#IdearioEconomía explicaría todo, incluso vuelcos políticos en América del Sur

Hechos económicos, y no peleas ideológicas, están determinando los vuelcos políticos que atolondran a la humanidad, en especial en América del Sur, según esfuerzos por una explicación unificada de los variados procesos actuales.

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Mientras la ola mundial de gobiernos identificados como populistas de derecha en el lenguaje político se atribuye a la crisis financiera de 2008, las protestas masivas y la caída de gobiernos en países sudamericanos se deben a los bajos precios de los productos primarios, según distintos investigadores. (…)

Las tasas básicas fijadas por la Reserva Federal (FED) estadounidense son referenciales para muchas transacciones financieras en el mundo, y su violenta y desorbitada alza estuvo en el origen de la crisis de la deuda externa latinoamericana y la llamada década perdida de la región en los 80.

Por el contrario, tras el estallido en 2008 en Estados de la crisis financiera mundial, la FED y otros bancos centrales del Norte industrial respondieron bajando el costo del dinero a casi cero, así que ahora el gran problema para la región son los bajos precios de los productos básicos, determinantes en sus exportaciones. Su alza regala éxitos en el gobierno, gran popularidad y la posibilidad de reelegirse o elegir su sucesor, no importa la orientación ideológica, aseguraron Campello y Zucco en un artículo de opinión publicado en el diario Folha de São Paulo.

Es lo que pasó con los presidentes Álvaro Uribe (2002-2010), de derecha extrema, en Colombia, Hugo Chávez (1999-2013), izquierdista, en Venezuela, y Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), también de izquierda, en Brasil, beneficiados por el ciclo de altos precios de los productos básicos entre 2003 y 2011.

La caída de los precios desde entonces agravó la recesión económica en Brasil en 2015 y 2016, con bajas de 3,5 y 3,3 por ciento respectivamente en el producto bruto interno (PIB) y redujo fuertemente el crecimiento en otros países del subcontinente.

El consecuente descontento popular está en el origen de las «protestas y convulsiones» que estallaron en Ecuador, Chile, Bolivia y Colombia este año y de la baja popularidad de gobernantes en Argentina y Uruguay que sufrieron derrotas electorales.

Hace parte del mismo ciclo las protestas callejeras en 2013 en Brasil que desataron la erosión del poder de la expresidenta Dilma Rousseff (2011-2016), que condujo a su destitución en agosto de 2016.

En Venezuela, consideran los dos investigadores, Chávez buscó perpetuarse en el poder, apoyado en el gran boom petrolero de la primera década del siglo. Pero a su muerte en 2013, su sucesor Nicolás Maduro se ha enfrentado a varias olas de protestas y a un conflicto institucional, en un contexto del hundimiento de los precios petroleros desde 2014, que acicateó el derrumbe de la economía local.

Esa «década perdida» hizo caer las dictaduras militares sudamericanas, que habían aprovechado un período negativo anterior, en los años 60, para instalarse en varios países de la región.

Es una cuestión de suerte estar en el poder durante la bonanza económica dictada por los factores externos. La fortuna o la desgracia de gobernar durante el ciclo adverso afecta igual a gobernantes de ideologías distintas, incluso opuestas.

La popularidad o la impopularidad son automáticas, no importa la calidad de la gestión, según los politólogos brasileños que tendrán su estudio publicado en el libro «The Volatility Curse» (La maldición de la volatilidad) en 2020 por la editorial de la británica Universidad de Cambridge.

La maldición se refiere a la vulnerabilidad de Sudamérica a las oscilaciones de los precios de productos primarios, porque concentran sus exportaciones, y a las tasas internacionales de interés, porque dependen de capitales externos.

Esa «fragilidad estructural», común en los distintos países, produce las crisis políticas, aunque sus «gatillos» sean hechos específicos de la coyuntura local, en la evaluación de Campello y Zucco.

Bolivia parece una excepción, porque el expresidente Evo Morales, en el poder desde 2006 y quien renunció el 10 de noviembre forzado por una rebelión popular y el retiro del apoyo de los militares, mantenía una popularidad razonable, aunque en descenso, y la economía nacional crecía cerca de cuatro por ciento al año.

De ese nuevo ciclo resultarían gobiernos como el estadounidense, del presidente Donald Trump y su consigna «América primero», el Brexit británico, el fortalecimiento de movimientos de la extrema derecha xenófoba y el debilitamiento del multilateralismo.

El riesgo es limitarse a una visión económica de tantos fenómenos, en la búsqueda de causas comunes para procesos distintos, como el chileno, otros sudamericanos y el de los países de Europa del Este, salidos del bloque comunista.

Identificar simultaneidades como relación de causa y efecto puede inducir conclusiones cuestionables. América Latina es la región más católica, de mayor violencia criminal y mayor desigualdad social. ¿Sería entonces el catolicismo la cuna de esas llagas?

El afán de descubrir razones económicas para otros sucesos identificó otra relación en los tiempos recientes.

El gran aumento de confesiones evangélicas pentecostales en Brasil desde los años 90 seria consecuencia del desempleo y otras adversidades generadas por la apertura comercial y la crisis económica actual, según por lo menos dos estudios de economistas brasileños y estadounidenses.

En un fenómeno que se repite en otros países sudamericanos, en Brasil los seguidores de iglesias evangélicas, incluyendo a protestantes tradicionales, como luteranos y metodistas, ya suman 31 por ciento de la población de 210 millones de habitantes. En 1980 representaban apenas 6,7 por ciento.

La multiplicación de esos fieles religiosos fue decisiva para el triunfo electoral del presidente ultraderechista Jair Bolsonaro y para el conservadurismo en costumbres de su gobierno. Cerca de 70 por ciento de los evangélicos votaron por Bolsonaro en las elecciones de octubre de 2018.

Si de hecho la situación económica dicta el destino de los gobernantes, la pretendida reelección de Bolsonaro en 2022 dependerá de una recuperación más acentuada de la economía brasileña en los próximos años.

Por ahora el PIB brasileño sigue casi estancado, con un crecimiento esperado de cerca de uno por ciento en 2019 y el desempleo actual alcanza 11,6 por ciento de la población activa, es decir 12,4 millones de trabajadores.

Con la economía china y mundial en desaceleración, es difícil que se repita en los próximos años un ciclo de bonanza de los productos básicos como los de la primera década de este siglo. Es decir la reelección no será fácil.

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