#OpiniónEl sueño del “paraíso” concentrador

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A menos de un año de la comparecencia a las urnas, el bloque conservador aglutinado en el patriciado vernáculo fogonea la campaña electoral con múltiples reclamos, destinados a sumar su voz a la de la oposición que aspira a arrebatarle el gobierno al oficialismo frenteamplista.

Las caras visibles de ese partido sin explícita filiación política pero fuertemente identificada con la derecha, son las cámaras empresariales que defienden los intereses sectoriales del gran capital.

Usufructuando las prerrogativas que otorgan el poder económico y el favor de un oligopolio mediático obsecuente por razones comerciales pero también ideológicas, la oligarquía se hace escuchar a través de los múltiples canales de exposición pública.

En ese contexto, en el marco de la celebración de sus 120 de fundación, la Cámara de Industrias del Uruguay reiteró, a través de su presidente, Gabriel Murara, su indigerible plataforma de demandas.

Obviamente, su discurso incluyó imputaciones directas al Poder Ejecutivo, al cual responsabilizó insólitamente por la pérdida de fuentes de trabajo registrada en los últimos tres años.

En el marco de su discurso, el empresario se rasgó las vestiduras al cuestionar que “el ambiente de negocios se ha deteriorado significativamente en los últimos años, y lo peor, es que no hay perspectivas de cambio”.

Visualizando al país desde el sesgado ángulo de observación de los intereses de los ricos, lo único que le interesa es el clima de negocios y no las prioridades de la mayoría de los uruguayos.

Obviamente, reafirmó sus convicciones cuando planteó que “gran parte del sector atraviesa un frágil momento, con un proceso de deterioro de la rentabilidad”.

En este pasaje de su alocución, pronunció una de las escasas palabras del limitado léxico de los empresarios que viven en el limbo, que es naturalmente la rentabilidad.

“Muchas empresas están con resultados negativos y las que tienen resultados positivos, sus niveles de rentabilidad no están acordes al riesgo asociado al negocio industrial”, agregó.

Para ellos, que suelen proclamarse patriotas y enarbolan pabellones nacionales fuera de contexto cuando participan en las manifestaciones de “Un solo Uruguay” a bordo de sus lujosas 4X4, el desarrollo nacional sólo es relevante si está al servicio de los intereses de la clase dominante.

“Hace poco tiempo y debido a mis declaraciones, fuimos catalogados de llorones”, afirmó Murara, quien insólitamente manifestó: “Lloro por las empresas pérdidas y por los puestos de trabajo que cientos de uruguayos perdieron”.

Obviamente, se trata de lágrimas de cocodrilo. A él sólo le interesan sus colegas empresarios y la clase social privilegiada a la cual pertenece. Si a los propietarios de los medios de producción les interesaran los trabajadores, exhibirían una sensibilidad social de la cual carecen.

En ese marco, reclamó un cambio radical en las políticas gubernamentales para que sea “atractivo” invertir, quejándose, una vez más, por la carga impositiva que pesa sobre el negocio empresarial, las tarifas y los costos laborales.

Evidentemente, se quejan de llenos, porque -aunque resulte flagrantemente injusto y escandaloso- el capital paga por concepto de aporte patronal la mitad de lo que abona el trabajador. Es decir, paradójicamente el empleado subsidia al empleador, lo cual constituye un resonante escándalo.

Por supuesto, la demanda de rebaja de los costos salariales no resiste -por lo absurda- el menor análisis, si se tiene en cuenta que el 40% de los trabajadores formales uruguayos percibe $ 20.000 o menos de ese monto por mes.

Realmente, desafiamos al propio Murara a sobrevivir un mes con esa escuálida remuneración de hambre, que alcanza apenas para pagar el arrendamiento mensual de una vivienda.

Evidentemente, esta rosca se queda con el bocado del león, condenando en muchos casos a sus trabajadores a tener más de una actividad o a vivir en situación de vulnerabilidad.

“Esto no se soluciona si no hay una fuerte voluntad política que impulse los cambios que la producción necesita. No se arregla con pequeñas medidas. Lamentablemente, la bonanza se acabó y la realidad nos golpea muy duro y si se sigue por este camino, seguirán cerrando industrias y seguirá quedando gente sin trabajo”, advirtió el orador.

El discurso del engolado oligarca cierra con el manual del perfecto empresario explotador, que amenaza, intimida y atemoriza en plena ronda de los Consejos de Salarios.

Obviamente, sueña con el paraíso perfecto del capitalismo concentrador, que rigió en la ruinosa década del noventa del siglo pasado: un país sin impuestos, sin regulaciones laborales, sin conflictos y tal vez sin sindicatos, como durante la dictadura.

Por ello, apuestan por la restauración que propone la oposición derechista, que, hace apenas dieciséis años provocó un cataclismo de proporciones, en el contexto de la peor crisis económica y social de nuestra historia reciente.

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