Mis Archivos del Exilio Nº 31

El inolvidable Pastor Castro

Báculo de los pobres, padrino del exilio

Cuando era aún niño, me gustaba ver «Conozca su Derecho», el debate televisivo de un gran panel que dirigía el periodista Reisch Sintas. Quizás no me daba cuenta de que entendía la mitad de lo que hablaban. Me fascinaba escuchar a los padres Spadaccino y López García, al Dr. Manuel Liberoff y el Pastor Castro, entre otros.

Quién me iba a decir que Liberoff iba a desaparecer al otro día del secuestro de Toba y Zelmar. El momento más triste de mi vida. Menos aún, que el Pastor Castro iba a ser tan importante en mi vida: un referente, aún después de su muerte.

Emilio era, en tiempos de nuestro exilio, Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias, con sede en Ginebra. Bien dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret: «nadie es profeta en su tierra». Salvo una élite de sus fieles y políticos, Uruguay no fue consciente de la importancia mundial de su figura.

Desde esa primera vez, de visita a mis padres en Londres, era raro que pasara por Europa sin ir a verlo. Allí estaban figuras claves del exilio: Alejandro Artucio, los González Guyer, Nicolás Grab y Mario Jaunarena con su esposa Yenia Dumnova.

Castro se fue volviendo para muchos, un verdadero padrino del exilio. Por su cargo viajaba mucho. Lo veía, pues, más a menudo que en mis esporádicas visitas a Ginebra. Pasando mucho por Londres generó una amistad muy difícil de describir con mis padres.

Mamá llevaba en su cartera un papelito: «si me pasa algo avisar al Pastor Castro, tel…» Papá le tomaba el pelo. «Susana, para un inglés es como poner que avisen al Papa». Y quizás por eso cariñosamente lo bautizó con un contrasentido teológico: «el Papa protestante».

Cuando pasaba por Londres, iba a cenar a casa de ellos, cocinaba papá. El máximo honor que dispensaba: empanadas de carne cortadas a mano. Si bien la tradición metodista inhibía, hasta mediados de los 30, beber alcohol, él llevaba siempre una botella de whisky de regalo. Papá, que no era muy de tomarse una copita, disfrutaba mucho los brindis con Emilio.

Iba mucho a Washington. El Consejo Nacional de Iglesias de EEUU y su propia Iglesia Metodista eran dos de los principales auspiciantes de la ecuménica oficina donde yo trabajaba: la WOLA. Casi siempre llegaba con carta y cuentos de los viejos.

El 22 de marzo del 77 visitó Washington. Pedí en la oficina ser el organizador de su visita. Agenda, (legisladores, líderes religiosos), conferencia, cena con periodistas, reunión con Brady Tyson recientemente nombrado en la Casa Blanca, (exsecretario de Martin Luther King.) Fui a esperarlo al aeropuerto.

Me dio una carta del viejo. Pero me dijo «¿Me puedo quedar mientras la lees?» ¿Por qué me lo preguntaba? La carta me advertía de su preocupación por la inminente llegada a Washington de Nino Gavazzo (su nombre, en ese momento, no me decía nada). También la presencia de Miguel Sofía, en la Misión militar uruguaya. Hoy preso, tras años de estar prófugo. Emilio quiso que supiera que estaba enterado de todo y podía contar con él. Ahí hubo un cambio maravilloso de nuestra relación que nunca terminaré de agradecer. No me imagino mi vida sin su presencia.

A principios del 80 yo trabajaba en la Liga Internacional de Derechos Humanos. Él me invita a viajar a Sudáfrica. Mandela estaba preso en la Isla Robin. Se corría la voz que estaba muerto. Había logrado que una delegación de Instituciones de DDHH lo pudieran ver. No pudimos hablar una palabra, solo verlo. En la delegación de 5 organismos éramos dos uruguayos. Él y yo.

Allí pasó los primeros 18 años de sus 20 años. Ya en libertad estableció una relación estrecha con el Pastor Castro. Tengo en mi escritorio una foto de ambos abrazándose. En 1998 Mandela asiste, ya Presidente, a la cumbre del Mercosur en Ushuaia siendo yo Embajador. Pude hablar con él del episodio.

