Historia de los gobiernos del Partido Nacional en el siglo XXCuando la "ubedoxia" llegó al poder hace 50 años, con Fernández Crespo

En marzo de 1963 los blancos volvieron a ser gobierno. Fue el turno de la UBD y los herreristas de Eduardo Víctor Haedo enfrentados con el eje integrado por Martín R. Echegoyen y Benito Nardone. Ideario reconstruye aquellas tensas circunstancias de crisis económica, inestabilidad social, y agotamiento de un modo de hacer política, en un país dominado por el desconcierto.

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El 1 de marzo de 1963 asumió el segundo gobierno del Partido Nacional en todo el siglo XX. En el Consejo Nacional de Gobierno, de nueve miembros, seis de los cargos fueron ocupados por representantes blancos (alianza entre la Unión Blanca Democrática, UBD, que encabezaba Daniel Fernández Crespo, y un grupo herrerista liderado por Eduardo Víctor Haedo), y los otros tres, eran colorados electos por dos fracciones distintas (Amílcar Vasconcellos, Alberto Abdala, de la lista 15 de Luis Batlle Berres; y Oscar Gestido, de la Unión Colorada y Batllista, UCB).

En las elecciones de noviembre de 1962, los blancos conservaron el poder conquistado cuatro años antes (30/XI/1958), después de 93 años de sucesivas administraciones coloradas, pero por una diferencia mucho menor: en el “huracán” del 58, se impusieron a su tradicional adversario, por 120 mil votos; lograron el control de ambas cámaras legislativas (17 senadores; 51 diputados), y gobiernos departamentales a los que nunca habían accedido, como Montevideo, cuyo Consejo Departamental presidió Fernández Crespo, conductor de la poderosa lista 51.

En cambio ahora, la distancia entre los dos partidos tradicionales (que reunían alrededor del 90% de la votación), fue de solo 24 mil votos; el partido gobernante no logró la mayoría en el Poder Legislativo (su bancada contó con 14 senadores y 47 diputados), y perdió en Montevideo, donde la lista 15, encabezada por Ledo Arroyo Torres, reconquistó el estratégico distrito. La lista 51 del nacionalismo (UBD), pasó en cuatro años de los 63.799 votos (8 diputados), a los 48.217 (6 bancas). La lista 4 del herrerismo (la más importante en 1958, respaldada por 17.330 voluntades, junto a la 41 de Enrique Erro, con 15.376), alcanzó en 1962, los 13.574 votos.

En el interior del lema triunfador, el acuerdo entre la UBD y el denominado “herrerismo ortodoxo”, de Haedo, por eso la expresión de “ubedoxia”, no tuvo “más fines reales que el de lograr el triunfo comicial que neutralizara la creciente influencia de (Benito) Nardone, en el Partido Nacional (sobre todo, después de la muerte de (Luis Alberto) de Herrera, en 1959)”, señala el historiador Carlos Zubillaga en una obra de investigación colectiva (“De la tradición a la crisis. Pasado y presente de nuestro sistema de partidos, EBO, Claeh, 1985).

Zubillaga, ex decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, agregó en este estudio, uno de los pocos existentes sobre el período, que el acuerdo UBD-haedismo, careció de “elementos ideológicos comunes y de plataforma política de mínima coherencia”. El Partido Nacional era una realidad fragmentada: no contaba ni siquiera con un centro de poder reconocidos por todos sus miembros. Por un lado estaba el directorio, presidio desde hacía décadas por el líder herrerista Martín R. Echegoyen; y por el otro, una Comisión Nacional de la UBD (creada en octubre de 1956). El directorio único sería una realidad recién en 1970.

Para enfrentar la alianza entre los herreristas de Echegoyen, y los ruralistas, liderados desde 1951 (origen de la Liga Federal de Acción Ruralista) por Benito Nardone (presidente del gobierno colegiado en 1960), surgió la concordancia UBD-haedismo. La lista al gobierno presentada en noviembre de 1962, se integró con 4 dirigentes de la UBD (Fernández Crespo, Luis Giannattasio, Washington Beltrán, Carlos María Penadés), y dos figuras del entorno de Haedo: Alberto Heber y Washington Guadalupe, senador y director del diario El Debate.

La “ubedoxia” sacó 89 mil votos más que la alianza entre Echegoyen y Nardone. Ganó con comodidad, pero la lista al Senado de Haedo tuvo menos votos de los esperados (88.477 mientras que la UBD alcanzó los 203.753).

La consecuencia práctica fue que la UBD reclamó el sillón que debía ocupar Guadalupe en el Consejo de Gobierno (su primer suplente, era Héctor Lorenzo y Losada, de la UBD). Pero Guadalupe planteaba sus condiciones, las semanas fueron transcurriendo y al final renunció (“con ribetes de crisis institucional”, puntualiza Zubillaga). Fue necesario que Carlos Artigas (segundo de la lista que encabezaba Haedo), renunciara al Senado, lo mismo que Alejandro Zorrilla de San Martín (su primer suplente), para que Guadalupe, al ser convocado, aceptara seguir en este cuerpo legislativo. Entonces, Lorenzo y Losada, que había sido diputado por Rocha, pudo finalmente jurar.

