CINE Y SERIES«Host»: demonios sin cuarentena

Un sector importante de la crítica norteamericana encontró en Host una representación de los miedos y angustias de la soledad del aislamiento.

Un grupo de jóvenes londinenses, encabezados por el director y guionista Rob Savage, filmó a velocidad supersónica una película que se convertiría en uno de los fenómenos audiovisuales de la pandemia.

En abril del año pasado, mientras medio mundo estaba encerrado y los médicos recibían aplausos desde los balcones, un grupo de jóvenes londinenses, encabezados por el director y guionista Rob Savage, filmó a velocidad supersónica una película que se convertiría en uno de los fenómenos audiovisuales de la pandemia. No lo hizo a fuerza de marketing -su lanzamiento fue a fines de julio en la plataforma de streaming estadounidense especializada en cine de género Shudder- ni de grandes estrellas encabezando el elenco, así como tampoco de una premisa o alguna vuelta de tuerca novedosa a situaciones ya trajinadas. Fue el más evidente de los oportunismos: la acción transcurre íntegramente durante el confinamiento, con los barbijos y los saludos con el codo convertidos en huella de su tiempo, y está filmada mediante las cámaras de las notebooks y los celulares de los mismos actores y actrices que la protagonizan, a través del programa de videollamadas Zoom.

Un sector importante de la crítica norteamericana encontró en Host una representación de los miedos y angustias de la soledad del aislamiento, a la vez que un reflejo directo de los modos comunicacionales virtuales. Algo de eso hay en los escasos 55 minutos de duración de esta producción que acaba de llegar a la región a través de Netflix, un mérito atribuible a la capacidad de adaptación de sus creadores al contexto y el indudable tino de lanzarla en épocas de encierros e incertidumbre totales. Difícilmente la suerte de Host hubiera sido la misma de haberse estrenado más adelante, tal como le proponían a Savage los ejecutivos de otras plataformas de streaming de mayor alcance internacional. Shudder hizo lo mismo que el director y guionista: vio un resquicio de luz entre tanta oscuridad, se adecuó y aceptó la película cuando, en palabras del británico a la revista Rolling Stone, solo se sabía que duraría entre media hora y dos.

En aquel momento solo había un guion de 19 páginas que marcaba los puntos principales de un relato que debe mucho a las sagas Actividad paranormal y REC, incluyendo una construcción íntegra con imágenes registradas en formatos hogareños. Claro que si antes provenían de cámaras de seguridad u otros dispositivos y se presentaban como si fueran “reales”, ahora provienen de un registro de Zoom, con los inevitables problemas de conexión, los filtros de animalitos en los rostros y un mosaico de ventanas que muestran el tren superior de quienes hablan, un grupo de amigas que accede al pedido de una para participar de una sesión de espiritismo virtual junto a una médium contratada para la ocasión. Pero una de ellas, lejos de tomarse en serio el ritual, finge la existencia de un espíritu que no existe, abriendo las puertas para que quien ande por ahí, entre ellos los demonios, pueda tomar esa identidad apócrifa para hacer de las suyas.

Y vaya si hace de las suyas a estas chicas que miran con horror cómo el tedio y el aburrimiento muta por miedo y desesperación. Las situaciones que presenta Host en su parte inicial van desde copas rompiéndose, velas apagándose y bombitas parpadeantes, hasta puertas abriéndose o cerrándose solas y diversos sonidos provenientes de las paredes o de cuartos vacíos. Todos lugares comunes a los que Savage, sin embargo, logra exprimirles su potencial terrorífico utilizando los recursos de la virtualidad: ver sino lo ocurrido con los filtros en ese ático que aparentemente almacena más que cajas y objetos en desuso. Pero Host es de esas películas que no logran sostener su premisa, por lo que termina alejándose de sus particularidades para proponer la habitual masacre por parte de esa entidad que no se ve pero se siente.

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