#Opinión¿El fin de la obediencia?

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Tardé en leer una entrevista de Página/12 a la psicoanalista Nora Merlin que me había recomendado mi hija, y por fin lo hice hoy. Y veo que mi involuntaria demora fue bien oportuna: leerla hoy es distinto. ¿Por qué?

Veamos: Merlin ofrece una mirada aguda sobre los fenómenos de neocolonización y obediencia de la masa que provoca el neoliberalismo, consiguiendo que las mayorías apoyen aquello que es contrario a sus intereses. A lo largo del diálogo la entrevistada va explorando con mucha agudeza los mecanismos por los cuales es atrapada la subjetividad de la masa, y lo hace con tanta eficacia que uno experimenta un sentimiento de angustia parecido a una idea de cárcel por el poder extraordinariamente superior de quien administra esa colonización.

¿Qué tiene de particular haberla leído en esta segunda quincena de agosto? Nada menos que la sensación de que acaba de romperse súbitamente la magia negra de la neocolonización y obediencia de la masa el 11 de agosto con las PASO. La gente votó en forma aplastante lo contrario al mandato neoliberal, a los medios y al odio a los demás. ¿La explicación es tan sencilla como «sólo reaccionaron ante la miseria»? No creo. En todo caso, estamos ante un límite al poder «infalible» de esa neocolonización de las masas, aunque no creemos en explicaciones monocausales, y tampoco nos ilusionamos pensando que es un límite para siempre.

¿Tiene sentido, entonces, contrastar un fenómeno que se cocina lento en el subsuelo de la conciencia colectiva con un episodio electoral, aún con todo el carácter de bisagra que este posee? Por lo menos, conviene no descartarlo. Porque en algún momento ese poder hegemónico colonizador de las mentes pierde eficacia, se fractura. Ya sucedió antes: en 2011 cuando CFK, tan golpeada en 2008 y 2009, rompió la influencia de los medios tan hostiles y ganó con casi el 55% de los votos.

Cierto es que si en 2011 ayudó a la ruptura el hecho de vivir un crecimiento económico notable (en el tercer trimestre el crecimiento fue del 9,3%, segundo en el mundo después de China), en este 2019 la magia neoliberal fue pulverizada exactamente por lo contrario (una de las peores caídas económicas de la democracia, con miseria para las mayorías). Pero algo sucede: frente a ese poder impresionante del neoliberalismo y sus complejos dispositivos de obediencia, hay otra fuerza en la sociedad que en algún momento lo frena, y quizás está menos explorada.

¿La respuesta está siempre en la economía? Si así fuera, todo se reduciría a los buenos ciclos de la soja y el petróleo. Pero no es así.

El complejo dispositivo de obediencia operado por el neoliberalismo a través del monopolio mediático y otras formas de dominio institucional siempre es encarnado en figuras de autoridad. Es cierto que las operaciones manipuladoras incluyen que el conjunto «no vea». Y esto puede ejemplificarse con «no haber visto» la trayectoria de los Macri, y la de Mauricio, en particular, con cuentas abundantes con la Justicia por contrabando de autos, por las cloacas en Morón, por el Correo Argentino, los Parques Eólicos, los blanqueos a los propios familiares, etc.

Desconcierta que hayan conseguido la venda en los ojos del 51% de 2015 al punto de que vislumbraran al líder de Cambiemos como un cruzado contra la corrupción y el gestor de una República futura con toda la creencia en supuestas virtudes del mandatario que la realidad no habilita.

Claro que gran parte de las mágicas atribuciones a Mauricio Macri tenían más que ver con el voto en contra, con un cansancio respecto de la gestión anterior y un renacido antiperonismo en el clásico 30 por ciento que acompaña siempre a gobiernos conservadores. Pero las creencias se nutren de figuras de autoridad, y estas son personas de carne y hueso sometidas al desgaste del tiempo. Su autoridad no es eterna. Las promesas de futuros venturosos tienen una eficacia al principio y van siendo corroídas por los resultados de la gestión.

Desde luego que para el universo conservador los pésimos balances de gestión de su candidato no son motivo suficiente para tomar distancia, aunque es probable que rumien en silencio sus frustraciones ante su hombre que los decepcionó. Pero, la magia inicial se disuelve ante las múltiples frustraciones de esa masa obediente. Se pierde su poder de persuasión, y tampoco les quedan recursos para revertir la situación como lo consiguió la ex presidenta en su momento.

Hay también otro factor de enorme importancia jugando en este urnazo: el capital político del centro-izquierda. En un librito inspirador titulado «¿Por qué retrocede la izquierda?» Los autores -Andrés Malamud, Marcelo Eiras y Pablo Stefanoni-, analizan el final de las fuerzas progresistas que gobernaron en América del Sur en la primera década del milenio y muestran que, al haber podido completar sus gestiones, se retiraron con un capital político que puede jugar en el futuro. En nuestro caso, Cristina Fernández de Kirchner se convirtió en la primera presidente de la democracia en completar su mandato con un fuerte apoyo político, sin contar a Néstor Kirchner.

Doce años consecutivos de una misma fuerza gobernando el país es una proeza que sólo vivió allá en el tiempo el radicalismo de Yrigoyen y Alvear, aunque sin completar el último mandato, y que ni siquiera pudo consumar Perón. La manera en que esa permanencia de 12 años quedó impresa en una identidad colectiva está en el enorme peso de CFK cuando los restantes sectores del peronismo pasaron estos años entre el naufragio y la decadencia.

Tal vez sea una sutileza, pero otro dato de ese capital puede encontrarse en la vereda de enfrente: la forma en que sus enemigos más furiosos, los caceroleros del 24A vociferan sobre CFK. No le ahorran «La chorra», «La Kretina», «La dictadora». Pero nunca es «La fracasada».

Si la economía arroja un certificado de defunción para Cambiemos, la oposición peronista, con su fuerte capital político, ofrece a millones de ciudadanos la otra razón para descubrir que la magia de Macri era humo: en medio de otra de nuestras crisis terminales, hoy existe una opción.

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