Wilson: ¿Veré la libertad en mi patria?El viaje a Nicaragua

En el año 76, antes de separarnos e irse mis padres para Londres, comimos en Estados Unidos con Eduardo Frei Montalvo, expresidente de Chile y padre del último presidente del mismo nombre.

Fue en lo de Gabriel Valdez, que había sido su canciller (al tiempo que Wilson era ministro de Ganadería en Uruguay). Gabriel vivía en Nueva York como director para A.L. del PNUD de las Naciones Unidas.

A Frei lo acompañaba un sacerdote, su confesor, Miguel Descoto. Para mis padres era el encuentro con viejos amigos. Hubo discusiones fuertes. Mientras Gabriel Valdez estaba claramente opuesto a Pinochet, Frei era… tibio, para ser generosos.

Lo que yo no tenía idea era cuánto iba a cambiar mi vida ese encuentro. No fui protagonista, más bien me limitaba a ser testigo de aquella «cumbre» de amigos, tratando de aprender lo más posible. Pero conocí al cura Descoto.

Pocos días después yo iniciaba una nueva etapa de mii vida, tras la muerte de Zelmar y Toba, ahora, en Estados Unidos. Mis viejos se instalaron en Londres y nos dedicamos a extrañarnos y vernos lo más posible.

No teníamos idea en ese momento que esa separación me iba a permitir armarle agendas en EEUU y América Latina al viejo, para poder hacer actividades juntos. Siempre a mi lado la foto que me regaló de despedida el viejo: «No hay camino difícil con un buen compañero.

Un abrazo de tu padre, Londres junio 1976». Tras un par de intentos frustrados (iba a empezar a trabajar con el exministro de Allende, Orlando Letelier, el día que la dictadura chilena le mató, el 18 de setiembre de 1976 en pleno Washington) terminé en la WOLA.

Su nombre completo era Washington Office on Latin America y hacía «lobby» contra la política de EEUU hacia nuestra región, especialmente en derechos humanos y ayuda militar.

En WOLA, su director, y amigo de la vida hasta hoy, Joe Eldridge, me recibió con afecto y apoyó mi trabajo. Pero no había plata para financiarlo. Ahí vino a mi memoria el Padre Descoto. Era de una congregación religiosa americana «Maryknoll,» con sede en el pueblo del mismo nombre, en las afueras e Nueva York.

Junté coraje y fui a verlo. Cuando regresé a Washington ya le había comunicado a la WOLA que se haría cargo de mis gastos de oficina y un estipendio para mí. El trabajo en la WOLA fue de las cosas más gratificantes de mi vida. Fue el inicio de una historia que pasó por la amistad con los Kennedy, la aprobación de la enmienda Koch, etc. De WOLA salieron los contactos para que los metodistas me pagaran los estudios en George Washington University.

Una semana de otoño del 77, me llama Diego Achard, uno de mis mejores amigos hasta que murió muy joven en Uruguay, compañero del exilio con quien solía hacer periodismo. «Juancito, me llamó Sergio Ramírez Mercado, el escritor, tenemos que hacer unos deberes juntos».

Sergio, que hace poco estuvo en Uruguay en una actividad de la Fundación Benedetti, era el más afamado hombre de letras de Nicaragua y, en ese momento quizás de América. Se había juntado con figuras independientes, sin actuación política, para apoyar la insurrección armada del Pueblo de Nicaragua, bajo las banderas del Frente Sandinista (FSLN).

Allí había dos sacerdotes: Fernando Cardenal (jesuita) y su hermano y poeta Ernesto (cartujo), Violeta Chamorro, viuda de un periodista asesinado en Managua… Querían un grupo que moviera la opinión pública internacional. Yo no terminaba de entender qué podía hacer yo. Querían que el Padre Miguel Descoto se les uniera.

El padre del cura había sido embajador del dictador Somoza en EEUU. Era un cura sin mucha vivencia junto al pueblo sufrido. Con él, si aceptaban, sumarían doce, lo que luego le daría nombre el Grupo. En menos de 24 horas, estaba reunido con Miguel Descoto en el convento de las afueras de Nueva York. Miguel no se mostró todo lo sorprendido que yo esperaba. Quedó pensativo.

