Mujeres tejen hilos de confianzaRebeldía, lucha, resistencia y fiesta: tres días en El Caracol de Morelia

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“Si eres una mujer que lucha, que no está de acuerdo con lo que nos hacen como mujeres que somos, si no tienes miedo, si tienes miedos pero los controlas, pues entonces te invitamos a encontrarnos, a hablarnos y a escucharnos como mujeres que somos”, decía la convocatoria al llamado “Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de las Mujeres que Luchan”.

Las participantes llegaron –muchas después de horas y horas de viaje- de Alemania, Andorra, Argentina, Australia, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Dinamarca, Ecuador, El Salvador, Estado Español, Estados Unidos, Francia, Grecia, Guatemala, Honduras, Inglaterra, Italia, Nación Mapuche, Nación Cree y Ojibwa, Nación Navajo, Suecia, Nicaragua, País Vasco, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Suiza, Uruguay, Venezuela, y 27 estados de México.

Aunque algunas hablaban solo chol, tzotzil, tzeltal, español, inglés, francés, alemán o italiano, se entendieron durante el evento, organizado por las indígenas de la Comandancia General EZLN, un movimiento que en enero de 1994 se levantó en armas para ser protagonista de su propia historia. Como hace una década cuando organizaron un encuentro con mujeres de todo el mundo, volvieron a hablar de su revolución y de su mundo, pero a diferencia de lo que ocurrió en 2007 en el Caracol La Garrucha, en 2018 decidieron que su espacio de encuentro sería sin la presencia de hombres y con una gran dosis de arte, música y deporte.

“Aquí, solo mujeres”

Ya en las puertas del Caracol de Morelia, un letrero azul decía: “Bienvenidas Mujeres del Mundo”; otro amarillo advertía: “Prohibido entrar hombres” y uno más reafirmaba la indicación: “Aquí, solo para mujeres”. En ese espacio, las indígenas se hicieron cargo de todas las tareas: desde seguridad, alimentación, limpieza, audio y luz hasta el liderazgo y la vocería.

Para entrar a este mundo que en realidad es otro mundo -uno donde se construye y no se destruye, como indica uno de los siete principios zapatistas- las visitantes cargadas con maletas, víveres, instrumentos de música y mochilas, hicieron largas filas que se prolongaron por la madrugada mientras las zapatistas, acostumbradas a acompañarse, ofrecieron sus manos solidarias para cargar equipajes o simplemente saludar a través de sus ojos expresivos descubiertos por los pasamontañas.

A partir del 8 de marzo el Caracol se convirtió en un lugar mágico, cubierto de murales pintados de colores brillantes en los que se plasmó rebeldía, resistencia, lucha, el ideal de libertad para la población femenina y el derrocamiento del sistema capitalista.

Una cancha de fútbol fue el espacio central de esta reunión que sumó a unas cinco mil asistentes y dos mil zapatistas provenientes de los cinco Caracoles zapatistas ubicados en tierras recuperadas por el movimiento de 1994: el de Morelia, La Realidad, La Garrucha, Oventik y Roberto Barrios.

Cada año, un año de lucha

En los montes chiapanecos el sol manda, por eso 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, a las 6 de la mañana comenzó a escucharse una tonada: “Que linda está la mañana… en que vengo a saludarte…”, la letra de “Las Mañanitas” a cargo de un grupo musical de mujeres zapatistas que con bajo, guitarra y voz dieron la bienvenida a las mujeres del mundo.

En la inauguración las zapatistas “de juicio”, como se les llama a las adultas de los cinco Caracoles, narraron cómo vivían antes del levantamiento zapatista en 1994 y cómo fueron discriminadas y violentadas por ser mujeres indígenas hasta que se integraron a la lucha hace 24 años. Ellas, las abuelas, también contaron los logros alcanzados después de construir una comunidad autónoma que edificó sus propios centros de salud y espacios educativos, y que fomentó la participación activa de las mujeres en las comunidades y la búsqueda de la igualdad entre todas y todos.

