#OpiniónEl camino de un hijo que se convierte en el sendero de un hombre

La primera actividad política en la que participé, no lo olvido más, me llevó mi padre, fue en el predio de Cambadu a mis 6 o 7 años, previo a las elecciones de 1984, en la JuLyC, la «Juventud de Libertad y Cambio», lista 85, que apoyaba la candidatura a la presidencia del Partido Colorado a Enrique Tarigo, hombre de mil virtudes y un solo defecto: era bolso.

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Competíamos contra la lista 15 que nominaba a Julio Maria Sanguinetti. La política desde entonces tiene para mí algo de electrizante y familiar, luego en 1989 nuevamente con mi padre le acompañé a buscar nuevamente la nominación de Tarigo quien había sido profesor suyo y lo sería mío años después, pero nuevamente la lista 15 volvió a ganar; nuevamente hubo que ir a octubre con candidato ajeno.

Siempre por mi padre y con mi padre volví a emprender el camino militante de la única forma que entiendo la militancia: con absoluta entrega y las costuras hacia adentro. Era el año 1994 y sin internas de por medio y con la 2000 recién creada seguí a quien creía y en quien sigo creyendo, en mi padre.

No hay partido, no hay programa que pueda ser más elocuente que la confianza de alguien en otra persona. Savater dice que las virtudes no se aprenden en abstracto, que por eso necesitamos santos, héroes y notables, para que ellos sean el símbolo y el ejemplo en quienes inspirarnos para imitar y reflejar en ellos esas virtudes que deseamos alcanzar.

No se trata de personalismos, se trata de personas, porque un programa de gobierno es solo un libro, una guía que requiere de una persona para ser interpretada a la luz de las circunstancias de la realidad, por eso es que siempre he apoyado buenos intérpretes más que extensos libros.

Dos olvidables elecciones más, en una de ellas ya con edad suficiente para entender mejor estas sutilezas, es que en asamblea confesé o declaré no ser colorado sino batllista y que mi apoyo era a Alberto Scavarelli, no por obediencia sino por convicción, por conocerlo y porque con él nos formamos en la sinérgica cuestión de aprender a ser padre e hijo, esa simbiosis cambiante en que los roles permanecen pero el tiempo los altera.

Le incité y luego acompañé en la decisión de no presentarse a apoyar a su partido en 2010 dejando en libertad de acción y desarticulando la Vanguardia Batllista para emprender un nuevo camino militante con la formación de una fundación de análisis político y social.

Luego en 2012 y 2013 le apoyé con entusiasmo cuando decidió aceptar la invitación de Tabaré Vázquez a pensar en un gobierno con elementos de socialdemocracia, ideología que abraza mi padre más, no yo que me visualizo como liberal progresista. El entusiasmo estaba en que aprendí en su primer gobierno a respetar, admirar y apreciar a Tabaré Vázquez. Haber hecho campaña para él y este gobierno ha sido uno de los mayores honores de mi vida política.

En 2019 como en 2015 pude apoyar a un querido y respetado amigo en su candidatura a la intendencia y a la presidencia, Daniel Martínez, placer que se incrementó al final del trayecto cuando otro respetado y admirado amigo se sumó para el sacrificio del final de la carrera a noviembre: Yamandú Orsi, a quien, ya sin consulta a mi maestro, guía, amigo y padre Alberto Scavarelli, le ofrecí mi concurso y apoyo en su candidatura a la reelección municipal en Canelones, por todo lo que ha hecho, todo lo que es y todo lo que puede aportar.

Leí poco el programa de gobierno, no sólo este último sino todos en general, nunca necesité un programa de gobierno porque como dice el chiste: «si querés hacer reír a Dios, contale tus planes», la realidad se encarga de convertir los planes en fantasías.

Lo que siempre necesité leer es el rostro de un candidato, sus ojos, su postura, su tono de voz y sus palabras para saber si debía apoyarlo o no. A Daniel lo apoyé, no con el programa del FA, sino a pesar de muchos aspectos de ese programa con los que estoy en franco desacuerdo y lo hice en la convicción de las palabras de Daniel, que el Presidente debe gobernar la realidad, no seguir un libreto y que un programa es justamente eso, una propuesta de acción y jamás un dogma o contrato de adhesión. En lo personal, solo me doy la indulgencia para tener un dogma, Peñarol, no tengo lugar para dos ni quiero tenerlo.

Mi convicción ideológica es clara: soy de formación socialdemócrata batllista por herencia y formación familiar, pero no soy batllista, mi posición ideológica desde hace un par de años tiende al liberal progresismo y como desde principio de este siglo, cuando entendí que ya no era más colorado, me siento cimarrón.

Como siempre y como cuando no votaba al FA y este era gobierno, no creo en que se deba ser oposición, sino contralor, porque el concepto de oposición conlleva un posicionamiento a priori de negativa y esto en política no es sano ni constructivo. Como decía Wilson, «al pueblo lo que necesite y al gobierno lo que merezca».

Como liberal y progresista, ha sido un nuevo honor haber acompañado a un candidato del Frente Amplio y lo será en mayo cuando apoye en Canelones la candidatura de Yamandú. Ojalá que en Montevideo haya un candidato que concite mi atención y convoque mi apoyo, porque como siempre he dicho, incondicionalmente no soy de nadie más que de mis seres queridos.

Al futuro gobierno nacional, le deseo el mejor de los éxitos porque su éxito será en beneficio de todos, pero sepan también que los ciudadanos progresistas y liberales les estaremos cívicamente observando, desde ya que para apoyar en lo que se esté de acuerdo, pero siendo férreos, ahora sí, opositores en aquellas medidas que cada uno individual o colectivamente entendamos malo, injusto o indebido, esta es la convicción de este hombre libre, cimarrón e independiente que empezó el relato siendo aquel niño deslumbrado por la esperanza, a veces utópica, de un mundo mejor.

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1 comentario
  1. Clara Terzaghi dice
    ¡¡Buenísimo!! Un poco la historia de muchos en este país.

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