Nelson Di MaggioDos tiempos en la pintura

La pintura sigue siendo el género más cultivado de las artes visuales.

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Expulsada de los grandes (y pequeños) circuitos de programación internacional por su inevitable obsolescencia como lenguaje social, arropada, sin embargo, por ferias y galerías comerciales para mantener su propia subsistencia, por talleres de pinturas y escuelas de bellas artes ajenos a los cambios violentos y veloces en los modos de ver en la actualidad, se ha escrito y repetido que no obstante, la pintura mantiene una existencia, zombi, es cierto, de algo que ha muerto y sin embargo sobrevive.

Así como se decretó en numerosas oportunidades la muerte del arte, que en realidad se hacía referencia a una cierta manera de entender el arte, desde Hegel hasta Rancière, con disímiles argumentos, así también la pintura tiene sus opacidades y recidivas, sacudida por las instalaciones que no la excluyen pero tampoco la privilegian, las nuevas tecnologías y el nuevo relacionamiento con la naturaleza con fines estéticos. El maragato Sergio Ferrúa, desde las orillas del río Buñol, en las montañas valencianas, es un ejemplo impar de renovada relación entre arte y naturaleza, con apenas redistribuir el material existente.

Eva Olivetti, nacida en Alemania en 1924, se radicó en Uruguay a los 15 años y aunque estudió en la Facultad de Humanidades y Ciencias y compartió las clases con los discípulos de Jorge Romero Brest, aprendió los secretos de la cerámica con Josep Collel y de la pintura con José Gurvich, permaneció estrechamente vinculada a cierta sensibilidad germana, que en desarraigo se nutrió del pudor expresivo y el aislamiento en su mundo interior. Inquieta y viajera, se mantuvo alerta ante los cambios, aunque prefirió, como creadora, mantener una invariable fidelidad a la representación del paisaje en clave intimista, siguiendo la huella de los impresionistas alemanes Slevogt, Corinth y Liebermann.`No es por casualidad que sus paisajes se aparten de los que frecuentan sus colegas torresgarcianos, paisajes desolados y calcinados, sin presencia humana, recorridos por una pincelada ágil casi sin cuerpo material que sobrevuela la tela como suspendida en el aire. La levedad y gracia, las pequeñísimas variaciones cromáticas de ocres dominantes, a veces azuladas, transmiten un clima de nostalgia y desazón, de ternura dolorida. Paisajes urbanos, calles desiertas, árboles solitarios, fragmentos de paisajes rurales o playeros, invernales, sin énfasis ni anécdotas, temblorosos como los trazos que navegan en primer plano sin ninguna determinación o destino. Están ahí, son, simplemente. La selección del Museo Gurvich, “La plaza y los árboles de Eva”, obras fechadas entre 1967 y 1971, un período feliz por la unidad de concepción, es una demostración palpable de la capacidad de Eva Olivetti para homenajear a la pintura con los mejores atributos de la imaginación.

El argentino Pablo Stein (Torre I del WTC), treintañero, está en las antípodas. Es difícil encontrar a un pintor uruguayo que maneje con tanta energía corporal la materia extendida en amplias capas de color disparadas en todas direcciones, sobrepuestas, cubriendo y descubriendo figuras apenas entrevistas en prolongamientos fragmentarios o confundidas con el acto de pintar mismo. Los restallantes colores y la franqueza responden a una concepción vital, optimista y luminosa, afirmativa de la existencia.

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