El latido libre

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Llamarse al silencio en los humanos puede significar entre otras cosas darse un tiempo para reflexionar, para pensar y fundamentalmente para observar lo que nos rodea. Pararse a otear el mundo y sus circunstancias. Sentir el latido libre de nuestro propio corazón y buscar un punto alto en el monte para atender los detalles, esos que nunca son insignificantes al decir de Borges.

Escuchar las resonancias del corazón. Ir a la búsqueda del silencio imperioso que ayuda a pensar cuando el barullo aturde.

Caigo en la cuenta que el tiempo tras las batallas que presenta la existencia hace mella en el cuerpo, y por más porfiadas sean las ordenes del cerebro, los empecinados huesos responden con la más insolente indiferencia.

Uno va adquiriendo la virtud de escuchar más que escucharse. De atender a la prosa o la poesía del otro. De afinar el oído a la música de los demás para comprender lo que está pasando a nuestro alrededor.

Admito que no conocía el descubrimiento reciente que desde la física cuántica se afirma de la existencia de distintas realidades en un mismo hecho, y por tanto no existe la objetividad absoluta.

Yo, lejos de ser físico, me abracé a la idea que no hay nada más erróneo que decir “esto es objetivo” u “objetivamente” …nada es objetivo porque el mundo es como lo percibimos cada uno de nosotros y por eso ante un mismo hecho tenemos distintas actitudes, conductas y respuestas.

He de suponer que hasta el más ateo o el más incrédulo de todos nosotros, tiene un momento en su vida, así sea unos segundos que se cuestiona, se interpela y se le presenta la incertidumbre necesaria cómo para abrir los brazos al cielo para preguntarse: ¿por qué?

Este prólogo, este prefacio extendido no es un rollo caprichoso. Tampoco la justificación de algo que pretenda decir para imponer un criterio propio.

No tengo más pretensión que describir lo que pienso por si en algún grado lo que escribo le resulta útil a alguien como para sentir que no está sólo en la trinchera que le ha tocado cavar para resistir esto que ha sido proponerse cambiar de alguna forma las circunstancias, los escenarios de nuestra existencia.

Sí puedo concluir, que no hay nada más difícil que la búsqueda de la sinceridad. La de sincerarnos empezando con nosotros mismos para luego ir al encuentro de los demás.

No existe a mi modo de ver ninguna auténtica construcción social y transformadora si no está construida sobre la base de la sinceridad.Y para ello no es necesario ni ser crueles ni benévolos, nada más y nada menos que sinceros, genuinos, sencillos…

Podría decirse que la sinceridad es una virtud en los hombres, una conducta esperable que la reclamamos en general, pero en particular en nuestros compañeros.

Confrontar con los hechos, lo esperado siempre a veces se ve como una meta en el horizonte, algo que caprichosamente se va corriendo, como la utopía de Fernando Birri.

Barajamos, damos de nuevo y seguimos.

No me es tarea fácil, pero me autoimpongo que nada me cambie en lo sustancial. Hago el ejercicio de dejar de lado lo enajenado para no perder la frescura que supimos tener y que nos resistimos a perder. Esa que brilla generalmente en los ojos de los jóvenes o la mirada calma de los viejos.

Analizo lo vivido y siempre me debo una respuesta. Admito que no he podido encontrarla o por lo menos no existe un consenso dentro de mí que conforme una respuesta que me satisfaga.

Me pregunto por qué existe una parte de mis compañeros que han vivido tiempos brutales; que son sobrevivientes de mil batallas; que llevan consigo cicatrices de heridas casi de muerte; que fueron testigos de inerrables horrores; que conocieron las peores miserias humanas y también la gloria del compañero, del camarada que no cedió ni en las peores circunstancias y aún así, interminablemente promueven una especie de ejercicio de “masticación permanente”, de un andar con un constante seño fruncido, de centrarse en pensamientos circulares y negativos acerca de todo. De vivir haciendo que les pese invariablemente lo oscuro de las cosas, como si el cielo existiera sólo en la noche o como si el amanecer o el esplendor del mediodía no fueran parte también de la vida.

Digo esto porque me hago cargo de todo, de lo bueno y de lo malo aunque no sea responsable de ninguna de las dos cosas, o lo sea minimamente y acepto ser catalogado como un cándido por ser optimista en las actuales realidades.