Ese año se fundaba la Convergencia Democrática. En el viaje le invité a ser parte de ella. Me dice que puede ayudar más desde su cargo, apoyándola, que siendo parte de la misma. Pero como testimonian las fotos, con Justino Zavala, Eyherachar, Carlos Martínez Moreno, él y yo, viajó a México donde nos habíamos «encerrado» a redactar la proclama de fundación, junto a Echave y Korzeniak.

Termina el exilio. En 1988 muere papá estando Emilio en Ginebra. Durante el velatorio llega su telegrama: «Susana y Juan Raúl Queridos: Profundamente conmovidos por la partida de Wilson a la Patria Celestial. Damos gracias a Dios por su vida consagrada al bien de la Patria. Su amistad en los años del exilio fue un honor y un aliento para la esperanza. Dios los cuide. Gladis y Emilio Castro».

En octubre vino y se reunió con mamá y conmigo. Antes de irse nos toma de la mano y dice: «Señor, que tienes a tu hermano Wilson en tu compañía, evita que caigamos en el egoísmo de extrañarlo en vez de recordar su mensaje, de evocarlo en vez de tratar de imitarlo, de homenajearlo en vez de comprometernos. Hasta que lo encontremos en tu presencia, Amén».

Mamá, había escondido meses sus lágrimas. Esbozó una sonrisa pero vimos humedecer su rostro. La Democracia del 28 de octubre publica la foto de los tres: «En su charla con Susana y Juan Raúl recordó lo profundamente creyente que era Wilson para quien la dimensión de la fe tenía su correspondencia en una dimensión humana».

Me tocó compartir con él un panel en la Universidad Católica, hablar en su Iglesia cuando vino a celebrar sus 80 años, y estar presente con mi madre cuando la Junta Departamental lo declara Ciudadano Ilustre, el 13 de noviembre de 2009. Estaba muy enfermo. El rostro no transmitía emociones. Pero pronunció un conmovedor discurso.

Mamá me abraza cuando dice: «me dieron un documento que me daba la categoría de apátrida. ¿Saben cómo suena? Me hiere esa palabra. En inglés es `sin Estado´; es más sencillo. Pero no que le quieran robar a uno la esencia de su identidad». Solo quien vivió el exilio puede entender lo que sentimos.

Ya muy enfermo visitaba a mamá en mi casa. Pasaban horas sin pronunciar palabras. Hablaban en silencio mirándose a los ojos.

El 5 de abril del 2013, Marta Castro me llama: «Emilio está muy grave en el Hospital Evangélico. Fui, estaba inconsciente, le tomé la mano y sentí que rezábamos juntos. Al otro día se iba de esta vida a la que dio tanto. Su iglesia me honró haciéndome hablar en su funeral.

Participé de muchos homenajes. El 18 de octubre del 2018 en el Centro Cultural de Malvín con la Pastora Araceli, el Pastor Ademar, Mariano Arana y Gerardo Caetano. Pero nunca logré transmitir lo que fue Castro en vida para la mía, ni lo que sigue siendo.

2 Comentarios

  1. Ahora lograste trasmitirte a mi y seguramente lo que era y lo que significø para tus padres y para ti.gracias!,gracias por compartir algo tan importante! Tan grande como que …en estos momentos abriga nuestras almas, dando esperanzas. Había y habrá otra realidad! Pero no debemos olvidarnos nunca de lo que se sufrió! El sentimiento del exilio en lo vertido por tu madre…es tremendo. Si es así lo recoge la literatura en grandes figuras y lo atiende la psicología. Profundizando, se evidencia la especialización en el castigar, vaya a saber en qué tomos y de quienes. Hay un mañana con derechos humanos y con reconocimiento eterno a todas esas figuras que flotaron por el mundo! Cómo así también a lo que se sufrió estando acá.Gracias

  2. Me gusto leer este homenaje tan sentido al Pastor Castro. El y su iglesia hicieron posible que consiguieramos amparo para salir del pais en un momento de emergencia para mi y mi familia. Junto a tu padre, Castro fue otro de los imprescindibles!

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