#IdearioDe motosierras y shocks de austeridad

0 655

El shock, vocablo de origen anglosajón que en castellano significa literalmente choque, es una expresión de connotación casi siempre negativa, que se asocia habitualmente al lenguaje médico y particularmente al psiquiátrico, toda vez que se aplican terapias extremas a un paciente que lo requiera.

La más habitual de estas prácticas es la controvertida terapia electro-convulsiva (TEC), la cual está reservada para casos severos de depresión y desorden bipolar que no responden a otros tipos de tratamiento.

Empero, esta suerte de procedimiento médico -que es fustigado y resistido por prestigiosos facultativos a nivel mundial- también fue utilizado como técnica de tortura y manipulación psicológica en experimentos encubiertos realizados por la tenebrosa CIA.

En materia económica, esas terapias de choque -que son de larga data- fueron empleadas por los teóricos neoliberales de la escuela de Chicago de Milton Friedman en América Latina, durante las décadas del sesenta y el setenta del siglo pasado. Un ejemplo concreto fue el modelo económico aplicado en Chile, con el auspicio de la dictadura genocida de Augusto Pinochet.

En ese contexto, en su libro «La doctrina del shock: el libre mercado contra la libertad», la periodista especializada canadiense Naomi Klein denuncia las deleznables prácticas del «capitalismo del desastre» y como éste ejerce violencia y vulnera groseramente los derechos individuales y los de los colectivos sociales.

En esta obra sin dudas testimonial, la profesional critica ácidamente al sistema hegemónico, al cual acusa de aplicar políticas de shock destinadas a solucionar supuestos problemas de la economía, mediante medidas draconianas como el recorte del gasto público que afecta áreas de alta prioridad social, las desregulaciones y las privatizaciones, entre otras.

Obviamente, esas tres estrategias son parte del paquete de diez recomendaciones del denominado Consenso de Washington acuñado en 1989 por el economista John Williamson que, en la décadas del noventa, lanzó una furibunda ofensiva destinada a fortalecer y consolidar el modelo concentrador.

Evidentemente, el equipo económico del pre-candidato nacionalista Luis Lacalle Pou conoce muy bien esas recetas regresivas, que ya fueron esbozadas y en parte materializadas durante el gobierno de su padre, Luis Alberto Lacalle, entre 1990 y 1995. El corolario fue la dantesca crisis del 2002.

Como se recordará, en el caso de la reducción del gasto estatal, el propio Lacalle popularizó su no menos paupérrima «motosierra», en el marco de la campaña electoral hacia las elecciones de 2009.

Como en este caso la genética y la teoría económica mandan, ahora su hijo, Luis Lacalle Pou, propone, si gana el gobierno, aplicar las mismas terapias fracasadas de shock que, en el pasado, sembraron la miseria y la desocupación en toda la región.

En una presentación realizada en Kibon, este cosmético aspirante a presidente fabricando por la publicidad, el poder económico y la influencia del clan patricio al cual pertenece, lanzó un auténtico catálogo plagado de encubiertas medidas anti-populares.

Como una suerte de gurú, se paró ante su nutrido auditorio con postura narcisista, para proclamar su subjetiva verdad, que sintoniza perfectamente con las demandas de los grupos de presión que apoyan su candidatura: las cámaras empresariales.

Muy suelto de cuerpo y cuidándose de no prometer una rebaja inmediata de impuestos y tarifas públicas, anunció un shock de austeridad desde el 1º de marzo de 2020, tendiente a ahorrar nada menos que novecientos millones de dólares anuales.

Obviamente, consideró que la prioridad es la reducción del déficit fiscal, que lograría con la tan añosa como ruinosa podadora del gasto estatal, aplicada otrora por los gobiernos de su progenitor, de Julio María Sanguinetti y del fallecido Jorge Batlle.

Aunque lanzó una torrencial andanada de cifras, no explicó, por ejemplo, cómo ahorrará 348 millones modificando el modelo de gestión de las empresas públicas, sin recortar inversiones esenciales para su eventual desarrollo.

Por supuesto, ligó el manido shock de austeridad al shock de competitividad, destinado a atender las necesidades en materia de exoneraciones impositivas de sus amigos de la oligarquía vernácula.

Naturalmente, aludió también a los Consejos de Salarios y a su intención de reformularlos, afirmando que «para que haya trabajo y salario el empresario tiene que ganar y, para eso, hace falta productividad».

La lectura concreta de esta reflexión es que -en un eventual y asimétrico esquema de relaciones laborales, similar al aplicado en el gobierno de su padre- los trabajadores deberían ensayar un estoico acto de contrición y deponer insólitamente sus aspiraciones salariales en aras de conservar su empleo.

Como se recordará, durante la administración encabezada por Luis Alberto Lacalle Herrera, la negociación colectiva fue una suerte de entelequia, limitándose al esquema bipartito entre empleados y empresarios. El sistema fue similar al vigente durante la dictadura, en el marco de la restrictiva Ley de Asociaciones Profesionales, conocida como Ley Bolentini, en alusión al nombre del obtuso militar que la redactó.

No sorprende, en modo alguno, que las propuestas de Lacalle Pou coincidan con las demandas de los voceros de la clase dominante, que -por un tema de afinidad y de intereses sectoriales- son quienes sostienen su candidatura.

El shock propuesto por el dirigente nacionalista apunta a hacer retroceder los relojes de la historia, eliminando de un plumazo los avances económicos y las conquistas sociales logradas durante los gobiernos progresistas.

Todos sabemos cómo termina esta historia.

También podría gustarte

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.