#OpiniónLa alternancia de gobiernos no es solo formal

Una vez más Uruguay demostró ante la región y el mundo su gran fortaleza institucional democrática. Luego de 15 años de gobierno, el Frente Amplio fue derrotado por el Partido Nacional, no existiendo problema alguno a pesar de las diferentes orientaciones políticas.

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La ordenada transición del proceso de cambio de gobierno ratifica plenamente lo expuesto. Ante el cambio gubernamental, recordamos que mucho se insiste en lo positivo que resulta la alternancia de gobiernos, ya que refuerza la democracia.

Coincidimos. Pero considérese que no sólo se trata de la posibilidad de permitir cambios de partidos políticos en el gobierno, sino que además deben analizarse los contenidos que conlleva la sucesión en la gobernanza. Si así no fuere, caeríamos en una simple formalidad. Por ello una vez más expresamos que el objetivo de la democracia política, social y cultural, debe ser transitar desde la desigualdad y la exclusión, hacia una sociedad igualitaria e inclusiva.

¡Y en qué panorama regional sucedieron! No podemos encerrarnos en una burbuja, ignorando la enorme convulsión existente que altera permanentemente la estabilidad democrática regional. A lo cual agregamos reiteradas violaciones del principio de no intervención en política internacional.

Todo ello en una realidad de fuerte profundización del neoliberalismo ultraconservador. Razón tenía Rafael Correa, ex presidente de Ecuador, cuando nos decía: «Estamos ante un verdadero cambio de época». Día a día surgen hechos que lo ratifican.

La compleja situación de Venezuela, el golpe de Estado contra Evo Morales en Bolivia, la revuelta popular en Chile cuestionando la Constitución pergeñada por Pinochet en 1980, las protestas populares de Colombia, Perú, Ecuador. Para el final dejamos el Brasil de Bolsonaro, personaje que a esta altura, además de su ultra-derechismo, fascismo, misoginia, etc., nos hace preguntar si no estamos ante alguien profundamente ignorante.

Por otra parte, se percibe otro fenómeno que ataca la democracia. Referimos a personajes políticos que se sublevan y se autoproclaman presidentes. Mencionamos a Guaidó en Venezuela, y Jeanine Áñez Chávez en Bolivia, quienes cínicamente expresan que lo hacen para defender la democracia. Y de inmediato son reconocidos por la mayoría de los países liderados por EEUU y Brasil. ¡Qué fácil resulta llegar a jefe de gobierno! Y si cuento con el apoyo de Trump y sus aliados, mejor.

No podemos ignorar el lamentable papel que desempeña la OEA y su cuestionado secretario general, Luis Almagro, serviles a la política que promueve EEUU con Trump a la cabeza. Se trata del organismo más antiguo del continente, con sede en EEUU, que se sustenta en la defensa de la democracia.

¡Qué triste papel desempeña hoy! ¿Se sintió su presencia cuando sacaron de sus gobiernos, mediante descarados golpes de estado, a Marcos Zelaya en Honduras, Fernando Lugo en Paraguay, o cuando las maniobras que se realizaron para sacar del gobierno a la ex presidenta de Brasil Dilma Roussef? ¿Y qué decir de la conducta que se asumió contra Lula? Brilló por su ausencia la OEA, lo mismo que su fiel y cínico secretario.

Estamos en presencia de dos modelos en disputa. Por un lado, la clara y notoria reafirmación del neoliberalismo con sus lamentables consecuencias económicas, políticas, sociales y culturales, resultado de un rígido sometimiento a la economía, aplicando recortes sociales, laborales, culturales, etc., perjudicando a las grandes mayorías. ¡Es la economía, estúpido!, decía Bill Clinton a principios de la década de los 90 del siglo pasado.

Concepto aplicable a la actual situación. En cuanto a nuestra región, no ignoremos que esta visión en su más profunda concepción, conlleva el anti-indigenismo, antirracismo, la misoginia, exclusión de diversas comunidades, etc. Donald Trump, Bolsonaro, los golpistas de Bolivia, etc., son ejemplos por demás elocuentes.

No es casualidad que exista regionalmente una gran brecha entre la ciudadanía, las instituciones y la política. ¿Qué decir del uso político que se realiza de la justicia, del resurgimiento de la mentalidad militarista, la visible influencia de ciertas religiones en algunos gobiernos, el notorio uso que se realiza de los medios de comunicación, etc.

El segundo modelo al que referimos es el que supone un desarrollo integral inclusivo: económico, político, social y cultural, aplicando los Derechos Humanos con dicha mirada profunda, y que a diferencia del primer modelo que mencionábamos, queda muy bien reflejado en el concepto que tantas veces hemos expresado, «se trata de caminar desde una sociedad desigual y excluyente, hacia una basada en la igualdad e inclusión social».

Porque sólo el crecimiento económico no lo asegura. Precisamente nuestro continente, por no aplicar dicha visión de desarrollo integral, se caracteriza por ser el más desigual del universo, a pesar de la gran cantidad de reformas constitucionales que se han realizado, quizá como en ninguna otra región.

Desigualdad que conlleva una gran brecha entre la ciudadanía, las instituciones y la política. Todo indica que existe una cultura de privilegio en casi toda la región. Ni hablar del ambientalismo destructivo que día a día crece en el mundo y en nuestra región, obviamente.

La situación existente nos lleva a considerar otro aspecto esencial en la política internacional: el peso político que tiene la geopolítica, esto es la influencia existente en la distribución espacial de recursos y el uso de los medios para lograrlo A lo que se agrega la determinante influencia de la tecnología.

Nuestra región es ejemplo de ello, esto es, lo que hace el capitalismo para vencer en la disputa global. Actualmente EEUU y China son ejemplos más que notorios a considerar. Ello nos conduce a considerar imprescindible contar con una estrategia nacional-regional a efectos de encarar este más que influyente fenómeno.

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