#OpiniónDesiderátum en materia de demagogia

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Las reflexiones formuladas por el senador nacionalista Luis Lacalle Pou en el marco del congreso del herrerismo y la reciente declaración programática del Directorio del Partido Nacional calentaron la interna política e inauguraron prematuramente, aunque no se quiera admitir, la campaña electoral.

En un discurso pronunciado ante sus correligionarios, Lacalle Pou incurrió en más de un comentario insólito, que para nada condice con las actitudes claramente refractarias de su colectividad.

En efecto y corroborando su reconocida demagogia, el precandidato blanco afirmó que, en un eventual gobierno de su partido, “los más infelices serán los más privilegiados”, tal vez en alusión al ideario artiguista condensado en el Reglamento de Tierras de 1815.

Si Lacalle Pou vuelve a formular esa proclama, en las elecciones del año próximo no lo votará ni su propio padre Luis Alberto Lacalle, quien, en la campaña electoral para los comicios de 2009, llamó “atorrantes” a los uruguayos pobres asistidos por el Ministerio de Desarrollo Social.

Bien se conoce el desprecio que profesa esta familia de prosapia oligárquica por quienes no pertenecen a su misma clase social, en una actitud de soberbia clasista de la que no pueden despojarse porque es intrínseca a su propia naturaleza.

Paralelamente y en un comentario sin dudas contradictorio, Lacalle Pou también insinuó sin mencionarla que favorecería a la clase dominante, cuando afirmó que “también hay que sacarle las anclas a los que hacen andar al país”.

La primera conclusión es que no son sólo los capitalistas los que “hacen andar al país”, sino los miles de trabajadores que construyen el desarrollo, pese a la insensibilidad y el egoísmo de empresarios reaccionarios que tienen sólo bolsillo.

El gran capital tampoco tiene anclas, ya que, durante los últimos trece años se ha enriquecido más que nunca, gracias a la reactivación productiva y a una política macroeconómica que ha sido excesivamente generosa con los que más tienen.

¿Cómo haría un gobierno encabezado por Lacalle Pou para asistir a la población vulnerable y simultáneamente subsidiar al alto empresariado quitando o rebajando impuestos como se propone? Claramente, es una paradoja, que encubre las aviesas intenciones de la derecha.

Lo real es que, si el bloque conservador ganara las elecciones, gobernaría -como lo hizo durante más de un siglo de historia- para la clase dominante. Lo demás son meras falacias discursivas y oportunista demagogia barata.

El colmo de lo insólito fue cuando Luis Lacalle Pou afirmó que el gobierno dejará una “frazada que es corta, fina y que está agujereada”, en alusión a la situación de la economía.

La crítica a la frazada nos sugiere dos comentarios. Cuando la coalición blanqui-colorada abandonó el gobierno en marzo de 2005, la frazada no era corta ni larga. No había ni siquiera frazada, ya que fue fagocitada por la demoledora crisis de 2002.

En ese contexto, los pobres, que sumaban casi un 40% de la población, no tenían ni siquiera una frazada para protegerse del frío, porque a nadie le sobraba nada, salvo a la oligarquía a la cual pertenecen Lacalle Pou y su familia.

En esos tiempos sin dudas aciagos para la población uruguaya, con una desocupación de dos dígitos y las ollas populares abarrotadas de hambrientos, miles de uruguayos caminaban porque no tenían ni siquiera para abonar un boleto de ómnibus.

Durante el primer gobierno del Frente Amplio hubo que construir una gigantesca frazada para tapar a más de un millón doscientos mil compatriotas que sobrevivían en la periferia de la miseria.

Por entonces, había tasas de pobreza africanas como, por ejemplo, en el asentamiento Las Láminas de Bella Unión.

Obviamente, el Partido Nacional fue tan responsable como el Partido Colorado por el desastre. Lo peor es que ambas colectividades siguen pensando lo mismo que hace quince años, aunque no lo admitan explícitamente. Si fueran sinceros, nadie los votaría excepto sus socios de la alta burguesía.

En un documento aprobado recientemente, el Directorio del Partido Nacional esbozó una suerte de programa de gobierno, que abarca algunas de las grandes prioridades del país.

Con relación a la seguridad, que parece ser el área más crítica, el nacionalismo recomienda modernizar el equipamiento de la Policía, algo que ya está hecho por los gobiernos del Frente Amplio.

En el pasado, los funcionarios policiales, que vestían uniformes rotos y desgastados y poseían armas obsoletas, no disponían de ninguna tecnología para combatir el delito.

Hoy, el Ministerio del Interior, que aumentó sustantivamente los salarios y renovó el armamento de su personal, dispone de alta tecnología, cámaras, drones, aviones y helicópteros para las tareas de vigilancia.

En materia económica, se propone poner énfasis en la política fiscal, lo cual supone, conociendo los antecedentes de los partidos de derecha, recortar literalmente el gasto social.

En lo que concierne al tema educativo, los blancos quieren eliminar la participación de los representantes sociales en los órganos de conducción y reemplazarlos por políticos, además de minimizar la autonomía de los consejos de educación.

También reivindica el status universitario de la formación docente, pese a que el partido se ha negado recurrentemente a votar la ley de creación de la Universidad de la Educación.

Parece insólito que la colectividad se refiera a las políticas sociales como una prioridad, pese a que en los gobiernos de derecha estas virtualmente no existían.

El desiderátum en materia de demagogia está presente en el capítulo relativo a las políticas de género, tratándose de una colectividad que siempre se ha opuesto a los derechos de las mujeres y tampoco se ha preocupado por la violencia doméstica.

Si reivindican las políticas en beneficio de la mujer, que dejen de fustigar, por ejemplo, la ley que autoriza la interrupción voluntad del embarazo.

El documento revela la absoluta falta de imaginación y de propuestas de una derecha que sigue anclada en el pasado y es incapaz de superar sus propias contradicciones.

Desde la oposición, el nacionalismo ha ratificado su opción de clase, lo cual demuestra cuando se alinea con las demandas de las cámaras empresariales y apoya al movimiento de presuntos auto-convocados “Un solo Uruguay”, que, más allá de eventuales fachadas, representa los intereses del más rancio patriciado.

En plena campaña electoral y con la derecha afilada para iniciar la ofensiva hacia octubre de 2019, es hora que el Frente Amplio despierte de su letargo, deje atrás los estériles personalismos y perfilismos y, abdicando de mezquindades e intereses menores, recupere la fraternidad y el espíritu de unidad para volver a dar batalla.

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