Siento que tengo razones para ello. No sólo porque creo en los cambios logrados por la izquierda sino porque además estoy plenamente convencido que las nuevas generaciones tomarán nuestras banderas y también izarán las propias y seguirán su camino.

Será porque porfiadamente veo salidas y no fosas ni barrancos mortales.

A esto llego al menos por dos razones: la primera porque creo que debemos ser humildes en nuestros análisis y esa humildad me permite decir que mi generación no tenía todo el recetario completo, exacto y acabado para cambiar la Humanidad.

La construcción del hombre nuevo con la que muchos soñamos como una maravillosa perfección, despojado de defectos y completo de virtudes no existe ni existió y quiero pensar que allá, bien adelante en los tiempos futuros, así sea para salvar su propia existencia, los humanos no sé si “nuevos” serán mejores y con eso me basta.

En el recorrido ya me quedan pocas cosas para “desayunarme” y soy consciente que “desayunarse” siempre es amargo.

Algunos asuntos los he visto y sentido en cuero propio, otros los supe por terceros calificados. Mas no por eso me siento defraudado o indignado, ni reniego de lo que fui y sigo siendo.

Nada nuevo en la historia de los hombres.No hemos innovado en la naturaleza humana como para llevarme una sorpresa. De Moisés a la fecha no tengo nada que agregar a los “Diez Mandamientos”. A lo sumo remarcaría más explícitamente a la traición por la abundancia de los “Judas Iscariotes”.

La segunda razón de lo que vengo diciendo, es no asumir que uno es hijo de su tiempo, que tiene su propia historia, sus coyunturas específicas, que dieron impronta y marcó a una determinada cultura, y a partir de ella a una cosmovisión con sus particulares contradicciones, inconformidades y respuestas en ese específico tiempo.

Nuestros sueños siempre viajan más rápido que nuestras capacidades transformadoras. Llegamos antes a la Luna y las sondas espaciales surcan planetas pero no tenemos la capacidad de que el mundo, el de acá nomás, le sean aplicables luego de más de dos siglos de ocurrida, los principios de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad a lo que a partir del pensamiento socialista del siglo XIX deberíamos agregarle el Principio de Solidaridad.

Sin embargo, y a pesar de los contratiempos, los retrocesos y las aplastantes derrotas políticas, ideológicas y culturales, el pensamiento progresista, democrático y socialista mantiene la convicción plena de que la realidad es transformable. No faltan ideas, ni conceptos, lo que escasea es la falta de altruismo y de altruistas.

Es cierto que los hay, pero siguen siendo una escandalosa minoría.

Se puede haber perdido la certeza que surge de las convicciones infalibles pero nos sobran evidencias y pruebas categóricas de que las sociedades en las que habitamos son injustas y muy lejos de ser fraternas, libres y solidarias.

Por todo esto yo me hago cargo de lo que me toca.

La sociedad uruguaya en estos últimos 15 años se ha vuelto más libre, más justa, más solidaria e intenta ser más fraterna. Mas esto último, aunque suene paradójico siento que se ha perdido o va en rezago.

Hoy la falta de fraternidad la he visto en aquellos que de autodenominan “compañeros”. He verificado para mi dolor todo tipo de miserias: agachadas, conspiraciones, traiciones por un “lugarcito” en algún “altar”, golpes en el bajo vientre o codazos para ganar la poltrona de ver quien se vuelve más burócrata. La casa se nos ha llenado de incapaces y perversos; de lobos con piel de lobo y de gallináceos con facultades en el ejercicio del poder, cuyo mérito no pasa más que de un charlatán cacareo.

Lo que tengo claro, después de todo, que lo más importante es nuestra gente, nuestros hijos, en definitiva la patria en que habitamos. Por tanto mi individualidad; mi ser manoseado; calumniado; injuriado y hasta botado pasa a un segundo lugar. Mis propias broncas, las nuestras, no son más importantes que el interés colectivo, así uno se enferme de calentura.

Todo esto no se trata de un acto de fe,  se trata de al menos defender un concepto, que con los tiempos parece haberse diluido, decolorado y ajado: el de ser revolucionario.

 

 

 

 

 

 

 

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