Entonces le digo: «Miguel, vamos a Nicaragua…» Y aceptó. A las 24 aterrizamos en un vuelo desde Panamá. En medio de la atmósfera dictatorial se respiraba un vientito de libertad anunciada. Nos habían preparado un programa para ver el país de verdad. Miguel suspiró con dolor: «este no es el país que yo creía que era». Se sumó al Grupo de los 12 que anunció su formación en octubre en San José de Costa Rica. Se habían sumado, además, académicos y empresarios.

En un abrir y cerrar de ojos, llegó el 79, que siempre recordará la Historia del Siglo XX. El Triunfo de la Revolución Sandinista fue una pamperada de libertad impresionante. Es difícil verlo hoy con la perspectiva de aquel momento. Algunos dirigentes desaprovecharon aquella oportunidad. Hoy quienes luchaban juntos están duramente enfrentados. Entonces no era así.

Todo el mundo democrático apoyaba la lucha sandinista. Se forma un gobierno provisional en el Exilio. El Padre Descoto es el canciller designado. El 22 de junio pide que le acompañe. Logramos una resolución de la ONU y una de la OEA, donde se le permitió hablar. Me ofreció ser su asesor y secretario. Yo tenía entonces 24 años.

Tocaba el cielo con las manos. Largué mi trabajo (entonces subdirector de la Liga Internacional de Derechos Humanos) y me quedé con él. El 26 de junio el Embajador de EEUU en Nicaragua, Larry Pezzullo, nos visita y le dice a Miguel: «Usted es el gobierno de Nicaragua».

El 16 de julio cae Somoza. Miguel es muy franco, quiere que siga trabajando con él cuando el gobierno se instale en Managua. Yo acepto feliz. Festejos intensos, pero breves. Me fui a Europa a contarles a mis padres y despedirme. Papá celebró el triunfo de Nicaragua Libre.

El triunvirato del PN envió desde Uruguay nota de felicitación al «Gobierno de Reconstrucción Nacional» del que Descoto era canciller. Pero papá no podía ocultar una tristeza, que yo no terminaba de entender. En la tarde del 24 de julio me pide para hablar mano a mano. Nos fuimos solos.

Me dijo: «Juancito, te entiendo porque a tu edad yo haría lo mismo. Pero cumplí 60. En Nicaragua se recuperó la libertad. En Uruguay no. Y a mi edad no sé si llegaré a verlo. Tú sí. Estás trabajando muy bien, no te lo puedo pedir, pero me gustaría que sigas luchando por el Uruguay». Me dejó helado. Pero me convenció que estaba siendo muy egoísta.

El día que regresé, le dije al oído: «No me voy con Miguel». Llegué a Washington y fui directo a decírselo al flamante canciller de Nicaragua que ya preparaba sus valijas. Me miró y me dijo: «Te voy a extrañar. Pero me hace muy feliz que sigas junto a tu gente. Ya te sacamos de tu trinchera demasiado tiempo. Pero eso sí, antes de fin de año, tu padre, Diego y vos (como también se dice en Nicaragua) en Managua de huéspedes del nuevo gobierno».

Sus palabras no las llevó el viento. La Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional se había instalado, primero en León, y luego en Managua. A las 17:20 del 9 de diciembre carreteábamos las pistas del recientemente rebautizado Aeropuerto Internacional Augusto César Sandino. Nos esperaba el Comandante Mauricio.

Wilson se convertía en el primer «huésped de honor» del nuevo Gobierno. En los días siguientes nos reunimos con Daniel Ortega y su hermano el Cdte. Humberto (ministro de Defensa), con Tomás Borge (Interior) y con los miembros de la Junta Sergio Ramírez y Violeta Chamorro.

Todas las noches cenábamos con Miguel Descoto y conocí a quien me suplantó. El viaje dejó sus huellas. A imagen y semejanza del Grupo de los 12, Wilson impulsó al mes siguiente la Convergencia que se formó en abril del 80.

Hoy pienso en aquel momento que nos despedíamos de Managua, prontos a celebrar las fiestas de Navidad y Fin de Año. Papá tenía sesenta años, pero vivió para ver el retorno a la democracia al Uruguay. Moría dos años y medio después. Yo tengo 68 y acá estoy, gracias a él, en el país que me vio nacer.

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