#OpiniónJusticia, paz y… perdón

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Atrás quedará el riguroso luto que supo vestir tras una década de impunidad en el caso del asesinato de su hijo, lo dejó entrever en la conferencia de prensa que convocó para anunciar la resolución del caso que la tuvo como protagonista no deseada durante todo ese tiempo. Una blusa blanca era todo un mensaje para quienes sabíamos de aquella promesa que hoy se cumplía con el anuncio de los procesamientos de los homicidas de su hijo -Alejandro Novo- muerto tras una rapiña cometida en enero de 2009. Desde el primer día se prometió encontrar a los culpables para hacer justicia, y lo hizo desde un lugar que nadie imaginó entonces podría llegar a ocupar una madre a la que le habían arrebatado a su hijo de la peor manera: sin ánimo de venganza, sin odio, sólo buscando justicia. Y para que ese deseo no quedara en meras palabras, lideró un colectivo que encabezó con su nuera -Mónica Haskowec- (quien falleciera en el año 2017 sin llegar a conocer la resolución del caso de su esposo), donde se congregaron familias tan víctimas como ella, para emprender la misma búsqueda. Lo hizo como madre, por su familia y por las de todas las víctimas que la acompañan desde que fundó la Asociación de Familiares y Víctimas de la Delincuencia (Asfavide). La justicia -finalmente- llegó y con ella empieza otro derrotero intenso y reparador donde la paz que da esta circunstancia irá liberando todo el dolor acumulado y, quizás, permita algún día dejar espacio al perdón…

Víctimas de un lado y otro

El teléfono sonó tarde aquella noche de fines de abril, la noticia le quemaba el alma y quería compartirla, no lograba contener las lágrimas dando rienda suelta a tanto tiempo de dolor acumulado que le quemaba por dentro. Fueron diez años de soportar aquel duelo que le comprimía el pecho, una década haciéndose fuerte para liderar a su familia primero y a todo un grupo de víctimas que -como ella- habían sufrido pérdidas irreparables a manos de la delincuencia. Asumió el rol, se hizo fuerte, era una leona a la que habían matado a uno de sus cachorros, lejos de concentrarse en lo que ya no podía reparar se prometió no resignarse a aceptar los hechos sin más y buscar justicia por su hijo y por todos los hijos que fueron muertos a manos de la delincuencia. Pero lo hizo desde un lugar distinto, un sitio que pocos entendieron y muchos siguen sin entender aún. Desde el amor y la solidaridad hacia el prójimo, se concentró en ese amor de madre herida, acompañando el sufrimiento de otros que como ella eran víctimas del accionar delictivo pero sin que el odio le contaminara el alma. Así nació Asfavide con la intención manifiesta de darle voz a las víctimas, hacerlas sujetos de derecho y no meros objetos de prueba, que los familiares de las víctimas tuvieran una reparación patrimonial que mitigara los efectos de la pérdida de quienes eran el sostén familiar. Objetivos cumplidos hoy y que la tuvieron como una protagonista principal.

Pero no se quedó en eso, solamente, tuvo la osadía impensada de visitar las cárceles, recintos donde podría llegar a enfrentarse con el o los asesinos de su hijo. Allí se hizo más grande, se hizo inmensa, verla caminando con su paso cansino por la callecita que lleva al viejo penal de Punta Rieles era toda una simbología y una paradoja. Aquella mujer, vestida de negro absoluto, llevaba un mensaje a una población privada de libertad que no entenderían mucho al principio pero que empezarían a aceptarla y comprender la importancia del mensaje, tanto como la grandeza de su mensajero.

La primera de las charlas generó muchas expectativas en las autoridades penitenciarias y en una población carcelaria que no entendían mucho quien era aquella mujer de negro, de voz pausada y un rostro que no ocultaba el dolor que la consumía por dentro. A poco de comenzar se presentó y el silencio inundó aquella sala del penal que pronto se convertiría en un «Pueblo Penitenciario», donde conviven condenados que trabajan y/o estudian preparándose de la mejor manera para el día después.

Aquella primera charla tuvo un gran impacto, como la experiencia de aquel privado de libertad que lucía un sombrero y atinó a descubrirse en señal de respeto hacia aquella mujer que se enfrentaba a un público entre los cuales podían estar los asesinos de su hijo. Extraña paradoja que supieron preguntarle y que ella respondió con más charlas y encuentros para convencerlos que hay salida posible y que está en cada uno cambiar para abandonar la vida del delito y dejar de convertir en víctimas a otras personas. Pero no se quedó en eso solamente las razones de aquella «evangelización», pues esta madre tenía claro que así como ella era una víctima de la delincuencia, la familia de los privados de libertad también son víctimas que deben soportar las consecuencias del quiebre familiar con su privación de libertad, y tener que visitarlos en una cárcel, situación que ninguno quiere para los suyos tampoco. Esa extraña forma de emparejar situaciones la hizo diferente y crecer en estatura moral frente a una población que empezó a crecer en número y a reclamar la presencia de esta mujer que tenía un mensaje claro y fuerte para compartir con ellos.

Y un día se hizo justicia

Como todas las semanas el comando ministerial tendría su reunión de equipo, una práctica impuesta por el ministro Bonomi quien sumó a las máximas autoridades policiales a formar parte de las decisiones de su cartera. Esa comunión fue esencial para construir los cambios de una institución que por primera vez se sintió parte de los mismos. Esa mañana, el entonces director nacional -Julio Guarteche- llevaría su idea de conformar una unidad de análisis para hechos sin aclarar, a la que se deberían incorporar los mejores investigadores. La idea surgía tras la imposibilidad de avanzar en el esclarecimiento de casos de alta complejidad entre los que figuraba el de Alejandro Novo. La constante prédica de aquella madre y el trabajo que esta había iniciado, eran motivos que interpelaban al extinto Director de la Policía Nacional quien murió sin poder ocultar la angustia que le significó partir sin poder darle respuesta a Graciela Barrera como le transmitieron desde el entorno más intimo de aquel, tras su muerte.

Pero aquel «primer policía» al decir del ministro Bonomi, dejó escuela en una oficialidad que honró su memoria de la mejor manera posible. Ese cuadro de oficiales -entre los que figura, su sucesor, el Crio. Gral. (r) Mario Layera, siguieron su ejemplo y dejaron marcado a fuego la impronta de un policía ejemplar que puede descansar en paz al conocerse la resolución de este (y otros casos como este), fruto del trabajo serio y responsable de una Unidad de Análisis de Hechos Complejos de la Policía Nacional que lo tuvo como fundador.

Un complejo estudio de aquel crimen permitió llegar al pleno esclarecimiento de un caso que demoró más de una década en resolverse con sus responsables identificados y procesados; imponiendo justicia y abriendo espacio para la tranquilidad que esperaba una familia quebrada por el accionar delictivo.

Graciela siempre supo que podría enfrentarse a los asesinos concurriendo a las cárceles, asumió el riesgo a sabiendas que ello era una posibilidad cierta, pero también sabía que antes sería imprescindible que llegara la justicia. Porque esa fue la promesa que se hizo a sí misma y a la memoria de su hijo.

Ahora es tiempo de tranquilidad y de paz; ya llegará -también- tiempo para el perdón.

Alejandro descansa en paz, su familia también…

la mujer cumplió la promesa,
el perro soltó un lagrimón…

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