Las mujeres sabias estuvieron acompañadas de niñas y jóvenes herederas de sus luchas y beneficiarias de los frutos de su revolución, que explicaron: “Son mujeres que ya tienen años y que luchan. Nosotras queremos llegar a ser como ellas, llegar a tener edad y saber que seguimos luchando. Queremos llegar a ser mayores de edad y poder decir que tenemos muchos años y que cada año quiere decir un año de lucha”.

“Tenemos mucho que aprender”, decían las citadinas.

Lazos y utopías

Mujeres de todas las razas, indígenas, mestizas, europeas o afrodescendientes; algunas otomíes, mapuches, amazonas o apaches, se dieron cita en actividades de fútbol, volibol y basquetbol; otras en talleres, obras de teatro y diálogos de diversos temas: resistencia civil no violenta, defensa de territorios, yoga, meditación, autodefensa, experiencia de sobrevivientes víctimas de violencia, un sin fin de charlas donde cada participante reconocía el saber de la otras.

Al pasar los días, tal y como se tejen los hilos en el telar, se tejieron los lazos de la confianza y las zapatistas se sentaron a hablar con las visitantes. Las mujeres de todos los mundos probaron la comida indígena, cada una apreció las artesanías de las demás, reconoció sus aportes, valoró sus diferencias y escuchó sus modos de organización, sus tradiciones y su lengua. “Sus cosas raras que no sabíamos ni que son”, reian alegres las zapatistas al final de las jornadas.

Entre cada actividad, mientras se iba de una plática a un concierto, cuando se pelaba la fruta, se cortaban las verduras o se preparaba el café, las mujeres contaron que este encuentro se tenía planeado como una actividad que se realizaría durante los recorridos de María de Jesús Patricio, conocida como Marichuy, la mujer indígena que representando al Consejo Indígena de Gobierno (CIG) y el Congreso Nacional Indígena (CNI) buscó postularse como candidata independiente a la Presidencia de la República.

Sin embargo, el tiempo fue insuficiente para organizarse, por eso cuando se concretó Marichuy y las concejalas del CIG fueron observadoras de honor, y aunque la primera estuvo presente evitó ser protagonista y decidió dejar el lugar de atención para las zapatistas como la comandanta Miriam, heredera de la comandanta Ramona, esencial en la historia de las comunidades que hace 25 años promovieron, consensuaron y aprobaron la Ley Revolucionaria de Mujeres.

En ese escenario también debía haber fiesta. Por eso, por la noche, en los montes, resonaron los tambores, acompañados de gritos y aplausos de mujeres que se congregaron en círculos para liberar sus fuerzas con el movimiento de caderas, piernas y brazos. Otras cantaron al ritmo del rap, hip hop y corridos revolucionarios.

El 10 de marzo las zapatistas dieron la última lección: “Es importante construir comunidad”.

¡Qué vivan las zapatistas!

Después de este histórico encuentro, venía la reflexión. Las zapatistas están acostumbradas a escuchar y por esa razón colocaron a lo largo de su territorio cajas de cartón para que las visitantes depositaran sus críticas, quejas y recomendaciones. Por varios días un aire de libertad para las mujeres rondó el Caracol de Morelia. Las zapatistas lo dijeron desde el comienzo: estos días no eran un espacio para criticarse o competir, mucho menos para firmar un pronunciamiento. El pacto, por el contrario, fue más complejo, una especie de complicidad y acuerdo entre todas las mujeres del mundo: luchar, dejar crecer la rebeldía y mantenerse vivas. En sus espacios, modos y tiempos.

La despedida llegó la mañana del 11 de marzo cuando las zapatistas dijeron hasta pronto con una promesa: la de volverse a encontrar. Las zapatistas también retornaban a sus comunidades. Se desprendieron de sus pasamontañas, revelaron sus rostros, cargaron sus maletas, sus ollas y sus utopías. En un torbellino de palabras, las más pequeñas pero a la vez más fuertes y revolucionarias, dijeron “¡Adiós!”. Las otras, las altas y con muchas ganas de aprender, respondieron: “¡Gracias!, ¡Qué vivan las zapatistas! ¡Qué vivan!”.

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