#OpiniónEducar en libertad y para la libertad

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La política ha devenido en cotidiana batalla ideológica, en la medida que enfrenta a los bloques progresista y conservador, en una contiende que contrasta modelos de país e intereses sectoriales situados en las antípodas.

Aunque pueda alegarse que el Frente Amplio abandonó algunas consignas del pasado y perdió en buena medida su histórica matriz revolucionaria, igualmente sostiene enhiesto su discurso anti-oligárquico y anti-imperialista de otrora.

Más allá de eventuales disensos, la opción del FA sigue siendo la de una izquierda que, en casi catorce años de gobierno, ha privilegiado el fortalecimiento del Estado como garantía de equidad, a los sectores más vulnerables de la sociedad, a la clase trabajadora y la conquista de nuevos derechos sociales.

Si embargo, la que sí se conserva inmutable es la derecha, que, como si no hubiera transcurrido el tiempo, sigue aferrada a un statu quo que prioriza los intereses de la minoritaria oligarquía vernácula y del modelo concentrador en su versión más salvaje de desregulación y libertinaje de mercado.

Empero, ese bloque reaccionario sigue teniendo una ventaja comparativa: la propiedad privada de los medios de producción que nutre el poder económico y del poderoso oligopolio mediático, que sostiene la aspiración restauracionista.

Uno de los voceros más conceptuados de la oposición blanqui-colorada devenida en bloque sin fisuras ideológicas, es el diario El País, que ataca recurrentemente al gobierno progresista y utiliza la falacia como recurso dialéctico.

En un editorial publicado el 1º de octubre titulado “El Frente Amplio y el liceo militar”, el centenario matutino fustiga ácidamente la intención del oficialismo de incluir dentro de su futuro programa de gobierno el factible cierre o modificación del rol de dicha institución educativa.

No extraña, en modo alguno, que la publicación defienda a ultranza a la denominada familia militar, con la que fue obsecuente durante la dictadura, por más que trate de negarlo y se proclame a sí misma como un paradigma de democracia.

Por supuesto, esa prédica a favor de los uniformados y de no cuestionamiento de las aberraciones perpetradas durante el gobierno autoritario, fue reforzada por la adhesión del diario a la Ley de Caducidad que perdonó los delitos de lesa humanidad.

Obviamente, también la actitud asumida ante el proyecto de reforma del Servicio de Retiros y Pensiones de las Fuerzas Armadas, da cuenta de un fuerte alineamiento con el instituto armado.

En esta oportunidad, El País llega al colmo cuando, en el editorial publicado hace una semana, afirma su convicción que la educación pública debería imitar a la enseñanza que se imparte en el Liceo Militar, que, según el columnista de turno, es sustantivamente mejor en calidad de aprendizajes.

Al respecto, la nota de opinión afirma que “el liceo militar es más barato en sus costos y más eficiente en sus resultados que un liceo común”, añadiendo que “es un modelo exitoso”.

Tamaño dislate no resiste el menor análisis, teniendo en cuenta que el desempeño académico de dicho instituto militar no ha sido sometido a ninguna evaluación independiente, que demuestre que es mejor que el de la educación estatal gestionada por la Administración Nacional de Educación Pública.

Las afirmaciones del texto, que naturalmente carecen de todo sustento, se originan en el perfil eminentemente conservador del diario, que no en vano siempre ha comulgado con el espíritu ultra-nacionalista que inspira a las Fuerzas Armadas uruguayas.

Si bien es cierto que la educación militar ha mutado en función de las transformaciones políticas y sociales registradas en el país en los últimos catorce años, basta leer la página web del Liceo Militar para corroborar que en el modelo educativo que imparte aun existen componentes autoritarios.

En efecto, entre los objetivos de la institución se enfatiza particularmente el orden, la disciplina y los hábitos de respeto, “tanto hacia sus pares como a sus superiores”.

En la sociedad civil, existen pares pero no “superiores”, acorde al precepto constitucional que establece que todos somos iguales ante la ley y lo único que nos distingue son nuestros talentos y virtudes.

Asimismo, también se fomenta, entre los alumnos, “la exaltación y veneración de los símbolos patrios”, como si se tratara de una suerte de religión sin iglesia.

Bien sabemos los uruguayos a qué conducen esas efusiones cuasi patológicas de irracional nacionalismo exacerbado, que casi siempre devienen en gobierno dictatoriales.

Mal que le pese a El País, en democracia se debe educar para la libertad y no para la sumisión, para el desarrollo del espíritu crítico, para el ejercicio pleno de los derechos y obviamente para la emancipación, atento a la necesidad de seguir avanzando hacia nuevos estadios de pública felicidad.

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