#OpiniónDos antagónicos proyectos de país

El debate entre el candidato a la Presidencia de la República por el Frente Amplio Daniel Martínez y su par del Partido Nacional Luis Lacalle Pou, que se aguardaba con singular interés por parte de la ciudadanía, estuvo lejos de colmar las expectativas.

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Es factible que el propio formato de la presentación -demasiado previsible y estructurada- haya conspirado contra las posibilidades de ambos políticos de tener un mejor desempeño.

En efecto, tanto a Martínez como a Lacalle Pou se les notó excesivamente tensos, a diferencia de lo sucede en otros países en los cuales estas instancias son habituales y los contendientes se exhiben bastante más distendidos.

De todos modos y contrariamente a lo que afirman la encuesta trucha del diario El País o algunos periodistas devenidos políticos en sus columnas de opinión, el aspirante blanco no ganó el debate. En todo caso, el eventual resultado de este mero intercambio de reflexiones y si tendrá realmente incidencia en el desenlace electoral, lo dirimirán los votantes en las urnas.

No sorprende que algunos analistas que son habituales alcahuetes asalariados del bloque conservador, criticaran nada menos que el modelo de lentes de Martínez y otros detalles baladíes, en una suerte de lectura semiótica para la cual no están capacitados y que para el ciudadano resulta irrelevante.

Aunque es claro que fue una suerte de empate porque ninguno de los dos supo imponer su discurso y doblegar a su oponente, es evidente que esta presentación no deparó mayores novedades.

Ni Martínez ni Lacalle Pou se apartaron de su libreto. En efecto, mientras el candidato oficialista se parapetó detrás de los logros de quince años de gobierno -lo que es sin dudas su mayor fortaleza- y esbozó propuestas, el aspirante nacionalista se limitó a criticar al mejor estilo de un opositor, sin enfatizar en las líneas maestras de su programa.

No le conviene revelar cuáles son sus planes en un eventual gobierno de coalición con el Partido Colorado, la ultra-derecha antidemocrática de Cabildo Abierto que ataca permanentemente al Poder Judicial y algún socio menor. Si fuera sincero, la mayoría del electorado le daría la espalda.

Lacalle Pou no pudo rebatir ni cuestionar ninguna de las afirmaciones de su rival con respecto a los sustantivos avances registrados en los últimos quince años ni tampoco confrontó cuando el ex intendente recordó la responsabilidad de la derecha en la dramática crisis de 2002.

Incluso, declinó inteligentemente ingresar en un intercambio dialéctico sobre lo sucedido hace diecisiete años, porque, en caso de haberlo hecho, hubiera perdido por demolición.

En ese contexto, se limitó a marcar algunas inconsistencias de los gobiernos del Frente Amplio, renunciado en cambio a proponer soluciones de fondo a los problemas del país.

Desde ese punto de vista, se reveló nuevamente como un político inmaduro y sin ninguna experiencia de gestión, a diferencia de Martínez que sí tiene una historia destacada en la función pública y también en la privada.

¿Con que autoridad le puede hablar Luis Lacalle Pou a los trabajadores si su única experiencia laboral es la tarea legislativa y es uno de los tres senadores con mayor cantidad de inasistencias a las comisiones parlamentarias, conjuntamente con sus correligionarios Jorge Larrañaga y Verónica Alonso?

¿Con qué autoridad le puede hablar al ciudadano de a pie sobre temas de seguridad y otros problemas cotidianos, siendo que vive en un barrio privado custodiado por un ejército de guardias y protegido por sofisticados e inaccesibles sistemas electrónicos de vigilancia?

¿Pueden la mayoría de los uruguayos residir en esos lugares exclusivos reservados para los ricos, donde el costo mínimo de una vivienda es de medio millón de dólares? Obviamente, no.

El candidato a la Presidencia por el Partido Nacional, que sintoniza más con las cámaras empresariales que con el resto de sus conciudadanos, omitió en el debate formular propuestas porque su camuflada ideología -que dista de ser la que exhibe para la tribuna- no representa los intereses populares.

A lo único que apuesta es al desgaste del oficialismo, a la obsecuencia del oligopolio mediático que mueve la aguja de la opinión pública con la tergiversación cotidiana de la realidad y, por supuesto, a recolectar los votos de los restantes partidos de derecha en un eventual balotaje.

Como en sus actos proselitistas, arroja la piedra y esconde la mano. No sea que los votantes descubran sus verdaderas intenciones: brutal ajuste, vaciamiento del Estado y rebaja de salarios y jubilaciones con Consejos de Salarios meramente testimoniales, como sucedió durante la presidencia de su padre Luis Alberto Lacalle Herrera.

Más allá de eventuales subterfugios, las posturas de Daniel Martínez y Luis Lacalle Pou corroboran nuevamente la existencia de dos proyectos de país radicalmente diferentes: uno progresista de crecimiento con justicia social y derechos y el otro elitista y al servicio del enriquecimiento de la rosca.

De la militancia activa de la izquierda en los días que restan de campaña dependerá convencer a los desencantados que, en este caso, un cambio de gobierno es un dramático salto en el vacío.

El riesgo es cometer el mismo error que los argentinos, quienes con su voto condenaron a su país a una de las peores crisis económicas y sociales de su historia.

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