#Opinión¿El abandono de la educación como eje de la política social?

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Las políticas educativas en Uruguay históricamente habían tenido una orientación centrada en concebirse dominantemente como políticas sociales.

Igualar socialmente a través de la educación, dotar de competencias para permitir el mayor ascenso social y democratizar las oportunidades ha sido el centro de una larga estrategia societaria de construcción de capacidades centrada en la educación.

Ello correspondió a una concepción por la cual la superación de la pobreza se centra en el acceso a la educación y apoyada en la teoría del capital humano que verifica la relación entre educación y salarios. Era además la estrategia más ajustada a nuestra realidad nacional marcada por escasos recursos humanos y materiales.

La educación se constituyó en una de las bases del Uruguay batllista como objetivo de una sociedad amortiguadora como refirió Real de Azua y de la construcción de las capas medias.

Así, durante un largo tiempo histórico, casi que desde la gestación de la República, la educación se conformó tanto como un eje de las políticas económicas (dotar de competencias y capacidades) como sobre todo en el centro de las políticas sociales al promover democratizar las estructuras sociales y ampliar las oportunidades de las personas.

Desde Varela con la gratuidad y la expansión de la escuela pública este camino se fue marcando y reforzando con múltiples hitos en los diversos gobiernos. Era un camino que marcaba derechos y también de deberes siendo una de sus expresiones por ejemplo la pérdida de la asignación familiar por hijo si éstos no concurren a la escuela. No era solo gratuidad que ya es bastante por su impacto, sino además política activa de compensación.

Así, la educación pública, laica y gratuita se constituyó en la condición dominante de la política social para mejorar las inserciones y los caminos personales de los diversos actores sociales, y los accesos gratuitos se fueron ampliando a la educación media y luego incluso a la educación superior desde 1958. Igualar las oportunidades a través de la educación fue el eje de una política social que en tanto se centraba en la educación, también implicaba la búsqueda de mejoramiento en su calidad.

Este escenario de centralidad educativa en la política social fue el eje de la construcción de la sociedad amortiguada y batllista que implicó un costoso y ambicioso sistema educativo, laico y gratuito a los tres niveles, y obligatorio en el primero y que además ha ido ampliando su obligatoriedad.

Junto a ello, la alimentación escolar o el boleto estudiantil entre muchos otros, fueron mecanismos complementarios. Este eje de política pública se amplió enormemente desde la salida de la dictadura de la mano de los gobiernos de Sanguinetti con la creación los CAIF, la educación preescolar, las escuelas de tiempo completo o el Fondo de Solidaridad impulsado por Batlle.

Con ellos se ampliaba la atención de la sociedad a través de la educación a las familias y de hecho implican enormes transferencias de recursos y creación de capacidades en las familias a través de las estructuras educativas.

En estos años a diferencia se ha ido avanzando en otro camino que ha lentamente ha ido cambiando y abandonando las líneas dominantes de las políticas educativas como políticas sociales.

Ello se está desarrollando a través de una nueva concepción de tipo asistencialista de las políticas sociales encarnada en el MIDES y que no implica ni contraprestación, ni esfuerzo personal ni está asociado a la adquisición de competencias educativas.

Es una política de igualación hacia abajo en la cual el Ministerio de Educación e incluso el Ministerio de Trabajo han ido perdiendo sus protagonismos como actores de la política social.

Lo que se inició para responder a la crisis del 2002, se transformó en política continua cada vez más central de la acción pública y que al tiempo no ha dado las mejores respuestas.

Empleo y educación han dejado de ser el centro en el marco de una política social de asistencialismo y distribución de prebendas, crecientemente asociadas a las dinámicas clientelares partidarias.

Las personas con menos ingresos son aquellos que tienen menos educación, los que pierden el empleo son aquellos con las menores competencias y niveles de educativos, e inclusive, sólo los que se logran reinsertar en el mundo laboral son aquellos que han logrado reciclar sus competencias. La pobreza es una condición educativa que sólo se supera con educación de calidad con competencias.

Ello requiere promover el esfuerzo en el aprendizaje e impulsar el mérito del trabajo individual de aprender. Las estructuras educativas enseñan, pero solo logran los aprendizajes individuales si las personas se esfuerzan.

Finalmente la mayor política social es siempre el empleo, pero en tanto el acceso al mundo del trabajo está asociado a aquellos que tienen competencias y a la vez es más remunerado para quienes tienen competencias más elevadas.

Cuando más caro y menos competitivo se torna el país, incluso más impacto negativo tiene para las personas su dotación de menores niveles de educación. Los desertantes, los de escasos méritos de su esfuerzo menor, los que recorren los circuitos escolares sin adquirir las competencias y capacidades necesarias son aquellos que tienen menores oportunidades.

En este contexto, el abandono del mérito como centro de la educación, el centrar las políticas sociales en el asistencialismo, en políticas sociales que igualan hacia abajo, en la ausencia de incentivos a quienes hacen los esfuerzos de aprender, condenan a las personas a vivir del asistencialismo politizado, de una dependencia permanente del Estado, de la ausencia de capacidades propias para superar el círculo infernal de la pobreza y la marginalidad.

Los miles de cuidacoches o recogedores de basura son los expulsados del sistema educativo.

Reciclar competencias, crear un círculo virtuoso basado en la educación, desarrollar políticas sociales centradas en la educación y en igualar hacia arriba son el único camino. Una educación que no se evalúa, que rechaza el mérito, que se vuelve marginal en la política social del Estado, condena finalmente a los más pobres al enorme desempleo ante la disrupción de la nueva sociedad digital.

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1 comentario
  1. horacio ortega garcía dice
    No concuerdo con la opinión del analista en cuanto a que el Mides practica un a política asistencialista, me gustaría que mostrara ejemplos, porque según tengo entendido se ayuda pero también se capacita para que la persona pueda independizarse, por favor responder esta crítica.

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