#OpiniónJineteadas: Polémica en el bar

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La polémica se instaló en la sociedad uruguaya. Jineteadas sí; jineteadas no; la tradicional fiesta de la Rural del Prado cuestionada desde el corazón de la Intendencia de Montevideo, en definitiva el organizador del evento.

Los colectivos sociales que trabajan por determinados temas cada vez adquieren más fuerza no solo en Uruguay sino en el mundo. Los colectivos LGTB, las organizaciones feministas, los colectivos afrodescendientes o de indígenas, los ambientalistas, entre otros.

Las organizaciones de defensa de los derechos de los animales son actores de la sociedad que vienen adquiriendo mayor visibilidad y que naturalmente no pueden ser obviados en lo que refiere a la sensibilización de los temas que abordan. Estamos ante una sociedad que avanza y que empieza a desnaturalizar ciertas prácticas que en otro momento pasaban desapercibidas y que hoy se encuentran cuestionadas por ciertos colectivos.

A pesar de estas polémicas mucho se ha avanzado en el terreno de protección y bienestar del reino animal. La principal medida adoptada fue la aprobación de la Ley 18.471 de marzo de 2009, que significó una legislación muy detallada que abarca medidas de prohibición de cazar, capturar o sacrificar animales silvestres protegidos por la ley; la protección y/o humanización del transporte y sacrificio de los animales destinados a la industria alimenticia -que debe realizarse por procedimientos que le causen el menor sufrimiento-; la regulación y las condiciones que deben tener los animales que están en los circos, en los zoológicos, en los criaderos; un tema muy delicado que es el uso de animales para la investigación científica; la tenencia responsable de animales y sus responsabilidades en caso de no ejercerla; la regulación y normas de animales que guían a personas con discapacidad, entre otros.

La ley apunta a regular el uso animal y penar su maltrato. Se trata de un avance muy trascendente en lo que refiere a los «derechos» de los animales, que hasta ese momento eran inexistentes.

Anteriormente la Ley 17.958 declaró a las destrezas criollas como «deporte nacional» en abril del año 2006; una iniciativa de legisladores nacionalistas entre los que se encontraba el actual precandidato Lacalle Pou y que fuera votada por unanimidad en el Parlamento Nacional. Huelga reconocer que las «voces» y las organizaciones animalistas no tenían el peso y la fuerza pública que han adquirido en los últimos años, por lo que a la luz de las polémicas de hoy parecería razonable su reformulación.

La discusión y las opiniones en el tema animal podemos dividirla en dos partes.

Por un lado parece claro que la sociedad en su conjunto no acepta el maltrato animal. Una porción cada vez más importante de nuestros ciudadanos no digiere pacíficamente que el ser humano pueda disponer a su antojo de la raza animal sin límites, sin cuestionamientos o causando daños, sufrimientos y torturas a seres que son dominados por el hombre, pero a la cual este no tiene derecho a disponer a su antojo. Da la sensación que este debate no resiste mayor análisis.

Sin embargo, la postura en cuanto a si el ser animal puede o no ser un objeto de mercancía ya es otra cosa. Para decirlo en términos más grotescos y realistas: la «esclavitud animal». Esto es si los animales pueden ser comercializados por el hombre, si tienen la propiedad sobre ellos y si están en condiciones de disponer de los animales para el uso productivo, social o económico que «el amo» decida.

La gran mayoría de los uruguayos ni siquiera nos planteamos este debate, aunque me animo a pensar que la respuesta sería positiva en cuanto a la posibilidad de ser dueños de los animales y disponer de su uso, siempre y cuando no se configure un maltrato animal.

Algunas propuestas de los colectivos animalistas -que podríamos denominar más radicales- cuestionan también este punto, manifestando que la raza humana puede convivir perfectamente sin consumir animales (veganos), se niegan a la explotación comercial de ellos y sostienen que los animales deben vivir libres sin ninguna acción del hombre ni para su consumo y menos para su divertimiento. Son visiones que están arriba de la mesa -aún muy minoritarias- pero que se cuelan en este debate.

En todo este marco, ¿cómo nos paramos ante el fenómeno de las jineteadas?

Creo que para empezar tenemos que reconocer realidades, de lo contrario corremos el riesgo de enfocar muy mal estas cuestiones y las conclusiones arribadas generen nuevos problemas más que soluciones.

Las criollas de El Prado constituyen un espectáculo que se realiza en el país desde el año 1925 organizado por la Intendencia de Montevideo. En la Semana de Turismo son visitadas por más de 80.000 personas y allí participan alrededor de 200 artistas con diversas propuestas; payadores, recitadores, espectáculos folclóricos, gastronomía criolla, venta y difusión de productos típicos del campo, además de los tradicionales concursos de jineteadas en la que intervienen unos 48 jinetes diarios.

Se trata de un espectáculo que acerca tradiciones del país que vienen del origen de nuestra historia y un acercamiento de la cultura del gaucho a las grandes urbes más alejadas de esa realidad. Los espectáculos no son solamente jineteadas -aunque se trata de la atracción principal- sino que hay otras actividades muy relevantes que se desarrollan en esa semana.

Se generan importantes ingresos económicos entre entradas, stands de venta de diferentes productos y comidas, publicidad, que exceden en una semana el millón de dólares y que luego derraman a todo un conglomerado de personas que están detrás de la actividad.

Algunos quieren instalar la polémica y la contraposición «campo-ciudad» manifestando que si las criollas se prohíben en la capital, que sean realizadas en el Interior del país. Un enfoque absolutamente equivocado e inconveniente que es planteado por integrantes del Partido Nacional.

No atiende al fondo del problema y ni siquiera le interesa debatirlo, Desprecia una importante porción de la sociedad que se siente sensibilizada por estos temas.

Otros quieren sencillamente eliminar las criollas. Tampoco respetan las tradiciones culturales de un país y pretenden desconocer realidades instaladas que mueven centenas de personas que viven y subsisten detrás de estas actividades. No es este el camino.

El meollo del asunto es determinar si existe o no existe maltrato animal en las jineteadas. Si la actividad constituye una tortura, un sufrimiento penoso para los caballos que participan como lo afirman los colectivos animalistas o si por el contrario -como manifiesta la gente vinculada a las tradiciones gauchescas- son caballos indomables que viven en excelente estado todo el año y que son preparados para esa actividad realizada con todas las garantías. Ponernos de acuerdo en esto es el punto de inflexión en este tema.

El actual intendente de Montevideo ha tenido la virtud de poner en debate esta cuestión. Pero su resolución inevitablemente deberá tener la ponderación de involucrar no solo a las organizaciones animalistas, sino también a los participantes de esta actividad para reformular y/o mejorar el formato en las futuras criollas.

A pesar de los muertos y los heridos da la sensación que el show debe continuar. Si pasa en el reino humano es difícil sostener que no pase en el reino animal.

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