El presidente y la muerte

Capítulo II / Un cuento de ficción. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

Lejos de amilanarse por el escenario de pandemia que amenazaba al país, el Ithan Jant latinoamericano «sacó pecho» e impuso un «discurso exitista» acerca del manejo de la emergencia. «Nuestros números resisten cualquier tipo de comparación», afirmaron sus ministros.

«Los contagios no llegan siquiera a un nivel de alarma», coreaban los voceros. «Los decesos, aunque dolorosos, son mínimos», se justificaron a su tiempo sus parlamentarios. «Somos los mejores del mundo», cantaron enfervorizados sus simpatizantes políticos y votantes, como si estuvieran acompañando al gran Freddie, en Wembley, al son de «We are the Champions».

Rechazando diálogos, manos tendidas y ofrecimientos de apoyo, el primer mandatario remató aquella puesta en escena unipersonalista y señorial: «Estamos preparados, aquí no va a pasar lo que en otras naciones vecinas». Le faltó apenas emular -en «reiteración real»-, la ocurrente frase de un anterior colega y socio que espetó: «¡We are fantastic!», mientras el país caía en un abismo social, económico y moral, donde los pobres e indigentes aumentaban en centenas de miles, se perdían miles de puestos de trabajo y hubo niños alimentados con pasto por sus madres.

Formado en la añeja escuela «La fruta cae a la sombra del árbol», el nuevo encantador de serpientes comenzó a dirigirse a la ciudadanía a través de su «Gran Hermano Show,» en cadena vespertina diaria. Entre peluquines y entretejidos, movimientos bruscos de cabeza y empolvados, tapabocas a la moda, seleccionados -cabe suponer- por la primera dama, explicaba al coro de periodistas «no militantes» que conformaban la platea, la gran tómbola numérica pandémica de la jornada: hisopados: tantos, «pero nos comprometemos a hacer más»; infectados: cuántos, «pero la mayoría cuarentenados en sus casas»; en CTI: algunos, «pero sin riesgo de colapsar el sistema»; trazabilidad: «en breve iniciaremos un programa de encuestadores». A finales de aquel marzo de 2020, el primer fallecido inauguraba un nuevo indicador en ese bolillero sanitario: muertos…

La expectativa pasó a ser tanta que las familias en sus casas aguardaban ansiosas la hora del «teleteatro» informativo, para ajustar planillas numéricas donde actualizaban sus estadísticas. «¡Hay solo un muerto en marzo!». Para abril ya había 17: «¡un cuadrito de futbol y suplentes!». En mayo el número creció a 22: pero era «gente mayor con comorbilidades»; en junio fue a 27, en julio a 35, en agosto a 44 y en setiembre arañaba el medio centenar, e incluía ya a «menores de 18 años y jóvenes y adultos en general». Para fin de año, los decesos ya sumaban ¡casi 200!

Poco a poco, la euforia exitista de los comienzos de la pandemia se había ido transformando en un: «¿Y cuántos morirán hoy?». «¿Habrá algún familiar, algún amigo, algún vecino o conocido entre los fallecidos?». «Y las vacunas, ¿dónde están?». Voces discrepantes se alzaban desde la sociedad, en chats, Facebook y otros medios electrónicos, alertando acerca de los más de 2.000 muertos que alcanzaba luego esta pandemia -al cabo de poco más de un año-, reclamando medidas urgentes para frenar este ¿genocidio?

La reflexión del Ithan Jant -de aquel país latinoamericano tolerante y democrático-, luego de más de 400 días de transmisión diaria de ese show tétrico de frivolidad y muerte, ¡fue rotunda!: «Me parece que contar los muertos como si fueran una cifra, es algo frío». Lo que despertó en la sociedad una nueva y crucial interrogante: ¿Será que la intención del mandatario es que los refiriéramos como potenciales consumidores desaparecidos? «¿Resultará así más cálido?».

(Continuará)

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