El presidente y la muerte

Capítulo III / Un cuento de ficción. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

«No se pueden medir en número; cada muerte es una tristeza», sentenció el Ithan Jant gobernante, ante al séquito de periodistas que lo consultaban por el creciente nivel de fallecimientos por coronavirus que venía registrándose en aquel pequeño país latinoamericano. «¿Cuántas son muchas muertes?; ¿10, 20, 70? ¿Cuántas son?», increpó, mientas se «tiraba una selfie» -esta vez de torso cubierto- con dos chicas que se le apersonaron en su paseo por la principal plaza capitalina.

No obstante, desaprensiva, la pregunta del mandatario apuntaba a una cuestión que hace a la esencia misma del ser humano; y que -en aquella coyuntura de pandemia- ubica la dimensión exacta del drama que esta había desatado en la sociedad. Como afirmara el personaje de esta historieta, «cada muerte» constituye, en sí misma, una fuente de «tristeza». Una tristeza generalmente acompañada por un dolor espiritual intenso. Muchas veces, también, profundo. Pero en ocasiones, un dolor capaz de implosionar y estremecer desde la raíz misma nuestra capacidad de sufrimiento, individual y colectivamente, en tanto nos restrega, descarnadamente, nuestra conformación existencial efímera; nuestra fragilidad, nuestra impotencia ante la pérdida irreversible, irreparable e insustituible.

¿Cuántas son, entonces, muchas muertes? En términos del individuo común, en valores colectivos de la sociedad, en formulaciones políticas, religiosas: ¿hay un número, un valor que define las muchas muertes? ¿Cuál es, en todo caso, la unidad de medida de la muerte? ¿El número de casos, la tristeza que conlleva, el grado de dolor individual o colectivo que genera?…

La pandemia aumentaba su tenor de contagios y su letalidad. Un informativista se negaba a dar la noticia del número de muertos por Covid de ese día: «Si tenés 70 muertos, anuncialo vos; anúncielo usted, señor presidente», señaló en su audición, al aire. La campaña en las redes de WhatsApp, Facebook y demás medios informáticos subía en intensidad. Una placa con un 2.000 en grandes caracteres aludía a la cantidad de fallecidos hasta la fecha. Como reguero de pólvora se difundió en los lugares conocidos, y llegó a «La Cumbiamba», un sitio de familiares y amigos en común. El comentario de Carla fue inmediato: «1.999… ¡y mi papá!».

«¡El corazón se me hizo añicos!» -confesó más tarde, entre lágrimas, uno de los integrantes del grupo. «¡Me sentí tan unido a ese dolor, a esa tristeza, a esa pérdida irreversible de Carlitos!» «¡Creo que todos en el grupo lo sentimos igual, porque durante varias horas, nadie atinó a agregar ninguna reflexión más en el whatsapp!», agregó. «Tal fue la sensación de ausencia, ¡de soledad! De besos y de abrazos, de sonrisas y de mimos que solo quedarían en el escondite íntimo de los recuerdos; junto al reproche de «no haberte abrazado más»; de un «m’hijita» que ya no endulzaría los oídos y el alma! En ese duelo eterno a que nos somete la muerte y que todos debemos sobrellevar, con la rebeldía de jamás acostumbrarnos…», concluyó.

Seguro que para Carla, para quienes la conocen y la quieren -como conocieron y quisieron a su padre, Carlitos-, pero también para Liliam y Raúl, a quienes el Covid les arrebató a Juanjo, su hermano de la vida; para Diego, Alejandro y Micaela, a quienes les llevó a su padre; para Rodolfo y Patricia y Julio, y María Rosa y Susana y …para tantos a quienes el Covid les quitó un ser querido, o sencillamente, para todos quienes somos fervientes defensores de la vida: ¡¡Una muerte ya es muchas muertes!!

En todo caso, la interrogante planteada por el Ithan Jant en el gobierno es una cuestión que cada quien deberá responder por y ante sí. ¡Incluido el mismísimo presidente!

(Continuará)

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