sobre el 60% de la selva que se encuentra en su territorio, las presiones internacionales para evitar la destrucción del denominado «pulmón del mundo» no harán más que incrementarse. Es difícil prever qué fuerzas saldrán vencedoras dentro del tiempo que tiene la humanidad para revertir la situación de este ecosistema: las fuerzas interesadas en transformar los bosques y selvas en mercancía en forma de madera y soja, o las fuerzas que buscan construir un mundo sustentable a futuro. Por ahora solo queda tener esperanza en la conservación de un patrimonio natural que es de todos, y no sólo de los seres humanos.

2 Comentarios
  1. Mario Conde dice
    Me confunden mucho…!!!! Resulta que por la Amazonia, globalizamos la soberanía. Pero por Botnia y UPM fortalecemos nuestra soberanía. Me la vas aclarando????
  2. Lautréamont dice
    La nota se muestra a favor de una soberanía global y no una lucha por defender la soberanía de cada nación sobre su territorio, sobretodo con un patrimonio cultural y natural de la escala de la Amazonía. A alguien en el otro extremo del planeta poco le puede importar lo que suceda con UPM en Uruguay, pero que se incendie la Amazonía actualmente no le es ajeno a nadie a escala global. Por ese lado supongo va el título, poniendo en cuestión la noción de soberanía defendida por el presidente de Brasil y su forma de hacer uso de la misma

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