EditorialFútbol y violencia

La Humanidad lleva unos cuantos milenios de civilización, de progreso científico y tecnológico y de avances innegables en la convivencia social.

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Sin embargo, el ser humano sigue siendo rehén de los instintos primitivos que habitan su alma coexistiendo con los valores que conforman el súper yo.

Cuesta entender cómo es posible que en la segunda década del siglo XXI, la violencia en los espectáculos deportivos, lejos de disminuir, se exacerba cada día. Los lamentables incidentes ocurridos en ocasión del partido entre Nacional y Newell’s demuestran, una vez más, que un encuentro futbolístico es propicio para que aflore esa agresividad latente que integra el lado oscuro de todos los seres humanos y que se manifiesta bajo el efecto de cualquier circunstancia fortuita.

Ahora bien, el hecho que la violencia y la agresividad estén presentes en el alma humana no significa que debamos resignarnos ante ese dato de la realidad y tolerar los desbordes violentos cada vez más frecuentes en las canchas de fútbol y en sus alrededores.

Cierto es que siempre hubo enfrentamientos entre hinchadas pero desde hace unos años, las conductas agresivas y los comportamientos violentos ya han trascendido los escenarios deportivos de modo tal que las riñas y desmanes se verifican en las afueras de los estadios; luego se extendieron a los alrededores, y últimamente ocurren en cualquier punto de la ciudad y al margen de los partidos, es decir lejos de la efervescencia generada por una disputa futbolística concreta.

Entonces, ya no corresponde hablar de la violencia en el deporte. Ahora, debemos empezar a pensar en la violencia a secas, sin distinción de clases sociales ni vinculada a la adhesión a un club o a otro. Es la violencia humana que, como queda dicho más arriba, aflora en el momento menos pensado como respuesta ante cualquier detonante.

Como toda patología social, la violencia demencial debe ser combatida por medio de la educación y, al mismo tiempo, por medio de la represión. Por un lado, hay que apuntar a un cambio cultural; y por otro, penalizar con rigor las conductas violentas, a la vez que exigir a las dirigencias de los clubes que asuman su responsabilidad y castiguen a los “inadaptados de siempre”.

Cierto es que siempre hubo enfrentamientos entre hinchadas pero desde hace unos años, las conductas agresivas y los comportamientos violentos ya han trascendido los escenarios deportivos de modo tal que las riñas y desmanes se verifican en las afueras de los estadios.

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