El nuevo gobierno tenía un predominio de la UBD, aunque el gabinete ministerial conformado era por demás amplio: Felipe Gil (UBD, en Interior), Zorrilla de San Martin (herrerismo, Relaciones Exteriores),  Salvador Ferrer Serra (UBD, Hacienda), Juan Pivel Devoto (Instrucción Pública y Previsión Social), Wilson Ferreira Aldunate (UBD, Ganadería y Agricultura), Walter R. Santoro (herrerismo, Industria y Trabajo), Aparicio Mendez (herrerismo, Salud Pública). Abogado, Méndez, llegó después a presidir durante cinco años la dictadura cívico-militar (1973-1985).

La alianza entre Echegoyen y Nardone, y los “ortodoxos” de Haedo, representaron en realidad la mayoría de la votación del lema blanco. Eso se vio claramente en el Parlamento. UBD: 26 legisladores; corrientes herreristas, y -en el caso del echegoyenismo, aliadas con el ruralismo-, sumaban 33 escaños (ver recuadro). El propio Echegoyen, se transformó en el presidente del Senado y la Asamblea General. La UBD, con el fracaso vivido en Montevideo, sufrió un fuerte impacto (el principio de su final), mientras que en el interior, los blancos dominaron en 14 departamentos, incluido Canelones. Había ruralistas en ambas cámaras: José Pedro Bruno o Juan María Bordaberry en el Senado; Rolando Quevedo Brum, caudillo de Rivera, en diputados. Quevedo, durante el ciclo pachequista posterior, se alineó con el naciente wilsonismo, y tras el golpe de Estado de 1973, discrepante, se radicó en el exterior.

“El planteo de la UBD se orientó al señalamiento de la crisis en sus expresiones sociales, económicas y político-administrativas, atribuyendo la misma al descaecimiento moral de la práctica política”, señalan Zubillaga y Romeo Pérez (El Uruguay de nuestro tiempo. Los partidos políticos, Claeh, 1983). “las alusiones reiteradas al “desgobierno”, la “corrupción administrativa”, el “deterioro de los valores morales”, sustituían en la interpretación ubedista de la crisis, al diagnóstico causal”, añaden estos académicos.

“Abandonado el modelo industrialista del neobatllismo, fracasado el modelo alternativo de signo agrario impulsado por el ruralismo, el equipo gobernante –fruto de lo que Germán Rama ha definido como unión ocasional de gestores políticos-, jugó la carta de la propuesta tecnocrática, en un intento de desplazar hacia el campo científico, la búsqueda de “recetas”, que su propia indefinición ideológica le impedía formular por sí”, señalan Zubillaga y Pérez, recordando las experiencias de la Comisión de Inversión y Desarrollo Económico (CIDE), que hizo un diagnóstico y formuló un plan de desarrollo económico y social (1965).

“El fracaso de la coalición gobernante en el logro de soluciones a la crisis económica, se sumó el mantenimiento de factores negativos (burocratización, clientelismo, ineficiencia directriz, carencia de unidad de acción), para decretar el fraccionamiento de la mayoría del Consejo Nacional de Gobierno en una lábil confederación de subgrupos políticos con escasos elementos religantes” subrayan, estos autores que son críticos con las propuestas de la CIDE, que “no señaló mecanismos para neutralizar la acción de grupos de intereses opuestos a las reformas que propugnaba”. Un ejemplo la encontramos en el caso de Wilson Ferreira, cuyos proyectos de reforma agraria y desarrollo del cooperativismo, nunca pudieron superar los bloqueos planteados por las clases conservadoras, tan bien analizadas por Carlos Real de Azúa en “La clase dirigente” (Nuestra Tierra, Nº 34, 1969).

En marzo de 1963, asumió el gobierno colegiado de la “ubedoxia”, con la presidencia, en sus primeros doce meses, de Fernández Crespo (San José, 1901), un maestro de escuela, de vida austera y enorme popularidad (miembro de la Asamblea Representativa de Montevideo en 1928, diputado durante 20 años por la lista 51, que había fundado; senador; consejero de Gobierno entre 1955 y 1959, y timonel del gobierno blanco de la capital del país, a partir de 1959).

En aquel escenario complejo, poco pudo hacer. En octubre, falleció el titular de Hacienda, Ferrer Serra, uno de los notables de aquel gabinete. En 1964, y a lo largo de pocos meses, murieron Nardone, Fernández Crespo, Luis Batlle Berres, Javier Barrios Amorín, que acababa de sentar las bases del Movimiento Nacional de Rocha. A la crisis económica y la inestabilidad social, se sumó la repentina desaparición de grandes conductores políticos, que habían marcado toda una época, en aquel Uruguay de hace medio siglo.

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