El Sr TLC

En el clásico libro de Methol Ferré “El Uruguay como problema” nos enseñó entre otras cosas que no basta con pensar los problemas del Uruguay, sino la de concebir al Uruguay como problema. Ver al país desde arriba como un gran escenario de restricciones y posibilidades.

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En esa concepción de país geopolítica es posible enmarcar la inserción internacional del Uruguay como tema clave para cualquier estrategia de desarrollo del país. El tema es parte de la agenda nacional y de debate en la interna del gobierno nacional.

Estamos en un mundo loco, volátil, impredecible, interconectado al extremo donde cualquier hecho realizado en el rincón más recóndito del planeta tiene influencia directa y palpable en el país. La globalización es una realidad que está ahí y a la que no es posible ignorar, con todos sus beneficios y sus externalidades negativas.

En ese mundo nos toca insertarnos. En ese mundo nos toca gobernar. Otro mundo es ciencia ficción o reviste solo en nuestro imaginario individual o colectivo.

Uruguay es pequeño como país y eso tiene sus ventajas. Nos conocemos todos, somos capaces de manejar razonablemente la totalidad del territorio, tenemos condiciones objetivas para ser más flexibles y adaptables. A veces no molestamos; un mercado chico y poco atractivo para una gran potencia puede ser un mercado muy apetecible para nosotros, productos muy específicos que no tienen escala y rentan poco para algunos, puede ser fuentes de trabajo y de oportunidades para nosotros. Los pequeños tienen además la ventaja que en general caen simpáticos mientras no se hagan notar demasiado o se muestren demasiado inquietos.

Pero ser pequeño tiene grandes desventajas. La principal es que nuestro mercado interno es insignificante. En un mundo como el actual donde todo es producción a gran escala, la única producción viable, eficiente es si somos capaces de exportar nuestros productos. Y para ello necesitamos mercados.

Uruguay en el año 2005 accedía a 60 mercados, hoy accede a 160. Ganamos la batalla de la cantidad pero eso no es suficiente, queda pendiente la batalla por la sostenibilidad y las mejores condiciones de acceso. Eso se logra con baja de aranceles, llevarlos directamente a cero y lo más importante de todo…no dormirse.

Otros no duermen, trabajan y mucho amenazando con conquistar nuestros logros. Nueva Zelanda y Australia competidores directos de nuestra producción de carne y lácteos entra con cero arancel a China, mientras nosotros pagamos solo por carne bovina 60 millones de dólares de costo de ingreso a ese país.

Uruguay como pequeño país es tomador de contextos internacionales. Debe leer lo que está pasando a nivel internacional y posicionarse dentro de una visión país compartida por la gran mayoría de los uruguayos. No estamos en condiciones de marcar la agenda mundial, ese papel se lo reservamos al G20 en donde están representados los países que representa el 90% del PBI mundial. Parece una obviedad, pero es bueno aclararlo.

Uruguay debe tener una vocación regional y latinoamericana, nos viene de la historia desde Artigas y está en el ADN de nuestro país. Ahora a renglón seguido debemos tener en cuenta que Artigas es nuestro, no es de ellos. Ni Brasil ni Argentina tienen ese sentido federal, regional y latinoamericano que tenemos nosotros. Ergo, una cosa es la vocación mercosuriana otra cosa es la vocación suicida.

Nuestra apuesta y nuestra esperanza cuando ingresamos al Mercosur en el año 1990 era que éste asumiera su rol de plataforma para alcanzar acuerdos comerciales con el resto del mundo. La realidad es fría y cruel, hasta ahora el Mercosur tiene acuerdos comerciales con Israel, África Austral y Palestina y varios acuerdos de complementariedad de menor entidad. Si 20 años no es nada como dijera Carlitos Gardel, 27 años es tiempo suficiente para pasar raya y tener claro que Uruguay no puede depender del Mercosur para conseguir mejores accesos a mercados.

Hoy el debate es el Tratado de Libre Comercio de última generación (TLC) con Chile.

Los TLC en general son cuestionados por 3 razones básicas; las compras públicas, los ámbitos de jurisdicción para solucionar las controversias y el tema de las patentes.

La relación con Chile no nace de la nada, sino que es fruto de un largo proceso de hitos que han acercado nuestras naciones. Este TLC en particular no innova casi nada, la gran mayoría de los temas tratados en él ya están contemplados en la legislación nacional mediante un proceso de acuerdos con nuestro hermano país latinoamericano.

La exportación de bienes ya tiene arancel cero hace rato por el Acuerdo de Complementación Económica Nº 35 entre el Mercosur y Chile firmado en el año 1996.

Acuerdo de Asociación Estratégica Ley 18.639 en donde se mandata perfeccionar la zona de libre comercio entre ambos países en el año 2008.

En el año 2010 un Tratado Bilateral de Inversión entre Chile y Uruguay, ratificado en el año 2011, estando en curso un tratado para evitar la doble imposición.

La contratación y las compras públicas ya están reguladas en el Acuerdo de Contratación Pública entre Uruguay y Chile del año 2009, ratificado en la Ley 18.909 del año 2012.

Se crea un Tribunal Arbitral compuesto por 3 miembros para solucionar las controversias, saliendo del cuestionado CIADI.

Se excluyen del acuerdo las 3 áreas que Uruguay debe mejorar; marcas, patentes y derechos de autor.

Dicho esto, queda bastante de manifiesto que las principales preocupaciones que aquejan a los TLC están contempladas y que la mayoría de los aspectos de la relación entre Chile y Uruguay ya tienen legislación. Lo que queda para regular en este es poca cosa y sus impactos muy modestos. Se incorporaría el sector de servicios, el comercio electrónico y toda una moderna forma de presentar acuerdos comerciales muy vasta que va desde evitar el dumping social y el dumping ambiental hasta incentivar políticas de género entre ambos países.

Aún así somos expertos en cuestionamientos. Si negociamos con listas positivas o con listas negativas; si aparecen en los tratados cláusulas trinquete o cláusulas de statu quo; que las multinacionales se aprovechan de los tratados para imponer sus propias condiciones; políticas compensatorias para los sectores afectados y podríamos seguir.

En todos los casos es de Perogrullo que en el transcurso de cualquier negociación debemos tener cuidado en la letra chica o en las cláusulas que puedan condicionar situaciones futuras que desconocemos, así como que son mejores las certezas que las incógnitas. También se cae de su propio peso que una negociación nunca se sale con el 100% de lo solicitado y que en última instancia Uruguay no debe perder de vista su objetivo principal: más mercados y menos trabas para la radicación de las inversiones en nuestro país. Certezas en materia comercial y con el mundo como está es muy difícil de lograr, podemos acercarnos pero nunca asegurar. No estaría bueno tener que llegar a la vieja costumbre de armar algunos cuadritos y terminar preguntando ¿Cuánto querés que te dé?

La soberanía de los Estados se erosiona cada vez que se toma una decisión de integración al mundo. ¿Acaso el Mercosur no nos quita soberanía o nos pone limitaciones a la hora de legislar?

Chile es un país que pertenece a nuestra región. La integración con los trasandinos debería ser parte de nuestra vocación regional y latinoamericana, casi un imperativo no solo comercial sino ético. Cuesta encontrar argumentos de peso y reales para no llevar adelante el Tratado de Libre Comercio con Chile.

A no ser que se trate un problema de nombre y apellido. Llamarse Sr TLC parece que paga a la baja en ciertos círculos. Será cuestión de levantar el valor de esas acciones, eso se logra con debate real y mucha información.

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